Economía

Salario Mínimo Global para un Mundo Solidario e Inclusivo

El multilateralismo construido en la posguerra tras los acuerdos de Bretton Woods y su reconfiguración neoliberal, que derivó en la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1995, ha sufrido una fuerte erosión de su legitimidad. Esta crisis de legitimidad está dada por el empeoramiento de las condiciones laborales y de vida por parte de las clases medias y la clase trabajadora industrial de las economías centrales.

Una de las características centrales de este neoliberalismo es la libre movilidad de capitales, esto permite a las firmas multinacionales poder abrir subsidiarias o tercerizar su producción en cualquier país del mundo. Este nivel de competencia internacional ha generado la relocalización de establecimientos productivos en jurisdicciones cuyo principal atractivo consiste en la contratación de personal bajo condiciones laborales precarias y salarios reducidos. Esta situación genera presiones a la baja del nivel de salarios a nivel global mientras que el 1% más rico concentra pociones crecientes de la riqueza y del ingreso. Este proceso impide la realización de un desarrollo integral y humano a nivel global.

En este contexto, los debates que se están dando en la OMC intentan dictar medidas que tiendan a reducir el proteccionismo de algunas naciones e ignoran las problemáticas socioambientales de producción. Si bien esta tendencia comenzó a ser revertida en el plano ambiental – luego del rechazo de la Unión Europea al acuerdo de libre comercio con el Mercosur por las políticas ambientales en Brasil – las objeciones hacia el nivel de salarios y las condiciones laborales en las economías emergentes no constituyen aún una prioridad del establishment global. En este sentido, no sorprende que un exponente disruptivo con este establishment (Donald Trump), haya exigido la mejora de salarios de los establecimientos automotrices de México.

Es por ello que una mejora estructural y mundial, no vendrá de la mano ni de un nacionalismo xenófobo ni del establishment global, tenemos que pensar en un nuevo globalismo solidario e inclusivo. Retomar la bandera del Salario Mínimo Global, emerge como una medida de carácter multilateral que puede ayudar a revertir el proceso de concentración de la riqueza. El Salario Mínimo Global fue ideado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) al poco tiempo de haber sido creada en 1919 al amparo del Tratado de Versalles. Esta idea fue ganando espacio en la década del 20, sin embargo, los investigadores de la OIT evidenciaban las dificultades que tenían los Estados para garantizar que todos los trabajadores de sus países efectivamente cobraran un salario mínimo. Luego con la crisis del 29, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Edad de Oro del Capitalismo y el Neoliberalismo, la idea fue quedando atrás.

El contexto actual de crisis de legitimidad del multilateralismo neoliberal constituye una oportunidad histórica para que organismos como la OMC contribuyan a un desarrollo sostenible e inclusivo promoviendo la aplicación del Salario Mínimo Global; que tiene dos desafíos por delante: la determinación de un salario mínimo para cada país y su implementación como condición de producción.

Para resolver el primer desafío, se podría pensar al salario mínimo como el valor necesario para cubrir la canasta alimentaria de tres adultos equivalentes, una opción que es superadora al establecimiento de un valor en dólares. Esto se debe a que el valor de la moneda es fluctuante y no capta las disparidades en el poder de compra dentro de cada economía. Esta variable expresada en moneda local deberá ser actualizada periódicamente y remitida a todos los organismos multilaterales involucrados en el desarrollo económico y social. En paralelo, se deberá trabajar para determinar condiciones de trabajo dignas que sean asequibles a nivel global (jornada de 8 horas, vacaciones pagas y fines de semana).

Para resolver el segundo desafío, se debe comprender que la mayor responsabilidad se encuentra en las economías centrales y los organismos multilaterales. En este sentido, las economías centrales deberían prohibir a las firmas de sus países tener subsidiarias o tercerizar su producción en establecimientos productivos que incumplan estas condiciones laborales y salariales mínimas. Así mismo, los principales centros de consumo global deberían prohibir la compra de bienes e insumos importados que no cumplan con estas disposiciones. Por su parte, la OMC podría incluir el dumping social (salarios bajos y precariedad laboral) como una causal de sanciones.

Desde una óptica liberal, la crítica se centra en que un salario mínimo global generaría desempleo y fuga de capitales en los países emergentes. Este planteo es incorrecto ya que, si el salario mínimo es efectivamente global, los grandes capitales no tendrán país a donde fugarse. Por otro lado, si se incrementan los salarios a nivel mundial habrá un impacto en el aumento del consumo y la reactivación de la economía global. Tampoco habría una reducción de la inversión, porque las empresas reducirían sus pagos de dividendos para reinvertir en la mejora de la productividad del empleo y el incremento de la capacidad instalada para abastecer el consumo creciente.

En conclusión, para evitar que el globalismo neoliberal sea sustituido por un nacionalismo xenófobo y excluyente se vuelve esencial levantar las banderas del trabajo y el salario digno para todos los habitantes del mundo.

Nicolás Pérez Soto
Sobre el autor
Economista de Ideas por el Desarrollo (IxD)

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