Economía

Canguros

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Extraño comer asado. No la carne en sí ni el ejercicio de su cocción, sí el ritual compartido; la mesa grande. En días de pandemia uno tiene que contentarse con imaginar cuando vuelva a incurrir en sus costumbres, y el asado es una costumbre argentina, sin dudas. La pampa infinita, las mejores pasturas, animales robustos solazándose sin preocupación alguna. Es la postal con la que el sentido común argentino suele presentarse al mundo. Otra de las postales con las que nos solemos identificar es la de las crisis recurrentes: “¿Qué nos pasa a los argentinos?”, podríamos preguntarnos parafraseando al personaje del cómico Fabio Alberti. En días de pandemia y de crisis económica surge también la pregunta recurrente sobre el aparente fracaso argentino. No falta quién, en su reflexión, se pregunta: “¿Por qué no fuimos Australia?”. Paso seguido, otro concluye: “Y bueno, Australia se salvó del peronismo”. También hay un sentido común en el que el peronismo explica todo lo bueno o todo lo malo que nos pasó en los últimos 70 años.

Raúl Prebisch nació en 1901 en Tucumán. Hijo de un granjero alemán y de una mujer de familia tradicional salteña, ya de muy joven quizá se hacía la misma pregunta: “¿Por qué no somos Australia?”. Tal es así que a los 23 años viajó a la nación de Oceanía a estudiar su economía y su sistema tributario. Se encontró con dos grandes diferencias. Por un lado, la concentración en la propiedad de la tierra que caracterizaba a nuestro país: en Australia, la superficie promedio para un “Farmer” era de alrededor de 70 hectáreas, mientras que en nuestro país los ‘gringos”, en el mejor de los casos, arrendaban la tierra a grandes latifundistas. La otra diferencia sustancial era que el sistema tributario australiano a diferencia del argentino era mucho más progresivo; las grandes riquezas tributaban en relación directa a estas.

Una de las consecuencias más importantes de la crisis del ‘30 en nuestro país fue una fuerte caída del comercio exterior y por ende del principal impuesto con el que se financiaba el Estado nacional: las tasas aduaneras. Si a principios de la década mencionada explicaban casi el 60% de los ingresos fiscales, a finales de esta no llegaban al 30%. Esta abrupta merma en los ingresos hacía peligrar la subsistencia del Estado, por lo que el gobierno conservador de Agustín P. Justo se vio obligado a tomar una decisión antipática para con la propia elite a la que representaba: un impuesto a los réditos. Fueron por los estudios que había realizado en su momento Raúl Prebisch y en enero de 1932 el Poder Ejecutivo decretó el gravamen a las ganancias de los ciudadanos y las empresas. “El momento de dividir (el ingreso en la sociedad) llega sólo cuando los bienes han sido acumulados; únicamente allí el pobre puede beneficiarse en el máximo grado de los esfuerzos de los más afortunados y los más eficientes”, expresó la Unión Industrial Argentina a modo de protesta. Más allá de las quejas sectoriales, el resultado de la decisión del gobierno significó un fuerte incremento en los ingresos fiscales, pero este fue decreciendo significativamente en la década siguiente. Tal es así, que para 1942, otro Conservador, el ministro de Hacienda, Carlos Acevedo, presentó un proyecto de ley de reforma impositiva, en el que propuso un aumento de las imposiciones a “las grandes ganancias, las grandes rentas y las grandes fortunas”, a la vez que se quejaba amargamente por la evasión protagonizada por las sociedades familiares “mediante el uso artificioso de sociedades anónimas”. Este incremento nunca llegó a ser efectivizado ya que el proyecto aún estaba en tratamiento legislativo al momento del golpe de Estado de 1943.

Ahora bien, las inquietudes que expresó en su momento Raúl Prebisch no descollaban precisamente por su originalidad. Ya en 1915 dirigentes pertenecientes al socialismo hacían hincapié en lo regresivo del sistema tributario argentino comparando la baja tributación de los terratenientes locales en comparación con sus pares australianos y proponiendo un sistema tributario más progresivo, era el caso de Antonio de Tomaso. La divergencia entre los destinos argentino y australiano también fue caso de estudio de académicos como Peter Ross y James Levy quienes destacaban la radical diferencia entre el sistema tributario argentino y el australiano. En el caso de Australia ya era un sistema progresivo, flexible y equilibrado, incluso desde el siglo XIX, en cambio el sistema tributario argentino comenzó, como dijimos, a dar señales de cierta progresividad recién a partir de la década del ‘30.

Lo dicho: extraño comer asado. No la carne en sí, ni el ejercicio de su cocción, sí el ritual compartido; la mesa grande. Extraño las divagaciones, los diagnósticos y las imaginerías postreras sobre las causas y consecuencias de nuestro gran destino truncado. En días en los que se vuelve a debatir sobre un gravamen a las grandes riquezas, porque está claro, cien años atrás pueden haber sido ayer mismo, extraño que algún amigo, entre embebido y distraído vuelva a poner a Australia sobre la sobremesa y cumplir así el rito argentino de volver sobre lo mismo: Sísifo, la piedra; el ciclo. Extraño también eso que no fuimos y que siempre puede ser explicado también en clave de cómo se distribuyen los recursos, de cómo se corta la torta de la riqueza de una nación. Mientras, cae la tarde sobre las pampas, las vacas se solazan, el sol tiñe con sus últimas luces la pradera infinita y en mi embriaguez creo ver brincar canguros.

Mariano Pugliarello
Sobre el autor
Herrero. Diletante. En vías de desarrollo.

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