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La “generación borrada”: de ídolos populares a parias sociales

Básquet, logros deportivos y persecución política en los años 50

El 3 de noviembre de 1950 Argentina se consagraba campeón del primer mundial de básquet FIBA (Federación Internacional de Básquet), de la historia. El evento se realizó en el Luna Park de Buenos Aires, y acorde a los tiempos que corrían estuvo rodeado de la estructura estatal y la liturgia política que Perón y Evita imprimían a sus gestiones.

El impulso había sido grande, desde que en 1948 la FIBA había decidido organizar por primera vez un campeonato mundial, considerando que los países europeos de posguerra no estaban en condiciones para ser anfitriones del evento. Argentina sabía que contaba con una generación de brillantes jugadores en condiciones de competir al primer nivel. Por eso recogió el guante, hizo lobby, gestionó y logró ser sede del mundial 1950, en el que participarían diez selecciones de tres continentes.

Luego de cinco triunfos, Argentina enfrentó y venció en la final a un combinado de Estados Unidos, que como siempre (hasta 1992), no se presentó con jugadores de la elite profesional sino que lo hizo con el plantel de un equipo amateur de Denver (antecesor de los hoy Nuggets de Campazzo), pero con buen nivel de competencia a nivel nacional en el país que inventó el básquet.

Los jugadores argentinos pasaron a ser ídolos, y embajadores del deporte, pero eran amateurs. Para jugar el mundial habían recibido licencias laborales del gobierno, que presentaron en sus respectivos trabajos para poder entrenar.

Así las cosas, todo cambió cuando un golpe de estado derrocó al presidente Perón en 1955. La dictadura se empecinó en perseguir, proscribir y desprestigiar a todo lo que tuviera olor a peronismo. La historia de los políticos, sindicalistas y artistas es conocida, pero con los deportistas la metodología fue insólita.

Los integrantes del plantel -que a pesar de ser seleccionados nacionales no cobraban dinero-, habían recibido como único premio por su logro un permiso gubernamental para importar un auto cada uno. De esta manera podían abonarlo a un precio inferior al valor de mercado en Argentina. La mayoría vendió el certificado a una concesionaria, ya que no tenían el dinero para comprar el auto.

La “revolución libertadora” (?), les abrió una investigación, los acusó de profesionales por recibir incentivos económicos y –agarrate fuerte- los suspendió a todos de por vida para la práctica del deporte. Muchos años después, el creador de la Liga Nacional, León Najnudel, calificó esta decisión como “genocidio deportivo”, ya que no solamente se barrió con una generación de jugadores sino con la disciplina como tal. El básquet pasó a ser mala palabra y su desarrollo estuvo congelado por más de veinte años.

Oscar Furlong, Ricardo González, Hugo del Vecchio y otras glorias del básquet, fueron prohibidos y arrojados al olvido de la forma más cruel. No eran militantes políticos. Algunos de ellos ni siquiera eran peronistas, pero según las propias palabras del alero Omar Monza, “lo que pasaba era que tampoco éramos antiperonistas, de ninguna manera éramos antiperonistas”.

La ridícula sanción fue levantada once años más tarde, cuando ya era tardísimo. Habían pasado sus mejores años y se había sepultado el auge popular del básquet entre los niños y jóvenes de dos generaciones.

A partir de la década de 1980, con la creación de la Liga Nacional, el mejoramiento de los estándares de competencia interna y la creciente profesionalización, el básquet argentino volvió a despegar. Este proceso se cristalizó en un subcampeonato mundial en 2002, una medalla de oro olímpico en 2004, y la llegada de trece jugadores argentinos a la NBA, debutando los primeros en octubre del 2000, hasta este Facundo Campazzo que se apresta a comenzar su primera temporada en diciembre del 2020.

Los Ginóbili, Scola, Nocioni, Delfino, y todos los chicos que surgen de los miles de clubes que pueblan el país, cosechan la siembra de 1950.

En un deporte como el básquet, que se caracteriza por altos niveles de análisis, reflexión y compromiso de parte de sus jugadores, cada triunfo de la generación dorada y sus herederos es un tributo a la inolvidable generación borrada.

Manuel Vilariño
Sobre el autor
Árbitro internacional de boxeo, Secretario de la Asociación Guantes Solidarios

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