Cultura

El futuro ya llegó

Las tardes cuando era chico tenían un denominador común: el pan con manteca y la televisión. Los dibujitos en la pantalla y la merienda se combinaban como un oasis que me sacaba por un rato de la calle y me trasladaba a un mundo distinto.

Uno de mis dibujos preferidos era “Los supersónicos”. Se trataba, para los que no los conocieron, de una familia del futuro que vivía en el espacio. Estaban rodeados de pantallas y tecnología que lo resolvía casi todo. La madre, Jane, (no la antigua Jane de Tarzán que veía mi viejo de chico, sino una nueva, moderna y reluciente), cocinaba con un tablero con diferentes opciones que apretaba y, casi instantáneamente, aparecía en los platos. El padre, George, teletrabajaba y hacía que su hijo Elroy se atendiera con su pediatra a través de una pantalla y una cámara. Y Judy, la hija adolescente, hablaba mediante videollamadas con sus amigas. Afuera de la nave en la que vivían aislados, el espacio mostraba por los cristales de las ventanas un infinito desolador. Sin embargo no había conflictos entre ellos. La comunicación virtual no les generaba ansiedad y, sobre todo, no parecían necesitar otro contacto humano que el familiar. El encierro y la virtualidad les proporcionaba todo lo que necesitaban. Yo veía aquellos dibujitos maravillado pensando en la comodidad y en la instantaneidad de todo lo que hacían.

Hoy sé que algo de esa realidad es inaplicable. Lo futurista de esas historias no fueron los avances de las comunicaciones que hoy ya tenemos a través de las pantallas. La única predicción real fue el encierro. Y había una trampa con eso que no nos avisaron. Imagino a aquellos personajes como actores agotados, terminando de grabar el capítulo, aburridos entre sí. El padre prendiendo un pucho y encerrándose en su estudio a fumar. La madre, mirando por la ventana al espacio infinito pensando en épocas mejores. O Judy, haciendo el bolso para escapar de la nave mientras su hermano se sumerge en horas y horas de consola de juego para evadirse de esas caras que ve a diario. Algo de la ecuación no cerraba. Algo, en aquella ficción, no funcionaba como el mundo real.

El mundo real

Hace algunos meses mi hijo sufrió su primer corte de wifi en la casa. Estaba jugando en vivo con amigos en la consola y de golpe la pantalla quedó congelada. Corriendo y con cara de desesperación se acercó hasta mí y me preguntó qué pasaba. Cuando le expliqué del corte, por un minuto pareció no entender. Luego, después de volver a explicarle, me dijo: “¡Por favor hacé algo! Necesito conectare de nuevo”. Le volví a explicar que se trataba del servicio y que no podía hacer mucho más que esperar. “¿Esperar?”, me retrucó asombrado. A lo que agregué, tampoco hay televisión, ni teléfono, ni Netflix, ni videos de Youtube. Nada. Se había cortado internet en la casa de los Supersónicos, quedaba el espacio negro y desolador del afuera. Mi hijo sentía que no había literalmente nada que hacer fuera de las cosas que él sabía que le proporcionaba una pantalla. Había que volver al castigo de los Legos, de los rompecabezas, de los dibujos y todas esas cosas que habían dejaron de brillar para él hace un tiempo cuando la luz de la pantalla lo inundó todo. Pero no solo mi hijo se sintió defraudado por la tecnología que le jugaba una mala pasada cuando más la necesitaba, sino que mi teletrabajo también se había complicado. O las reuniones que su madre debía generar por el Google Calendar también estaban sin avance o las canciones de la vaca Lola que su hermanita veía se habían silenciado sin previo aviso.

Desde ese momento, la madre y yo, comprendimos que eso que veníamos pensando que no podía funcionar, eso que en la familia de los Supersónicos no era real, no debía seguir de esta manera. Alguien dijo alguna vez que si nadie se atrevería a dejar a su hijo menor de edad en un bar, repleto de adultos, en medio de la noche, tampoco debería dejarlo solo frente a una pantalla con internet. Y esto, que parece exagerado, no deja de ser real. Está comprobado que los algoritmos que funcionan detrás de los programas que los niños usan estudian el comportamiento para ofrecerles cada vez más cosas. Estas aplicaciones buscan que el carrusel de videos sea infinito, como una calesita que no permite que los chicos se bajen. Y peor aún, una calesita en donde la sortija siempre tiene como finalidad ofrecerles algo que pueda atraerlos para seguir dando vueltas o para generarles una nueva necesidad que antes no tenían. Igualmente los juegos de las consolas tienen una estructura adictiva en donde los chicos nunca están conformes con el puntaje que tienen o el skin de su personaje o de la nueva versión que va a salir pronto. Un bombardeo de imágenes, de sonido y de acción que funcionan como un estimulante inacabable.

Internet está construida para que las constantes de anonimato y búsqueda de información ilimitada permitan lo imposible. Hoy en cualquier buscador, cualquier palabra que puedas buscar, luego de avanzar en varias páginas termina en algo no apto para niños. Este círculo virtuoso y vicioso funciona al igual que el contenido porno en los adultos. Hay algo en el porno que funciona en el ver hacer pero no hacer realmente. La acción y, también la interacción, siempre sucede del otro lado de la pantalla. El cuerpo se carga de acciones que no realiza (al menos de la misma manera). Lo mismo sucede en los videos que los chicos ven en donde otros abren juguetes nuevos y muestran cómo juegan con ellos. Los chicos “disfrutan” de ver a otro jugar pero sin jugar ellos realmente. El “homus espectador” está plasmado en todo su esplendor.

Nueva normalidad

Sin embargo en algo la familia de Los Supersónicos tenía razón: si vas a estar aislado, ya sea porque vivís en una nave en el espacio o porque en el mundo aparece una pandemia que te obliga a encerrarte en tu casa, lo que te va a ayudar a que tu vida sea parecida a lo que era antes son las pantallas. Quizá esa relación online que los chicos tienen con la consola de juegos sea una manera actual de relacionarse con sus amigos que antes veía cada día en la escuela, quizás el teletrabajo sea la forma de conservar un trabajo en pandemia minimizando las posibilidades de contagio. Quizás nada sea del todo malo o del todo bueno o, quizás, la forma o la cantidad en la que se haga es la variable que determine el beneficio o lo nocivo.

Lo que si está claro es que las pantallas y los contenidos no son para todas las edades. Los menores de dos años no deberían utilizarlas sin embargo a partir de esa edad hay un sinfín de posibilidades, de formas de acompañar a los hijos en el mundo digital, como cuando nuestros viejos nos iban a buscar a la puerta de algún boliche porque no daba que te volvieras solo. Probablemente en entender y compartir con ellos las propuestas esté la respuesta a lo dañino del algoritmo que propone un ritmo y una oferta poco saludable para que sea la única oferta o el único ritmo.

Mario Kordova
Sobre el autor
Escritor, becario de la vida.

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