Política

Los días felices

Los sospechosos de siempre. Cada 17 de Octubre se renueva la pregunta por las implicancias de dicho acontecimiento para la historia argentina y más particularmente por el significado del peronismo. En las discusiones de café -ahora virtuales- y en los debates mediáticos hay quienes consideran que en ese hito la Argentina “se jodió”. Este conjunto de discursos tiene la pretensión de presentarse en la discusión pública como “centrista”, “institucionalista”, “republicano” y “moderado”. No obstante, son centralmente discursos de desconfianza e incomprensión de la experiencia peronista -en el mejor de los casos-. O, lisa y llanamente discursos anti-peronistas -en el peor de los casos-. Esta discusión no es menos álgida dentro del conjunto de discursos que enaltecen la experiencia peronista. Recuperando las caracterizaciones populares podemos decir que “los hay doctrinarios”, “los hay revolucionarios”, y por qué no decirlo, “los hay progresistas”. Haciendo un juego de palabras con los conceptos de un viejo pensador alemán del siglo XX, digamos que todos los conceptos centrales de la política contemporánea argentina son conceptos polémicos. Siendo el peronismo probablemente uno de los conceptos más polémicos de la misma.

Más allá del llano. El año pasado se publicó un libro titulado Peronismo. Entre la severidad y la misericordia. El mismo se estructura a través de una larga conversación entre el artista plástico Daniel Santoro y el filósofo Julián Fava en torno al peronismo, para lo cual toman como punto de partida una serie de óleos del propio Santoro -entre los que se destacan La mamá de Juanito Laguna dormida en un parque de ruinas ideológicas y La felicidad del pueblo- e imágenes de archivo vinculadas al peronismo. En la primera parte de la conversación Santoro y Fava sostienen que el peronismo opera dentro del dispositivo político y económico capitalista. Sin embargo, el modo de configuración del peronismo subvertiría la lógica capitalista. El epicentro de esta subversión estaría dado por la forma del consumo. Para ellos, el capitalismo -en su forma de la American way of life– implica una forma del consumo “racional”, “estructurado” y centrado en la “deuda”. Contra esta forma del consumo capitalista el peronismo postularía una forma de este sustentada en el disfrute y el gasto improductivo -retomando la vieja fórmula de Georges Bataille-. El componente central del consumo peronista esta dado entonces por la idea de “goce” a través de los bienes materiales y culturales.

Esta caracterización del peronismo realizada por Santoro y Fava resulta interesante y sugestiva, más aún si tenemos en cuenta que el libro en cuestión fue editado a comienzos de 2019. Lo cual implica que estas reflexiones se dan en el contexto del gobierno de Cambiemos. El vínculo entre “consumo”, “goce” y “gasto improductivo” puede ser entonces leído como una puesta en cuestión de la idea de “meritocracia” enunciada en el discurso político de Cambiemos. Sin embargo, hay una serie aspectos del modo en que caracterizan al peronismo que podríamos cuestionar. En primer lugar, la cuestión de “lo sacrificial”. ¿Es posible pensar que el peronismo no se encuentra atravesado por una lógica sacrificial? Para esa vertiente del peronismo muchas veces definido como “doctrinario” el tiempo de ocio no es algo que caiga del cielo. Sino la resultante del sacrificio o esfuerzo del trabajo, al punto tal que el vínculo entre trabajo y ocio constituye una suerte de ética del trabajador peronista. Hay un derecho al ocio porque previamente hubo un sacrificio laboral. Por otro lado, la desvinculación entre peronismo y sacrificio también puede ser puesta en cuestión a la luz del denominado “peronismo revolucionario”. ¿Es posible pensar el vínculo entre peronismo y socialismo en los sesenta y setenta sin la lógica sacrificial como articuladora del mismo? La respuesta es casi obvia, no. En segundo lugar, digamos que la caracterización de Santoro y Fava sitúa por momentos en un lugar de pasividad al trabajador peronista. El mismo solo querría el ocio. ¿Y el poder? ¿No hay una vocación de poder por parte de los trabajadores peronistas? Y en aquellos que no entran en la definición de trabajador “clásica”, ¿no existe también una vocación de poder que les permita transformar su existencia?

Vuelta al llano. El mes pasado en el programa Periodismo puro Jorge Fontevecchia entrevistó a Emilio Monzó -ex-diputado nacional por la Alianza Cambiemos y ex-presidente de la Cámara de Diputados de la Nación Argentina-. La entrevista osciló entre una suerte de prelanzamiento encubierto de la candidatura de Monzó para las elecciones legislativas de 2021 y un análisis autocrítico respecto del gobierno de Cambiemos del cual el mismo participó. Dos son las críticas centrales que realizó al gobierno del cual formó parte. La primera, la imposibilidad de Cambiemos para cerrar la denominada “grieta”. La segunda, no haber dado lugar a una renovación dirigencial en términos electorales. En este sentido, Monzó señalaba la necesidad de generar una renovación dirigencial-electoral de cara a las próximas elecciones legislativas. Desde su visión esto permitiría transformar la estructura de Cambiemos en favor de un ala más moderada cuya expresión dirigencial serían Horacio Rodríguez Larreta, Jorge Macri, María Eugenia Vidal, Martín Lousteau y él mismo -entre otros-.

La idea de que los dirigentes mencionados expresan un “ala más moderada” de Cambiemos puede lógicamente ser cuestionada. Sin embargo, siguiendo la lógica discursiva de Monzó resulta relevante otro punto de la entrevista con relación a esta idea de “moderación”. Para él, esta “ala moderada” contribuiría a establecer un “acuerdo básico” del diálogo democrático argentino. Cerrando así la “grieta” -expresada por Mauricio Macri y Patricia Bullrich en Cambiemos-. A la vez, este “acuerdo básico” permitiría avanzar en la configuración de una política eminentemente “centrista”, en la cual Cambiemos exprese una visión de centroderecha de la vida pública. ¿Y la centroizquierda? Para Monzó la centroizquierda podría, o mejor dicho debería, expresarse en la figura de dirigentes como Alberto Fernández. Para él, la primera parte del ASPO, en el cual hubo “acuerdos básicos” entre Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, contribuyó a la configuración de un escenario “centrista”. Sin embargo, la confrontación entre el Gobierno Nacional y el Gobierno de CABA durante el último mes habría roto dicho escenario en favor de una visión “agrietada” de la sociedad.

Los profesionales. Hay en el análisis propositivo de Emilio Monzó un gran ausente, el liderazgo. Ausencia que podemos intuir no es azarosa. Monzó conoce a la perfección la diferencia entre el dirigente y el líder. Si el primero necesita inevitablemente de las estructuras formales de la política -y por eso la política electoral es central para estos- el segundo construye su legitimidad por una fuerza muchas veces incomprendida, o detestada, por el dirigente. Para decirlo simple, la supuesta “ala moderada” de Cambiemos aspira a una política como profesión -en esta versión neo-weberiana edulcorada de Monzó- en la cual la tensión entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad termine finalmente liquidando toda posibilidad de la primera.

Nadie desestimaría la necesidad de que haya dirigentes con capacidad de conducción política. Sin embargo, cabe preguntarse en este punto si, ¿esta preferencia por la figura del dirigente es realmente una convicción? En la coyuntura política argentina pareciera ser que esta preferencia -compartida también por algunos dirigentes del Frente de Todos- expresa más bien la incapacidad de constituir liderazgos alternativos a los de Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner.

Los días felices. Volvamos a Santoro y Fava. Ya hemos enunciado nuestras dudas respecto a la idea de ausencia de una lógica sacrificial en el peronismo. Sin embargo, en el análisis de la experiencia peronista dan cuenta de un aspecto fundamental, la vida material -entendiendo que la misma no puede reducirse a la ecuación salario-bienes de consumo-. Puede haber ocio porque hay una vida material que -con distintos niveles- está resuelta en sus aspectos fundamentales. Lo cual posibilita vislumbrar a la vez un horizonte de ampliación del bienestar.

Lo dicho nos lleva entonces a la ecuación dirigente-líder nuevamente. ¿Puede constituirse una política eminentemente dirigencial si la vida material fundamental está afectada mayoritariamente? La respuesta no puede ser tajante, ni trasladable a experiencias políticas de otras latitudes. Pero todo pareciera indicar que no. La afectación generalizada de la vida material de los habitantes de nuestro país expone las contradicciones más profundas. Y exige liderazgos que puedan mediar dichas contradicciones más allá del fenómeno electoral.

En este punto la pregunta política no puede ser ya formulada ni a Fernández de Kirchner ni Macri -quiénes más allá de los gustos personales de cada uno poseen liderazgos políticos que van más allá del fenómeno electoral-. Más bien, debería ser formulada al propio Alberto Fernández, ¿será él mismo capaz de dar el “salto” de dirigente a líder? La respuesta es incierta. Los días más felices siempre fueron peronistas, reza la sabiduría popular. Pero no hay que olvidar que esa felicidad supone la conquista de la gran masa del pueblo -como bien indica la Marcha Peronista-. Y hasta donde sabemos nadie ha conquistado al mismo desde la política palaciega de los dirigentes. Mientras tanto, seguimos recordando los días felices -de un pasado ya no tan reciente- y viviendo en los vestigios de sus contradicciones.

Alejandro Cantisani
Sobre el autor
Politólogo, Dr. en Ciencias Sociales (UBA)

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