Editorial

Lo que Trump hizo de nosotros

Trump en el G7

Ganó Biden, pero ¿ganó? En condiciones normales, con los 270 electores ya estaríamos hablando del nuevo Presidente de los Estados Unidos de América. No estamos en ese escenario. Se sabe que Trump continúa con su estrategia de deslegitimar el resultado de las elecciones, cuyo análisis más completo pueden leer en esta muy buena nota de Sebastián Vadra, situación inédita para el reino de la libertad y la democracia. Por eso es que pensamos, con exceso de cautela quizás y la constitución en la mano, que hay que esperar al nombramiento oficial. Pareciera que cualquier cosa puede pasar en el país de los bravos.

Y vaya que está bravo el asunto. Repetimos entonces, ¿ganó? Supongamos ahora que estamos en enero y Biden es presidente. Ya asumió, Trump es un mal recuerdo, para algunos. Porque para otros seguirá siendo el único que les dice la vedad a los que se la tiene que decir. Nada más ni nada menos que para la mitad del pueblo norteamericano. Trump perdió siendo el segundo presidente más votado de la historia norteamericana, el primero es Biden. No vamos a caer en esto de perdió pero ganó. El que pierde, pierde. Lo que queremos decir es que el sujeto político que encontró su vehiculización electoral vía Trump, sigue ahí.

La política norteamericana revela un modo de articulación de lo político que llegó para quedarse. Las pasiones tristes. El enojo, el odio, la indignación, pero también la frustración, la indiferencia y el olvido al que se enfrentan grandes porciones de la población, hoy son canalizadas en opciones electorales competitivas. Que ganan y pierden. Pero allí están. No alcanza con ganar una elección, porque la activación política y, sobre todo, el modo de intervención en la arena pública de estos espacios, configuran toda una manera de estar en el mundo y de relacionarse con otros. Son opciones políticas que no parecieran diluirse ante la pérdida de una elección por el hecho de haber moldeado de determinada manera a la sociedad. En algún sentido: darles voz a los que no tienen voz.

El problema hoy en día está más planteado en qué hacer con esas voces que en poner los esfuerzos en callarlas. La estrategia política del “deber ser”, del esto sí se puede decir en democracia y esto no, pareciera no haber dado resultado, porque bastó que emergieran ciertas figuras con características particulares para romper ciertas reglas de lo que se podía o no podía decirse en una sociedad democrática. Pero porque además todas esas voces estaban ya siempre ahí. Nunca dejaron de estar. Y esta es quizás la novedad de los tiempos. Volvemos a encontrarnos con que todo lo que creímos feo, sucio y malo y que habíamos superado, vuelve a estar otra vez delante de nuestros ojos, y gobernando.

Entonces, decíamos, el problema pareciera estar más en qué puede hacer la política con estas expresiones que ponen en tensión ciertas reglas de juego. Se trata de dilucidar qué puede hacer la democracia con ciertos sectores que la discuten en sus propios términos, o al menos en uno de ellos, el juego electoral. Somos lo que hacemos con lo que Trump hizo de nosotros.

La política, decíamos en un editorial pasado, trata de correr los límites de lo posible, de lo que sucede en los márgenes. ¿Cómo ampliar esos márgenes incorporando discursos que parecieran querer cerrarlos? Y más aún, ¿por qué tantas voces quedan afuera?, ¿qué pasa que queda tanto “del otro lado”? El problema es el otro, y así con todo lo que no se ajusta a lo que a nosotros nos gustaría. Quedan tantos afuera, que ese afuera es su adentro, y ahora el afuera son los que piensan que son el adentro.

Este trabalenguas para decir que la política de reivindicación de minorías, tiene su talón de Aquiles en que no puede englobar al conjunto. Y el conjunto que queda afuera, ya no son más pequeños grupos aislados, sino que, bajo una maquinaria precisa, bien instrumentada y dirigida, son pura potencia política.

Se trata de reconocer el mundo hoy, más que discutir con el cómo debiera ser. Ahí, en ese reconocimiento, reside la capacidad para llevar adelante una política que pueda poner sobre la mesa los grandes temas. Una política que pueda plantearse un poco más allá del acto-reflejo y que no esconda debajo de la alfombra todos los temas que le son incómodos. La pregunta entonces es: ¿Qué hacemos con la incomodidad?

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