Editorial

Para leer a Cristina Fernández

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Decir que la figura de Cristina Fernández en el escenario de la política nacional sigue ocupando una centralidad descollante, es realmente no descubrir nada. Cada vez que la ex presidenta y actual vicepresidenta habla, escribe o simplemente hace un gesto, un coro de cristinólogos opina sobre ella. En oportunidades algunos (de los propios y de los ajenos) hasta le piden que se pronuncie sobre cualquier tema, cuando ella decide no hacer apariciones públicas por un tiempo. Todo el mundo con alguna inquietud política en este país está esperando que Cristina hable: para amarla o para odiarla. ¿Pero se la puede pensar a Cristina despojado de cualquier arrebato emocional, en esta Argentina del River-Boca cotidiano? La respuesta es no. Sin embargo lo intentaremos.

Afuera pero adentro, adentro pero afuera

La Cristina modelo 2019 logró lo impensado, lo que nadie podía imaginar. Logró correrse del flash permanente, del “Cristina, Cristina, Cristina” de todos los días. Nadie la corrió de la centralidad absoluta (nadie pudo hasta ahora) lo hizo sola. Y con ello se garantizó que el Peronismo recupere el gobierno después de cuatro años de Macrismo. Duró poco, es cierto, ya con Alberto Fernández en la Casa Rosada y con el tsunami que significó el Coronavirus en Argentina y en todo el mundo, el “Cristina, Cristina, Cristina” volvió a ser cosa de todos los días. Lo cierto es que ella ha hablado poco este año. Contadas con las manos son las apariciones de la vicepresidenta en actos públicos. Y en los medios sólo lo hizo a través de sus redes personales. Muy por el contrario de lo que pensaban (o deseaban) diversos analistas políticos que a esta altura, parecen tener una fijación del tipo obsesiva compulsiva con ella, Cristina habló casi nada este año. Pero cuando habló dijo cosas. Y entonces las preguntas que surgen son: ¿desde dónde habla Cristina? ¿desde afuera o desde adentro?

La dialéctica exterioridad-interioridad tan trabajada en la filosofía por autores de la talla de Miguel de Unamuno, por ejemplo, parece estar siempre presente en el discurso de la vicepresidenta. Estoy acá, pero no lo estoy, puedo criticar porque no soy la presidenta, pero también puedo hacerlo porque soy la vicepresidenta del mismo gobierno al que critico. ¿Los “funcionarios que no funcionan”, son parte de su gobierno o de uno al que no siente propio? ¿Los ministros y ministras, los legisladores y legisladoras que “tienen miedo”, son parte del gobierno en que ella es la número dos, o ella no es parte del gobierno?

Suena realmente contradictorio que la segunda funcionaria de relevancia dentro de un gobierno sea al mismo tiempo la fiscal de ese gobierno. Y en este punto se podrá decir que Cristina ha aprendido a hacer autocrítica, cosa que siempre se le reclamó de diversas tribunas y que la hace a medida que los acontecimientos de su gobierno ocurren. Sin embargo, en este caso, bien sabe ella que sus palabras por la trascendencia nacional que tienen, no se disuelven en el aire. Y además, habilitan a otros y otras que no son Cristina ni mucho menos, a plantear sus criticas públicas, que al ojo del buen observador, quedan a las claras que disfrazadas de ideológicas, no son más que berrinches por cargos o lugares ocupados por otros y otras. ¿El resultado?: cierta imagen de debilidad del presidente Alberto Fernández.

El cuento de la buena pipa

Cristina se ha convertido con los años, pero muy especialmente durante este año, en la reserva moral del buen Kirchnerista. Y no es que le falten méritos para aquello, construyó junto a Néstor Kirchner, ese “ismo” que en general le ha dado buenos dividendos económicos y sociales a nuestro país y que la ungió como una líder popular y carismática indiscutida. Pero como toda reserva moral, al mismo tiempo generó una corte más papista que el Papa, que muestra indignación cuando por ejemplo, algún funcionario no aplaude a la jefa política todo lo que ellos consideran que debe ser aplaudida. Una suerte de soviet criollo que de tan berreta lo hace revolcarse en la tumba al propio Stalin.

Otra cuestión que quita el sueño en el manual del buen Kirchnerista, es la siempre cuestionada política de comunicación oficial. Todos los que desde la comodidad de su teléfono celular abren sus redes sociales y postean cualquier cosa que les venga a la mente, se piensan expertos en política comunicacional, y aun más, creen poder manejar la comunicación de gobierno mejor que cualquier funcionario de turno. Por lo tanto todo el mundo en el Kirchnerismo sabe cómo resolver “los errores de comunicación”, desde sus módicas cuentas de esta o aquella red social, con no más de 500 seguidores. El Peronismo pasó del bastón de mariscal que cada uno lleva en la mochila, al smartphone que cada uno lleva en el pantalón.

Mención aparte merece la relamida “batalla cultural” contra los grandes medios de comunicación, que la propia Cristina suele agitar con frecuencia y que se ha vuelto dogma de fe entre los suyos. ¿Quién puede dudar a esta altura que los medios de comunicación generan sentido común y defienden intereses económicos y políticos que rara vez tienen que ver con las reivindicaciones populares? Sin embargo, siguiendo la línea de pensamiento de que los medios ganan elecciones, es difícil entender cómo Mauricio Macri no es aun presidente de la Nación, teniendo en cuenta que tenía el apoyo total de los grandes medios. Hay en esa idea sin duda una victoria de esos grandes medios. El triunfo político que había significado para el Kirchnerismo en su momento sacarle el velo de independientes a los medios de comunicación, se terminó volviendo en contra, hoy parece fulbito para la tribuna que invisibiliza otros temas de mayor importancia material para la sociedad. TN, por cierto, no ha desaparecido.

La respuesta es no

Al margen del revuelo político-mediático que causaron las recientes palabras de la vicepresidenta, la foto que logró ese día el Peronismo en La Plata es pesada. Después de un año que nadie jamás pudo imaginar peor, la coalición electoral que venció con holgura a la fuerza política de centro derecha, que tenía la intención de quedarse veinte años en el gobierno, se volvió a cristalizar con todos sus actores principales en primera fila y juntos. Habrá que ver qué depara el 2021 que ya llega con sus elecciones de medio tiempo. El Peronismo parece haber aprendido la lección y a nadie se le pasa por la cabeza la idea de romper, más teniendo en cuenta que la oposición perdió la dinámica que había conseguido por mitad de año, cuando el hartazgo de la cuarentena parecía ser hegemónico en la sociedad. Cristina mientras tanto seguramente seguirá siendo Cristina, para los que la aman y para los que la odian y para seguir haciendo imposible leerla, pensarla y analizarla, despojado de cualquier emoción.

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