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“Por amor a la camiseta” y otras leyendas.

“Por amor a la camiseta” y otras leyendas. El amateurismo como privilegio de clase en el deporte argentino

¿Por qué en muchos relatos el deporte profesional está mal visto? ¿Por qué nuestra historia deportiva estuvo surcada por el antagonismo entre “amor a la camiseta” y “mercantilización”? Seguramente, porque la historia la escriben los poderosos, que cuando vieron que el deporte iba dejando de ser un privilegio de clase resistieron (¡y resisten!), atrás de floridos discursos del honor y otras argucias. Veamos.

Si bien los orígenes del deporte como juego reglado se encuentran en todas las sociedades antiguas, y una institucionalización inicial se advierte en la antigua Grecia con sus Juegos Olímpicos (que se extendieron por casi 1200 años), su práctica nunca fue masiva y en el medioevo se diluyó relativamente, cuando la humanidad pareció tener otras inquietudes.

Hay que trasladarse a la Inglaterra de la Revolución Industrial para encontrar un proceso de masificación del deporte, acompañado de una proliferación de reglamentos, instituciones y eventos que le iban otorgando un sentido competitivo a una práctica que hasta ese entonces estaba destinada casi exclusivamente a las elites, las cuales lo practicaban como divertimento. Casi todos los deportes en la forma en la que los conocemos, tienen su origen directa o indirectamente en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX.

En Argentina desde fines del ochocientos se advierte una oligarquía que se vuelca a través de sus jóvenes a la práctica del deporte, al mismo tiempo que de manera creciente los sectores populares comienzan a hacerlo en sus clubes, fundamentalmente cercanos al desarrollo ferroviario y portuario que vinculaba a los inmigrantes con los trabajadores criollos.

El arquetipo del “sportsman” argentino de principios de siglo XX fue Jorge Newbery. Miembro de una familia porteña acomodada, se recibió de ingeniero en Estados Unidos, fue funcionario público, playboy, pionero en la navegación de globos aerostáticos y aviador. Al mismo tiempo se destacaba en los clubes “cajetillas” practicando boxeo, natación, esgrima y remo. El relato deportivo argentino lo considera “el primer boxeador” de nuestro país, combatiendo desde 1895 en diferentes eventos pre-institucionales.

Todavía en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 encontramos dos argentinos que seguían el modelo del deportista “amateur” de elite. Arturo Rodríguez Jurado, hijo del gobernador de San Luis, fue capitán de la selección argentina de rugby y medallista olímpico en boxeo simultáneamente. Alberto Zorrilla, del club GEBA, fue oro olímpico en natación, pero también esgrimista, atleta de pista, remero, waterpolista, bailarín de pista y aviador.

Mientras tanto los sectores trabajadores no tenían demasiado tiempo para dedicarse al deporte más que como divertimento en sus ratos libres. Pero a partir de acontecimientos como la pelea del plebeyo juninense Luis Ángel Firpo (apadrinado y adoptado por miembros de la oligarquía, circunstancia sin la cual no hubiese podido ni empezar a competir), por el título mundial de boxeo en Estados Unidos en 1923, o la explosión masiva del futbol, se fueron volcando al deporte primero como espectadores y luego buscando la forma de adoptarlo como forma de vida.

El profesionalismo se blanquea en el futbol argentino a partir de 1931, a partir de una huelga de jugadores, cuando ya estaba absolutamente instalado “por debajo de la mesa” desde hacía varios años. Los sectores más acomodados seguían predicando que al no jugar por amor a la camiseta el deporte se iba a desnaturalizar y mercantilizar. La magnitud del fútbol como negocio masivo hizo insostenible esa posición.

La profesionalización del deporte generó casi automáticamente dos procesos. Por un lado la democratización de la práctica, ya que si el deportista es bueno y “rentable” podrá vivir de su trabajo independientemente de su origen de clase. Por otro, una mejora en el nivel de la competencia, ya que al pasar de ser un hobby, a ser un medio de vida y una ocupación de tiempo completo, no sólo creció la cantidad sino la calidad de los mejores exponentes.

Con el correr de los años, muchos otros deportes siguieron el camino del fútbol y el boxeo. Hoy hay un consenso general: el deportista de alta competencia necesita vivir de eso. Por eso en las disciplinas “amateur” o “semi amateur”, cada Estado interviene con becas, infraestructura y otros incentivos para sostener y desarrollar a los deportistas. Sería impensable, en la actualidad, el concepto romántico de un hijo de familia bien que se entrena por su cuenta en el Jockey Club y llega a representar al país en unos Juegos Olímpicos casi sin participación del Estado. Lo que ahora parece un cuento, durante décadas fue la única forma de llegar a esas instancias.

Deportes claramente vinculados a las clases altas siguen sosteniendo un discurso amateurista. Hoy la URBA (Unión de Rugby de Buenos Aires) organiza la principal competencia de rugby, donde supuestamente los deportistas son amateurs y, cómo mínimo, de clase media alta. Muchos de ellos esperan la posibilidad de un contrato en el exterior para dar el salto económico en una actividad. Sin embargo nuestra liga vernácula tiene mil trampas y grises, que a la luz de los millonarios ingresos publicitarios y televisivos de la actividad se advierten casi inevitables.

El cuento del “amor a la camiseta” funciona todavía en esos círculos como última barrera de protección contra la masificación del deporte. La invasión de los plebeyos será, ahí también, inevitable.

Manuel Vilariño
Sobre el autor
Árbitro internacional de boxeo, Secretario de la Asociación Guantes Solidarios

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