Internacional

Recalculando

«Argentina está fuera del mundo». ¿Cuántas veces escuchamos esa frase?; ¿De dónde viene?; ¿Qué mundo quiere integrar Argentina?; ¿Argentina forma parte de algún tipo de excepción en materia de geopolítica?

Todas estas preguntas rodean la atmósfera contaminada de la discusión política, económica y social de nuestro país con mayor intensidad desde la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, ya que en esa fecha se erigía, luego de 42 años de guerra fría, una potencia del mundo (y del mercado) libre alrededor del mundo.

¿Por qué decimos que desde esa época nos planteamos la inserción? Porque se acabó la grieta marcada entre dos fidelidades al menos por diez años, una grieta que quizás, volvió a resurgir con la “mojada de oreja” a Estados Unidos, de gobiernos progresistas en el cono sur, mirando con cierto cariño a Rusia y naciones alternativas a través de tratados regionales (UNASUR, ALBA, BRICS, entre otros).

El meollo de la cuestión es que ese escenario cambió, realmente ninguno de los tratados de comercio, políticos y de cualquier índole pudo ser mejor, más efectivo y tener mayor continuidad que el Mercosur, aquel pacto que surgió, justamente, bajo el ala protectora del país del norte y con un presidente de relaciones estrechas con el eje liberal.

Amigos del barrio

En este año que se cierra, lleno de balances, duro, intenso y complicado, se hace inevitable poner el foco en la política internacional y el cambio de óptica del actual gobierno con respecto al del ingeniero Macri. A saber:

Por un lado tenemos un presidente que deja de participar activamente, aunque no en los papeles, del llamado Grupo de Lima, un grupo conformado principalmente por gobiernos que quieren darle especial atención al proceso venezolano y sus escandalosas irregularidades. En este sentido la postura del gobierno argentino es lógica, se aleja de un grupo que reconoce como presidente de Venezuela a Juan Guaidó, que no fue electo sino autoproclamado, y asume una mirada crítica del proceso antidemocrático liderado por Nicolás Maduro, entendiendo que la tercera posición es lo más beneficioso en una región que oscila entre gritos de izquierda y derecha.

Por otro lado, el presidente Alberto Fernández, forma parte activa del Grupo de puebla, que es un foro político y cultural de discusión compuesto por varias personalidades de la izquierda y el progresismo latinoamericano pero con un (alarmante) detalle, sólo dos dirigentes de primer nivel activos: Alberto Fernández y el ex presidente de Bolivia, Evo Morales, que elaboran documentos contestatarios y funciona como una especie de Carta abierta regional que flaca ayuda le hace a la hora de ocuparse de los problemas actuales del país.

Esta obstinación de la presidencia argentina viene costándole caro cuando de sentarse en la mesa regional de mandatarios se trata. Se engloban las relaciones internacionales desde un marco meramente ideológico: con Brasil (nuestro mayor socio comercial), se pone énfasis en el enfrentamiento con el verborrágico Jair Bolsonaro; con Chile, Alberto tiene una estrecha relación con el principal opositor de Sebastián Piñera, Marco Enriquez Ominami, el mismo que le dio letra al presidente argentino sobre el manejo de la pandemia en el país trasandino, con más de una torpeza; y con la Alianza del Pacífico y con Uruguay ocurre lo mismo. Por cierto Uruguay es el país preferido del capital argentino, ahorcado por presiones impositivas cada vez más fuertes sobre los insumos, las transacciones y los bienes personales

En febrero de este año Felipe Solá (ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto) comenzó a trabajar en el objetivo principal que se trazó desde la asunción de Alberto Fernández, reuniéndose con Jair Bolsonaro para que estos dos pares, mediante gestión del embajador argentino en Brasilia, Daniel Scioli, pudieran lograr reunirse el 1 de junio. Pero esta reunión, por algunos chispazos, y porque la pandemia alteró todas las agendas, terminó realizándose el día de amistad argentino-brasilera el último 30 de noviembre.

En este punto es muy necesario profundizar esta relación más allá de lo ideológico, considerando que la Argentina tiene en Brasil un aliado estratégico. Es necesario encausar esta relación, si quiere terminar con el cada vez más creciente deterioro de la capacidad productiva, con la pérdida de trabajos y si quiere encontrar alternativas útiles para poder marcar la agenda económica en la región, por ejemplo, dándole sentido a aquel pre tratado que se acordó con la Unión Europea en 2019 y que el actual gobierno criticó por ser, supuestamente, contrario a los intereses de la región.

Para sacar ciertas conclusiones, es preferible primero trabajar en propuestas superadoras, de lo contrario Argentina y la región seguirán compitiendo en ligas menores, y para citar el mismo spot oficial, en esta región nadie se salva sólo.

 

Big Brother

En las relaciones internacionales es necesario ver cómo ha sido este año la relación con Estados Unidos, el FMI (Fondo Monetario Internacional) y qué perspectivas habrá con el gobierno de Joe Biden, quien todavía espera que algunos procesos judiciales decidan si las elecciones en algunos estados fueron lo suficientemente transparentes.

Es necesaria una relación estrecha con el país del norte, principalmente, porque todavía se tramitan juicios en New York por bonos argentinos: por ejemplo, el que tramita ante el Juzgado de la jueza Loretta Preska donde el fondo Burford Capital demanda a la Argentina por la expropiación de YPF en 2012, y donde podrían resultar beneficiados el grupo Petersen de la familia Eskenazi, quién vendió sus derechos para litigar al fondo mencionado. Esto podría costarle al estado argentino hasta unos USD 14.000 millones.

Además de estos procesos, que son varios, ya que son los bonistas los que deciden litigar ante un juzgado americano por el monto que les correspondería por el impago o las decisiones intempestivas del Estado nacional, se encuentra otra batalla, y es con el FMI.

En este caso ya arrancamos con un pie errado cuando el canciller Felipe Solá inventó una conversación entre el primer mandatario argentino y el presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, diciendo en una entrevista que se tocó el tema de la necesidad de un acuerdo con el FMI y el apoyo del gobierno estadounidense, cuando la realidad es que casi no se tocó el tema en aquella conversación, una torpeza que, podría ser sólo pintoresca, pero en el mundo diplomático y en el de los mortales, no hace bien a una relación que ya de por sí se sostiene sobre una cuerda muy fina desde la creación del fondo.

Más allá de estos errores, Argentina deberá discutir seriamente con el gobierno americano y el FMI para ver la manera en que desarrollará un programa económico y productivo que le permita terminar con un 60% de niños pobres, con un sistema impositivo colapsado que cada vez se agrava más, ahorcando al sector que debería dar trabajo, competitividad e innovación, y realmente poder sentarse con los actores internacionales de relevancia para poder, de esta manera, ser realmente un país integrado al mundo, a un mundo que no para de cambiar, difícil, desigual y desesperado.

Argentina debe ajustar, de manera transversal, un programa donde se respeten algunos ejes intocables en materia de producción, de primacía de la exportación de materia prima y productos de valor agregado, así como también encontrar una manera en que las economías regionales puedan saltear los grandes costos que les significa llegar al puerto o traspasar una frontera para terminar siendo poco competitivas y devoradas por las mismas empresas de siempre que dejan pueblos arrasados e improductivos a lo largo y ancho de un país enorme que todavía no encuentra el rumbo, que tiene que poner el pragmatismo y la reactivación como eje, por sobre la ideología de un mundo que ya no existe.

Argentina debe definir qué quiere hacer y ajustar su GPS de miopía global que todavía dice recalculando.

Sebastián Vadra
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Abogado en construcción, entusiasta de las relaciones internacionales.

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