Internacional

Winning Joe

Son las 13:00 horas del sábado siete de noviembre en Buenos Aires y tanto CNN como el New York Times anuncian que en Estados Unidos hay un nuevo Presidente.

Si bien se da en un contexto en el cual el presidente saliente reclama que se recuenten los votos en diferentes Estados, la realidad es que Joseph R. Biden Jr. se convertirá en el próximo presidente de los Estados Unidos, si no media ninguna situación anormal, el 14 de diciembre cuando los congresales electos por los Estados, tengan que decidir.

¿Cómo se define?

Sin dudas desde el sur de Latinoamérica, y desde varios países alrededor del mundo, el voto en EEUU nos presenta miles de dudas y cuestiones acerca de por qué la elección del presidente no es tan sencilla como creíamos. Muchas personas también se dieron cuenta, en este proceso electoral (el más acudido en más de 100 años: más de 150 millones de personas), que no es una elección directa, sino indirecta.

Cada Estado tiene asignada una cantidad determinada de congresales por cada partido y estos decidirán el 14 de Diciembre quién es el nuevo presidente. Cuando uno de los candidatos llega a 270 electores, la elección se da como ganada por este, pero no termina allí, sino cuando estos electores emitan su voto sobre quién será su designado.

En este momento Biden se está consagrando con 279 electores contra 214 de Trump, quedando todavía 45 restantes, ya que Alaska, Arizona, Georgia y North Carolina no definieron a sus ganadores.

¿Quién es Joe Biden?

Joseph Robinette Biden Jr. es un político de 77 años de larga trayectoria dentro del Partido Demócrata, nacido en Scranton Pennsylvania y abogado recibido de la Syracuse Univesity en Delaware, que intentó ser el candidato del partido en 1988 y 2008 sin éxito. Biden representa, dentro del Partido, una visión moderada y de centro que le ayudó a reunir apoyos hasta dentro de ciertos sectores del Partido Republicano quienes apoyaron su candidatura, como es el caso del ex candidato presidencial Mitt Romney, que planteó en reiteradas ocasiones que en EEUU se necesita “bajar la temperatura”.

Quizás en este punto es donde Biden hará foco e intentará revertir una grieta que hasta el momento parece insalvable en el país del norte. Una grieta que se expresa no sólo en el mapa electoral que pareciera tener una división muy marcada entre los Estados rurales del centro (republicanos) y los costeros (demócratas), y que dentro de esos mismos Estados se encuentra entre las ciudades, que son azules, y las periferias, que son rojas.

Esta grieta también se manifiesta en lo discursivo y en una visión de la situación americana particular desde hace más de 30 años, y que ha sido objeto de encuestas en el país sobre cómo percibían el manejo del gobierno de Trump sobre la pandemia y sobre la participación estadounidense en los conflictos externos, es decir, Medio Oriente, Asia y Latinoamérica.

Estos estudios marcan que una mayoría de ciudadanos estadounidenses de los Estados pendulares, prefieren un gobierno que se ocupe de los problemas internos del país, del manejo de la pandemia responsable y de una situación económica estable, que un Estado que gaste recursos públicos en intervenir en países extranjeros sin éxito como sucedió en las experiencias de Irak y Afganistán..

Esto no es un dato menor, sino que indica que la sociedad cambió, que Estados Unidos no es el mismo que percibimos al final de la guerra fría, sino que es un país que se repiensa y se encuentra en el tablero mundial batallando con China en el segmento comercial y con su propio sistema de salud colapsado por una pandemia que también quebró el eje económico.

Este cambio de paradigma no es menos importante, ya que es lo que marcó al gobierno de Donald Trump, un gobierno que no impulsó envíos de tropas, ni tampoco intervenciones bélicas prolongadas como en gobiernos anteriores, excepto casos particulares como Siria o el asesinato del comandante iraní Qasem Soleimani a principios de este año.

Donald Trump leyó y dio sustento electoral y político a un sector amplio de la población en cuanto a las necesidades claras de ocuparse de los problemas americanos con soluciones americanas, es decir, que el joven estadounidense que sirvió en medio oriente, tenga trabajo y pueda reinsertarse en un país que dejó de atender en otros años a aquellos sectores bajos que habían puesto el cuerpo en las participaciones militares.

Sólo a modo de ejemplo, durante los primeros 3 años de gestión, la administración Trump generó 6,6 millones de empleos nuevos, impulsó modificaciones fiscales, extendió redes de capacitación laboral y puso trabas a la inmigración en miras de un sector redneck americano que considera que la inmigación masiva e ilegal es causal de la falta de empleo y de la inseguridad.

¿Por qué gana Biden?

En su primer discurso y en toda la campaña, el presidente electo dijo que es su prioridad poner la crisis del COVID bajo control, ser estricto con los controles, el uso de barbijos y protocolos de distanciamiento social, es decir, lo que se hace en otros países, pero que justamente el presidente saliente no atendió por llevar todo esto al campo de una “guerra” entre un virus chino y el crecimiento económico estadounidense.

Este crecimiento no sólo comenzó a reducirse sino que hoy la economía americana se encuentra en mínimos históricos. Para ser más claros sobre qué significan estos mínimos históricos, a principio de este año, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO), estableció que el déficit público asciende a más de 20 billones, mientras que Estados Unidos le dio la espalda también al comercio internacional, dejando de lado las relaciones con sus socios comerciales y provocando un déficit comercial alrededor del 12% debido a una baja en las importaciones de China y de la UE (Unión Europea) por subas arancelarias que afectaron de manera sideral el sistema importador.

Ante este escenario Biden dice venir a traer, citando a la obsesión argentina, un “país serio”, y en su primer discurso como presidente electo dio marcadas intenciones de consenso al decir: “Soy un demócrata orgulloso, pero voy a gobernar para todos los americanos”, porque es en este punto donde Estados Unidos también se encuentra empantanado en una grieta cada vez más profunda.

Esto se terminó reflejando en aquellos diez Estados claves para ganar la elección. Es que Estados Unidos tiene los “swing states”, o Estados pendulares, que son Estados que no tienen una preferencia partidaria y que Trump en el 2016 había vencido en casi todos ellos.

De estos Estados, Biden ganó cinco hasta ahora (Michigan, Minnesota, Nevada, Pennsylvania y Wisconsin), y está ganando en dos (Georgia y Arizona), mientras que Trump gana en dos de ellos (Florida y Ohio), mientras que en North Carolina lleva una ventaja que parece ir convirtiéndose en tendencia.

Reconstrucción

Sin dudas Biden no tiene una tarea fácil, y tampoco la tiene nadie que quiera y deba comandar la nación más importante del mundo, que gobierna fronteras adentro y afuera, que es centro financiero mundial, que es faro de occidente y que es sede de varios de los organismos multilaterales.

Biden deberá reestructurar un país que se encuentra dividido en lo conceptual, con una situación económica golpeada por una pandemia que ya lo ubica como el país con más contagios y más muertes.

También deberá atender a una refulgente situación de conflictos raciales a lo largo y ancho del país, que ni gobiernos republicanos, ni el de Obama, dieron respuestas más allá de posturas simbólicas que, lejos de resolver la violencia, profundizaron los discursos de odio y las protestas. Estados Unidos ya no es el mismo que conocimos, pero tiene los mismos compromisos y responsabilidades con el mundo y con su propia población.

Al fin y al cabo, el gigante del norte sigue aquella célebre frase de Barry Goldwater en su discurso de aceptación de derrota frente al candidato demócrata Lyndon Johnson: “El extremismo en defensa de la libertad no es un defecto. La moderación en búsqueda de la justicia no es virtud”.

Sebastián Vadra
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Abogado en construcción, entusiasta de las relaciones internacionales.

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