Editorial

Cuando el cambio empieza a no encontrar voluntad de juntarse

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Juntos por el cambio, atraviesa su primera crisis de conducción desde que fue creado para las elecciones presidenciales del año 2015. Las derrotas siempre generan disputas internas y trapitos al sol. Lo experimentó el Peronismo cuando perdió las elecciones y también lo está viviendo por estos días la coalición político electoral que gobernó el país hasta diciembre de 2019. Pero hay una cuestión aún más profunda: lo que también está en duda hoy en día es quién conduce el PRO. Y aquello resulta aún más novedoso, teniendo en cuenta que desde que ganaran las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires, allá por el año 2007 (y aún antes), nunca estuvo en duda que quien conducía el partido y la fuerza política al centro derecha del espectro político, era Mauricio Macri.

En esto encontramos una diferencia sustancial con lo ocurrido en el Peronismo a partir del año 2013 y muy especialmente luego de la derrota del 2015. El Kirchnerismo, fracción de magnitud dentro del Peronismo, nunca puso en duda quién lo conducía. Se podrá decir que aquello lo encerró y lo volvió sólo una fracción dentro del movimiento creado por Juan Perón, pero jamás los que se identifican como Kirchneristas, pusieron en discusión la figura central de Cristina Fernández. Distinto es lo que ocurre hoy en el PRO: cuadros históricos de lo que en algún momento se denominó “Macrismo”, empiezan a diferenciarse de la figura del expresidente, queriendo crear una alternativa más de centro que les permita volver a ser gobierno en el 2023. Rodríguez Larreta, Vidal, Monzó, Frigerio, entre otros, han entendido que el discurso de la grieta infinita y la polarización permanente frente a Cristina ya no tiene dividendos electorales que permitan recuperar el Estado. Y además observan, sin que les falten motivos, que aquella estrategia fue la que intentó sin éxito el Macrismo “paladar negro” para ganar las elecciones del año pasado, sin tener que discutir el fracaso económico y social que significaron los cuatro años en el poder. Por lo tanto, empiezan a desligarse del ala dura del Pro que timonean Patricia Bullrich, Waldo Wolff, Fernando Iglesias o el propio Hernán Lombardi.

Pero no todos son bemoles para el expresidente. Su figura, su nombre, su imagen política aún encuentra seguidores muy fidelizados. Hay muy pocos dirigentes en la historia política de nuestro país que consiguieron que haya una parte de la sociedad que se identifique con su apellido más un “ista”. Y Macri lo hizo. Sin lugar a duda hay un porcentaje no menor de la población que se identifica como Macrista. Las encuestas lo ubican entre el 10 y el 20 % del país. Supongamos que sea el 20, es un número para nada menor a la hora de poner en la balanza un armado electoral. Y entonces aquí encontramos una nueva semejanza entre Macrismo y Kirchnerismo. Parafraseando al actual presidente de la Nación, cuando incluso antes de siquiera imaginarse que iba a ser candidato a presidente, lanzó la ya histórica frase sobre cómo había que armar el frente electoral peronista: “Con Cristina sola no alcanza, pero sin Cristina no se puede”. Por lo tanto, los moderados de Juntos por el cambio deben estar pensando: “Con Mauricio sólo no alcanza, pero sin Mauricio no se puede”.

Nadie es tonto a la hora de hacer política, de ambos lados, tanto los duros como los moderados, saben qué se necesitan si quieren volver al gobierno en el 2023. Y lo peor que podrían hacer es dirimir sus cuestiones internas de forma pública, cuestión que dejaría latente la posibilidad de que haya una ruptura que los atomice y les quite competitividad electoral. Sin embargo, entre todas las cosas que los diferencian a Macri y a Cristina, hay una que es fundamental: la historia política del expresidente no parece ser propensa a la voluntad de conjunto. Más allá de toda la diatriba marketinera de “equipo” que el PRO se cansó de repetir desde que existe, Macri nunca estuvo en una posición en donde lo que se disputa sea su condición de jefe, en donde tal vez la hora política requiera que él se corra de la centralidad. No parece el hijo de Franco y el hermano de Mariano, ser una persona que tienda a la construcción política de conjunto. El peligro que Mauricio “rompa todo” con tal de no dejar de ser el jefe, es una posibilidad que el ala moderada no descarta.

El tiempo dirá. Mientras tanto asistimos a la primera crisis de jefatura y de proyecto de la fuerza política que en el 2015 pensó que iba a gobernar 20 años con las herramientas empresariales aplicadas a la gestión de Estado.

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