Cultura

Trilogía (arbitraria) de una idea Peronista

Tres empanadas

Esperando la carroza se estrenó en mayo del 85. Fue dirigida por Alejandro Doria y está basada en una obra de teatro de los años sesenta del uruguayo Jaboco Langsner. Doria y Langsner adaptaron el guión de la película que fue interpretada por Luis Brandoni, China Zorrilla y Betiana Blum, entre otros grandes actores. Hasta acá no hay ninguna novedad.

La película salió tímidamente en los cines Atlas Lavalle de la época y llegó hasta hoy para ser un clásico. Pero vamos a ponerle un poco de picante. Vamos a interpretar con el rayo peronizador que todo lo transforma para siempre. Situémonos en una casa chorizo a mediados de los ochenta en Argentina. Pasada la dictadura, al menos en lo institucional visible, la familia aún revuelta con personajes variopintos más a favor, más en contra del pasado reciente. La situación económica moribunda y el peronismo bastardeado y confundido era una molestia en la primavera Alfonsinista. Vuelvo a la película: la vieja Mamá Cora, abuela confundida y bastardeada, la termina de joder en la familia que ya no la soporta y emprende un viaje al olvido sin avisarle a nadie. Atención spoilers: la vieja se pierde, pero está ahí nomás, cerca, en una casa vecina. Se fue, pero no se fue. En realidad, se fue para la familia que no sabe en dónde está. Aquí comienza el caos, la nostalgia por esa vieja que solo parecía molestar, pero ahora que no está, empiezan a extrañar todos sus dotes de atención y cariño y humanidad. La vieja estaba un poco loca, sí, pero que buena que era con los chicos, con su crianza y su amor. Sigo con la película: aparece un cuerpo de una anciana desfigurada y muerta que piensan que es ella. El peronismo, perdón, la vieja,  había muerto. Había muerto, pero había sido en definitiva tan buena con todos que había que llorarla y velarla. Había que acompañarla echándose culpas entre todos por lo que no la habían cuidado, por la paciencia que no le habían tenido. Pero esto no termina aquí.

El peronismo tiene el mismo virus que los zombies: no deja de volver una y otra vez. Entonces vuelve. La vieja muerta no era la abuela de la familia, era otra mujer. Entonces la vieja vuelve y todos la festejan (¿y la perdonan?) y la acompañan en la calle con todo el barrio atrás siguiéndola (porque el peronismo se festeja en la calle) y la familia ríe y festeja porque somos argentinos y somos así.

 

El country, gordo.

Las secuelas no suelen ser buenas. Este caso también lo confirma. Esperando a la carroza 2 se estrenó en el 2009 también con guion del uruguayo Langser, pero esta vez fue dirigida por Gabriel Condron. La historia vuelve sobre la familia Musicardi de la película anterior, sin embargo, la historia cambia. La familia se agrietó. Los personajes de Luis Brandoni y Betiana Blum finalmente lograron el (turbio) ascenso social tan esperado por ellos y se mudaron a un country noventoso. El matrimonio decide hacer una fiesta con todos los mediáticos del momento (políticos, actores, etc.) pero también invita (quizá para que el contraste los eleve aún más, quizá por culpa) a su familia de clase media baja. Acá empieza el cruce menemista de ese peronismo de los noventa ahora representado en la casa.

La casa del country con toda su extravagancia recibiendo a las dos facciones: la familia pobre con sus modismos de barrio y sus ropas fuera de moda y, por el otro lado, a la clase mediática con sus dorados y sus negocios oscuros de patria financiera. El cruce es tan espectacular como el cambio de la sociedad argentina: el rubio Susana, los leones dorados en la puerta, las confiterías vidriadas en los barrios, los negocios contra la economía destruida, el desempleo y la desesperación contra Punta del Este. La casa es el país. El roce y la fricción que se genera empieza a chocar y comienzan las vergüenzas, las extorsiones y el “sálvese quien pueda” tan nuestro. La película termina (como el país) con un gran incendio que comienza en la parrilla en donde se preparaba un gran asado (con carne adulterada producto de un gran negocio) que todo lo destruye. Al final se despiden, cada uno vuelve a su lugar para empezar de nuevo.

 

Sol para todos.

El hombre de al lado también se estrenó en el 2009 pero a diferencia de la anterior estaba posicionada en el presente. Fue dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat y fue protagonizada, espectacularmente, por Rafael Spregelburd y el cordobés Daniel Aráoz.

La historia es super simple y se trata de un conflicto (¿de clases?) entre un diseñador de moda (Spregelburd) que vive en la casa Curutchet (que fue realizada por Le Corbusier) y su vecino (Aráoz), un hombre simple, vendedor de autos usados, grotesco y áspero que se muda a la casa de al lado. Ambos son las dos puntas de un mismo hilo. El diseñador cheto y sofisticado y el hombre común. Sin embargo, los dos quieren lo mismo. Y como creen tener derecho a eso, lo buscan y lo encuentran. El diseñador tiene un amplio ventanal en donde recibe las bondades del Sol cada día, pero el vendedor de auto no lo tiene, con lo cual lo crea tirando abajo una pared para crear una ventana.

El conflicto nace cuando esa ventana además de permitir el glorioso Sol también une las dos casas compartiendo sus realidades. La película lo tiene todo: el miedo del diseñador y su familia el ser invadidos por ese otro que es su contracara (y todo lo que teme y odia) y las ganas de ascenso del vendedor de autos que lucha con lo que tiene “por ese poquito de Sol que el otro tiene y el también merece”. La historia avanza hasta extremar el conflicto entre el que quiere (y ahora también puede) y el otro que cree que el Sol le pertenece. La cosa no termina bien como era de esperarse y en esa lucha para definir qué es tuyo y qué es mío; hasta donde te dejo lo que me dejaron, termina en tragedia. Uno de los dos se queda sin el Sol pero algo queda, algo ha cambiado y esa necesidad empieza a ser un derecho.

 

Sigamos (arbitrariamente) pensando

Podríamos decir que las tres casas son la misma. Que sus integrantes también son los mismos, que el conflicto también es el mismo. Que el peronismo también está siempre en ellos simplemente porque lo está en las diferencias y en la forma de relacionarnos con ellas. La ecuación de las tres casas parece funcionar (y funciona) debido a que el conflicto está relacionado en base a lo mismo: qué es tuyo, qué es mío, qué creo que yo tengo y vos no tenés y, sobre todas las cosas, qué derecho tenemos a tenerlo para diferenciarnos de ese otro que nos recuerda lo que tememos.

Mario Kordova
Sobre el autor
Escritor, becario de la vida.

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