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El viejo amor y las apps de citas

Las apps de citas constituyen hoy un terreno fértil para la reflexión sobre las nuevas formas del cortejo amoroso y, en este sentido, la prolífica y reciente producción de autoras argentinas resulta especialmente expresiva del drama de las relaciones sexoafectivas a nivel general. Sus trabajos se volvieron más abarcativos en contexto de aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO). Entonces, mientras que algunx culpaba al gobierno por “no ponerla hace ochenta días”,[1] otrxs abrieron las apps. En algunos casos, a la caza de un sexting autorizado; en otros, entregándose a la transgresión de la escapadita selectiva. Pero en todo caso, las apps –de las que en otros tiempos se habían abstenido lxs superiores morales, lxs que no las “necesitaban”– se convirtieron en el espacio más natural para el cortejo.

¿Qué arrojan de nuevo y qué hay de viejo en estas nuevas formas del encuentro amoroso? Se viene hablando del “fin del amor” (Tenenbaum, 2019), del “fin de la masculinidad” (Lutereau, 2020). ¿Pero hasta qué punto han cambiado el amor, la masculinidad y la feminidad tradicionales? ¿Y qué elementos nos ofrecen las apps para observar esas transformaciones?

Como es bien sabido, el amor romántico –de origen moderno– se constituye como esa emoción que “atraviesa las divisiones sociales” (Illouz, 2009, 18). Se opone así tanto al mercado como a la política. Mientras que en el mercado todo es intercambiable por el equivalente general, en el amor, la persona amada es única e irremplazable. La política, esfera de la razón universal y pública, excluye las emociones (y con ellas, a todas las subjetividades definidas mediante la grilla afectiva). No obstante, al mismo tiempo, la trascendencia del amor vuelve tolerable la explotación capitalista y patriarcal; promete el sosiego del estrujón a la hora del ocaso.

En la tradición liberal, el amor está vinculado al ámbito familiar; pero supone un momento liminar que es la elección desinteresada y sumamente individual del ser amado. No se trata, por supuesto, de una elección cualquiera, sino que contiene una cuota importante de sacralidad, en la medida en que amar y emparejarse es comparecer ante el llamado redentor de la mononorma. Precisamente es por esta sacralidad que –con divorcio, movimientos de liberación sexual y feminismos mediante– el final de una relación amorosa sigue indicando un fracaso. Es también por esa mentada salvación que la soltería se lee como un impasse o una situación de marginalidad e iniciar una nueva pareja es motivo de congratulación (Ahmed, 2019).

La queja del feminismo contra el amor liberal tiene prácticamente la misma edad que esa emoción. Ya Mary Wollstonecraft, protofeminista del siglo XVIII, identifica un brote de debilidad moral que habita en el amor. Según lo expone en publicaciones e intercambios epistolares, existe para ella una clara distinción entre amor erótico (apasionado) y amor amistoso (racional). El primero podía ser un grave factor de desorden moral y, por cierto, su pasión por Gilbert Imlay, quien la humilló y rechazó más de una vez, la llevó al borde del suicidio en 1795 (Mendus, 2000). La propuesta de que existe un exceso del amor erótico respecto de la libre elección pone a Wollstonecraft a distancia de sus contemporáneos. Rousseau creía que el desorden pasional era característico de las mujeres (Pateman, 2018), Wollstonecraft lo cree inherente al propio ejercicio del amor (la potencia de esta idea y su actualidad se hallan en los trabajos recientes de Florencia Abadi, 2018).

Simone de Beauvoir y más tarde las materialistas francesas expusieron que, si bien el amor se presenta como la fuerza que une, tras la unión, el amor queda ligado al grupo social de quienes decimos que son “las mujeres” (las que practicamos el amor, las amorosas madres, las amantes). La cisheterosexualidad se vuelve entonces central para nuestras sociedades, porque asegura tanto una “clase sexual” bastante estable (Firestone, 1970) como el control de la reproducción biológica (Foucault, 1976).

Lo cierto es que, por diversos factores sociohistóricos, que incluyen sin dudas los movimientos de liberación sexual y el reverdecer feminista a partir de 1970 (especialmente en materia de derechos sexuales, reproductivos y laborales), los varones dejaron de detentar el monopolio absoluto del gobierno doméstico (aunque sus privilegios en ese ámbito siguen siendo escandalosos). Las mujeres comenzaron a poblar el mercado de trabajo y a tener mayor control sobre cuándo y cuántxs hijxs tener. Según Eva Illouz, se origina allí un declive de la masculinidad tradicional, que hasta entonces abrevaba en el estatus socioeconómico. Autores tan disímiles como Andrea Dworkin, Gilles Deleuze y la propia Illouz coinciden en un diagnóstico sobre este momento histórico. El capitalismo se hizo cargo de aquel exceso del amor –denunciado por Wollstonecraft– respecto de la voluntad libre y descubrió con buenos ojos que el mercado de la sexualidad era rentable.

La industria de la sexualidad se presenta como conveniente a una sociedad de consumo que echa mano cínicamente de bienes (y cuerpos) ya interpretados como desechables de antemano. Dworkin identifica esta cultura del descarte con el patriarcado; la siguen una lista interminable de autoras. Por caso, según Illouz, la masculinidad abandonó el estatus socioeconómico para sustentarse en una suerte de sexualidad acumulativa. Lo que comúnmente se llama “miedo al compromiso” de los varones cishétero, se dice, constituye en verdad un temor a la pérdida de la masculinidad ahora aferrada al donjuanismo (Ferloni y Nosseinte, 2020). En cambio, según se explica, sobre las mujeres hetero comenzó a recaer fuertemente un imperativo de belleza extraordinario, a la altura de una mercado de cuerpos extremadamente competitivo. Y es que el amor no es ya eterno pero sí lo es el mandato, no solo de “conseguir” pareja sino de sostenerla, frágil como se ha vuelto y de un modo que en gran parte depende de nuestras habilidades más o menos cómplices con un patriarcado que tiene cara de cafishio.

Por supuesto que nuestro erotismo no termina en las prácticas sexuales y que la sexualidad no se reduce a la pornografía patriarcal ni al sexo vainilla (nos hemos ocupado de este tema con Luciana Pérez, 2020). Pero las héteros, en gran parte educadas sexualmente en la pornografía mainstream de principios de los noventa, vivimos peleando y negociando con ella. Tampoco es cierto que el consumo masivo de productos sexuales (videos, hentai, cuerpos) sea cosa exclusiva de varones cishétero, ni que la belleza sea el imperativo exclusivo de las mujeres. Pero, otra vez, las desigualdades en esta materia son desvergonzadas.

En Argentina, a partir de la masificación del movimiento feminista con el #NiUnaMenos (2015) y la incorporación formal de contenidos feministas en la educación y el trabajo (mediante la relativa implementación de la Ley de Educación Sexual Integral y la Ley Micaela) sin dudas se están produciendo vínculos sexoafectivos de calidad renovada. Ya es un lugar común –y no por eso falta a la evidencia– hablar sobre la desencialización de los esquemas binarios en los vínculos y expresiones de género de lxs jóvenes urbanxs. Sin embargo, también es bastante frecuente que aparezca la resistencia de varones no socializados en las transformaciones propuestas por el feminismo y el transfeminismo. En esa franja etaria que la antropóloga Silvia Elizalde comprende entre los 45 y los 55 años (pero que podría ampliarse cómodamente a una década de varones menores), los cisheterosexuales están confundidos y desorientados.

Discutir con Eva Illouz no parece ser el objetivo de las investigaciones recientes de Elizalde y, sin embargo, su empresa se le enfrenta bastante. Su reciente tipificación de perfiles de Tinder sugiere que los varones no tienen miedo al compromiso sino que más bien buscan –entre otras cosas– posicionarse respecto del feminismo. Así, entre otros perfiles (me permito algún desvío respecto del trabajo de Elizalde), están los varones que insultan a las mujeres que reproducen estereotipos de belleza tradicionales (“no me interesa tu culo parado”); los que insultan a las feministas (“feminazis, sigan de largo”); los que describen sus consumos culturales e incluyen guiños al feminismo (por ejemplo, colocan fotos leyendo alguna autora feminista o frases como “aborto sí”, “providas abstenerse”) y los que confiesan el tipo de relación que buscan. Ellos quieren enamorarse, tener hijxs o “algo serio”. Están también los que buscan relaciones “cortas”, “free”, no-monogámicas y/o poliamorosas, anticipando con franqueza el largo o cortoplacismo de su ilusión y/o su inclinación por vínculos abiertos y/o menos ajustados a los formatos tradicionales.

En Sexteame (2020), Luciana Peker se concentra no tanto en el modo en que los varones cishétero se presentan en las apps de citas, sino más bien en las prácticas que llevan adelante. Si bien Peker denuncia sus maltratos, el ghosteo, el insulto ante las negativas y la falta de cuidado en general, también reconoce que muchos de ellos no han dejado de querer la casa, el perro y lxs chicxs; que otros no quieren ser chongos ni amantes de descarte (como lo manifiesta con habilidad poética el periodista Gaby Chávez, citado por Peker), y en ocasiones se preguntan amorosamente por el destino del manoseo.

Ahora bien, según lo estudia Mariana Palumbo, lo propio de los vínculos en las apps es la inmediatez y la hiperracionalización del gusto, algo que no necesariamente está generizado. “<3” (me gusta) o “X” (no me gusta) están sujetos a apreciaciones muy intelectualizadas. Damos “X” a un perfil (nunca a una persona) porque no nos gusta su remera o porque la frase que eligió para presentarse nos produjo vergüenza ajena. Hacemos una serie de cálculos en función de la poca información con la que contamos (edad, altura, vestimenta, profesión, barrio). El gesto, el timbre de la voz y la expresión del rostro no existen en las apps. Los datos sensitivos se pierden en gran parte y, con eso, la moral amorosa más tradicional (Tenenbaum, 2019). Esa moral incluía (no olvidemos), de un lado, la caballerosidad infantilizante y, del otro, el servilismo femenino (¿habremos perdido tanto?). Según Palumbo –insistimos– esta racionalización del gusto vale para todo el espectro de los géneros.

Resumamos lo dicho sobre el diagnóstico local. Los varones no socializados en el feminismo, de cualquier manera, ven ineludible el diálogo con el movimiento, ya sea mediante la reacción violenta o mediante el interés. No todos parecen ser “acumuladores sexuales”: la “promesa de la felicidad” –recuerda Sara Ahmed– sigue vigente y, con ella, los valores tradicionales del amor romántico. En los discursos de poder, todavía hoy, la felicidad sigue asociada a las vivencias heterosexuales, a las expresiones cisgénero, a la pareja y a la familia tipo blanca. En una palabra, cuesta creer que los varones no dialoguen ya con ese mandato.

Pese a todo, según arrojan una serie de indagaciones cualitativas (Illouz, 2016; Witt, Tenenbaum), las mujeres seguimos teniendo mejor predisposición para emparejarnos. Y si a eso sumamos el plus estadístico de violencia patriarcal cotidiana, nuestra buena predisposición resulta realmente alarmante. ¿A qué se debe esa mejor predisposición? ¿A que nos han criado más amorosas, destinadas a hacer el “trabajo emocional” (del que habla Arlie Hochschild), a que seguimos estando formateadas para la “producción sexoafectiva” (como adelantaban hace más de cuatro décadas las socialistas Folbre y Ferguson)? El hecho de que nos hayan formado en la expresión de las emociones y la contención en el contexto de la pareja, sin embargo, no llega a explicar por qué nos predisponemos mejor que los varones para la pareja. Al final de su libro El fin del amor (2019), Tamara Tenenbaum arriesga: ¿el mandato de maternidad?

La “última pregunta” del libro de Tenenbaum se concentra en una capa social: ¿por qué las chicas nacidas en los ochenta, formadas en la universidad pública y/o armadas de lecturas feministas no nos sublevamos ante los machos desalmados, cuando no violentos? Y tiene una respuesta (una entre varias), es que nos corre el reloj biológico. La respuesta no vale para todos los casos y mucho menos para todas; no vale para las más jóvenes ni para las más grandes ni para las separadas con hijxs. Alguna también –sin otro atajo aparente– tendrá por principal fin salvarse económicamente o pasar de un yugo familiar opresivo a uno menos hostil. El zapato de la hermana aprieta por todos lados, pero hay un costado del que se habla poco.

Creo que el amor romántico sigue bien vigente y que algunas de las desigualdades tradicionales se han matizado frente a otras nuevas. Sin embargo, ser feminista es de algún modo prevalecer en la creencia inocente del progreso igualitarista y, en este sentido, supongo que nuestras luchas por los derechos sexuales y reproductivos, por la igualdad en el mercado de trabajo, por la desprivatización de los cuidados, contra el viejismo y la gordofobia, por la desencialización de los géneros, entre otras, permitirán a las generaciones venideras establecer vínculos sexoafectivos más saludables.

Ahora bien, la última pregunta de Tenenbaum no es una pregunta ni debería ser la última. La peor cara del amor romántico solo va a ser cuestionada profundamente si logramos también afilar la crítica del mandato de la maternidad, porque no alcanza con señalar el mandato. Y esto supone rever nuestros eslóganes también. La maternidad es deseada siempre, amigas, en algún momento de nuestras vidas siempre y de alguna manera (como todo lo que se impone como sagrado), incluso es deseada para aquellas que abortamos y decidimos una y mil veces no ser madres; sencillamente porque eso es lo que espera el poder de nosotras. Y el poder sí que ghostea.

 

Referencias:

Abadi, Florencia (2018). El sacrificio de Narciso. Buenos Aires, Hecho Atómico.

Ahmed, Sara (2019). La promesa de la felicidad. Buenos Aires, Caja Negra.

Dworkin, Andrea (1989). Pornography. Men Possessing Women. Toronto: Plume.

Elizalde, Silvia (2020). “Los hombres Tinder (entrevista realizada por Mariana Carbajal)”, Pagina/12, 4 de octubre. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/296655-los-hombres-tinder-que-buscan-y-que-ofrecen-los-varones-en-l

Ferguson, Ann y Folbre, Nancy. (1979). “The Unhappy Marriage of Patriarchy and Capitalism”, Women and Revolution 1, 313-338.

Ferloni, Martina y Nosseinte, Lucía (2020). “Apuntes sobre responsabilidad afectiva”, Mestiza. En Prensa.

Firestone, Shulamith ([1970] 1976). La dialéctica del sexo. En defensa de la revolución feminista [1970]. Buenos Aires, Kairós.

Foucault, Michel ([1976] 2007). Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. México: Siglo XXI.

Hochschild, Arlie. (2013). So How’s the Family? And Other Essays. Berkeley y Los Angeles: University of California Press.

Illouz, Eva (2009). El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Buenos Aires, Katz.

————- (2016). Por qué duele el amor. Una explicación sociológica. Buenos Aires, Katz.

Losiggio, Daniela y Pérez, Luciana (2020). “Consentimiento, deseo y poder. Problemas del contrato sexual y elogio de la incomodidad”. En Losiggio, D y Solana, M (eds.), Acciones y debates feministas en la universidad. Florencio Varela, UNAJ Edita.

Lutereau, Luciano (2020). El fin de la masculinidad. Buenos Aires, Planeta.

Mendus, Susan (2000). Feminism and Emotion Readings in Moral and Political Philosophy (pp. 99-139). Londres, MacMillan.

Palumbo, Mariana (2019). “¿Qué hay detrás de un match? Reflexiones sobre la afectividad en la virtualidad posmoderna”, Revista Épocas. Disponible en: http://revistaepocas.com.ar/que-hay-detras-de-un-match-reflexiones-sobre-la-afectividad-en-la-virtualidad-posmoderna/

Pateman, Carole (2018). El desorden de las mujeres. Buenos Aires, Prometeo.

Peker, Luciana (2020). Sexteame. Amor y sexo en la era de las mujeres deseantes. Buenos Aires, Paidós.

Tenenbaum, Tamara (2019). El fin del amor. Querer y coger. Buenos Aires, Paidós.

Witt, Emily (2016). Future Sex. Nueva York, FSG.

[1] La frase refiere a la queja que un muchacho expresaba a un movilero del canal de noticias C5N, en la primera marcha anticuarentena.

Daniela Losiggio
Sobre la autora
Politóloga, investigadora de la CIC (CONICET-IIGG), Directora del PEG.

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