Política

Cruzar El Rubicón

Cuenta la historia, que hacia el año 49 a.c., Julio César, militar y político romano, debió tomar una decisión trascendental en su vida. Venía de una de las victorias más épicas de la historia de la Antigüedad, conquistando “La Galia” (algo así como los territorios de Francia, Bélgica, Holanda y parte de Alemania) y su popularidad iba en aumento. Su juventud y su talento como estratega, sin dudas, eran un peligro para el poder romano, que no tardó en amenazarlo. Si volvía a Roma sería enjuiciado. Julio César, no obstante, emprende, lentamente el retorno. Se para por unos momentos con su ejército en la frontera. Apenas un humilde río, el Rubicón, lo separaba del camino a la gran ciudad. Cruzarlo con su ejército era desatar la guerra civil. Lo inesperado. La osadía del todo por el todo. Quedarse, era el ostracismo. La marginalidad política. Ser fagocitado por la dinámica de las cosas. ¿El olvido, quizás? Dicen que Julio César dijo: “La suerte está echada”. Y cruzó el Rubicón.

Dos mil sesenta y nueve años después, en el sureste austral de América, la realidad política Argentina pareciera tener algo menos de mística. Será porque el transcurrir de los años dota de bronce a los relatos. O simplemente porque la chatura coyuntural no parece un terreno fértil para que florezcan las grandes gestas.

Lo más parecido a eso sea, quizás, para el movimiento feminista, el debate sobre la despenalización del aborto que atraviesa las calles y el congreso. Una problemática de salud pública que ciertos sectores del catolicismo pre-conciliar quieren transformar en religiosa. Es difícil esbozar resultados, aunque la sensación generalizada es que, a la larga, más temprano que tarde, el aborto legal, seguro y gratuito terminará por imponerse.

Algo de responsabilidad tiene en ello la figura de Alberto, quien sostuvo discursivamente y con voluntad política una de sus principales promesas de campaña. Si es que logra sancionarse, va a ser probablemente el mayor logro progresista de su gobierno en la política doméstica.

Sin embargo, es cruzando la frontera donde encontramos la principal medalla progresista del gobierno de Alberto: dedicación, cautela y firmeza (sumado a exitosas gestiones con el México populista y el Paraguay conservador), osaron en la maniobra de resguardar la vida del primer presidente indio de la historia boliviana, Evo Morales. El “empate catastrófico” entre las fuerzas “populares” y las “conservadoras” en el continente, que describió con su pluma magistral García Linera, se inclina, luego de las elecciones que coronaron a Arce, en favor del MAS. ¿Partido terminado? La supervivencia del separatismo racista de Santa Cruz de la Sierra junto a otros sectores de la Bolivia “blanca y católica”, le siguen dando vigencia a la caracterización del ex vice presidente.

Y en esto de ir y venir por la geografía nos encontramos con una cuestión a tener en cuenta: la pandemia (y su consecuente crisis sanitaria, social y, sobre todo, económica) sepultó políticamente a la mini dictadora boliviana Jeanine Áñez Chávez, así como también al plutócrata nacionalista norteamericano, Donald Trump, quien luego de alcanzar, previo al “virus chino”, la menor tasa de desempleo de los últimos 50 años parecía invencible. Habrá que ver de qué manera el Covid-19 impactará en nuestras elecciones de medio término, para la que faltan apenas unos meses.

Pase lo que pase, el periodo presidencial que le toca afrontar a Alberto Fernández va a estar marcado a fuego por la “doble crisis” que se presenta ante la ciudadanía como una matemática del espanto: crisis de deuda + crisis económica mundial. ¿El resultado? Si la política no gobierna la economía, si no controla sus principales resortes, derrota por goleada. Y esto, hay que remarcarlo también, aún a pesar de una catarata de políticas sociales como el IFE, los ATP, la ampliación de la AUH, entre otras, tendientes a que no caigan, aún más, los que siempre caen.

El gobierno muestra en esas medidas la histórica sensibilidad peronista hacia los de abajo, insostenible en el tiempo si no se avanza en una redistribución del ingreso más justa, que genere nuevas PYMES, nuevos empleos y mejores salarios, frente a la concentración económica (y de riqueza) que domina el cuadro de situación actual.

Y con esto, las preguntas, algo que destaca las publicaciones del portal. Me animo a algunas:

¿Se estará pensando en alguna estrategia para limitar/disminuir/reducir el poder de los grupos concentrados de la economía?

¿Estarán “dadas las condiciones” para ello?

¿No habría que plantearse algo más que “controlar el dólar” y que “las fiestas transcurran en paz” en diciembre?

¿No será momento de apelar a la osadía política, a una visión que supere la inmediatez, pensar en patear un poquito más allá la frontera de lo posible?

Volviendo a la historia inicial de Julio César y perdonando la digresión histórica de quien esto escribe: si la victoria electoral del 2019 fue para el Frente de Todos casi lo que fue la Conquista de La Galia para el joven romano, si el poder realmente existente, es decir, el económico, tiene en su naturaleza intrínseca fagocitar cualquier expresión política que le intente imponer condiciones, ¿no será el momento, de una buena vez, de cruzar el Rubicón?

Jonatan Acevedo
Sobre el autor
Historiador – Universidad Nacional de Luján

Comments (1)

  1. Avatar
    Cristina Lospennato

    Gracias Jonatan por refrescar la historia , también creo que cruzar el Rubicón es titánico aunque sea nuestro deseo, no sé si es lo más conveniente en estos momentos para nuestro país, de eso sabrá Alberto votado por nosotros y con plena confianza de sus habilidades. El tema a pensar es también preguntarse si el pueblo está en condiciones de las consecuencias que trae aparejado socialmente hacer ese cruce, tan deseado por muches compañeres.
    Te mando mi abrazo y nuevamente gracias por tu escritura.

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