Política

Primer año de gobierno entre el deseo y la realidad

La agenda de la realidad

En la política local existen verdades que no están escritas en ningún libro de ciencias políticas, por ejemplo, que Argentina es un país presidencialista haciendo referencia a la fortaleza de un ejecutivo monolítico en relación con el interés de la opinión pública por el resto de los poderes de la república. Y otra de estas verdades tiene que ver con el período de» luna de miel» que goza un presidente desde el momento de su asunción, es decir, el tiempo de consenso o de cierto nivel de hegemonía, la instancia necesaria para avanzar con reformas profundas que señalen el futuro del flamante proyecto político.

Así, por ejemplo, un diario rosarino en diciembre de 2016 realizaba una entrevista a un politólogo de aquella ciudad donde éste último, a un año de la asunción de Macri, decía que esa gestión atravesaba por un largo período de luna de miel. Macri a esa altura le había impreso a su gobierno el sello de la especulación y revalorización financiera sobre una estrategia productiva, aplicando reformas profundas durante sus primeros días de gobierno y desorientando a la oposición de ese entonces que naufragaba en las dudas y los reproches por la derrota electoral de 2015. El portal de noticias de la BBC publicaba una nota en junio de 2015 titulada El secreto detrás de la popularidad de Cristina Fernández en Argentina haciendo referencia a los altos niveles de adhesión de la primera mandataria, a pesar de un desgaste propio de casi dos gestiones hasta ese momento.

Alberto Fernández cumplió el pasado 10 de diciembre su primer año de gobierno donde la percepción del tiempo parece ser otra, es que nada descubriremos si decimos que fue el primer año de gobierno más extravagante de la historia moderna y de ahí su complejidad a la hora de hacer un balance. Es que la luna de miel casi no existió, Alberto Fernández debió afrontar una de las herencias más pesadas de la historia argentina, una inflación que entre 2015 y 2019 pasó de 25 a 50% anuales, una devaluación del peso acumulada de 540% durante ese período, el aumento a 35% de la población debajo de la línea de pobreza, el 11% de desempleo y una deuda pública récord equivalente a 95% del PBI.

A la realidad material generada por el macrismo producto de la entrega de la soberanía se le sumó la pandemia COVID-19: sus implicancias sanitarias, pero sobre todo las comerciales a nivel internacional, un coctel explosivo que atenta contra cualquier luna de miel.

En ese escenario el gobierno de Fernández que accede al poder producto de un acuerdo electoral aplicó una batería de medidas para enfrentar la crisis o mejor dicho las crisis, la interna y la externa. Para aquellos que nos gustan los gobiernos fuertes y conductores por encima de las pujas sectoriales fueron los primeros meses de gestión de pandemia donde uno podría identificar como «el comienzo» de gobierno, un presidente atento a todos los detalles en un escenario de características bélicas donde el ordenador de la vida cotidiana pasaba a ser el Estado pendiente del cuidado de su comunidad.

La fortaleza y el consenso se toparon con la impaciencia semicolonial de sectores urbanos que motorizados por consignas del liberalismo criollo se volcaron a las calles en reprobación de la gestión de la pandemia, impulsados por algún sector de la oposición pero sin un discurso político claro. Las últimas marchas tuvieron una importante adhesión incorporando incluso a sectores difíciles de encasillar con alguna afiliación partidaria.

La segunda parte del año, aún atravesada por la pandemia, significó la intervención fallida a Vicentín que dio la primera señal entre el deseo y una realidad compleja y generó el primer debate al interior de la micro militancia. El segundo tema de discusión en la coalición gobernante fue el tratamiento vinculado a la toma de tierras en Guernica. Y por último el levantamiento policial que puso en vilo el orden en la Provincia de Buenos Aires.

El presidente debió así , estar no solo detrás de una pesada herencia financiera y de una crisis sanitaria consecuencia del COVID 19, sino también se vio envuelto en una agenda marcada de circunstancias que exceden este primer año, problemas estructurales vinculados a la decisión sobre la matriz productiva, la cuestión impositiva, el acceso a derechos como son la vivienda y el uso de la tierra. Para estos problemas el gobierno intentó medidas coyunturales que permitieron ganar tiempo para periodos post pandémicos. Todo esto contemplando el esfuerzo y la práctica política que realizan las diferentes partes de la coalición para sostener la unidad política, hecho central para pensar en una patria más justa.

La agenda del deseo

Una plataforma del deseo invita a asumir la vocación de un llamado de unidad donde se convoque a la mayoría de los argentinos a formar parte de un Proyecto Nacional. Es necesario trazar una trama sobre el futuro, urge construir un relato de acciones más allá de la urgencia.

Para la realización de un proyecto, para el diseño de una trama, para trazar un plan y señalar nuestro futuro es necesario encontrar la punta del ovillo del problema. Evidentemente si hoy preguntamos si somos un país justo, libre y soberano, la respuesta sería negativa, Lejos estamos de endilgar tal situación al último año de gobierno. Los argentinos de fe consideramos que la triada libre, justa y soberana debe ser nuevamente la trama del relato, mientras que la punta del ovillo o la identificación de un diagnóstico para pensar el argumento de nuestro destino podría ser la soberanía. Necesitamos discutir a fondo nuestras soberanías.

En el deseo se torna urgente aquella cita de Jauretche “¿Especular sobre razones o razonar sobre realidades?

¿Y si una punta del ovillo fuera la soberanía territorial? Recuperar una agenda propositiva implica explorar el problema de tener un 40% del territorio ocupado por el imperio británico y la OTAN.

Al poder de veto británico en nuestros intentos por la compra de equipamientos defensivo del último tiempo se le suman las facilidades que tienen las empresas canadienses y australianas en la extracción de minerales en la Cordillera de Los Andes y que, por ser sucursales británicas, destinan la recaudación de manera indirecta a la Commonwealth. La injerencia en nuestra soberanía también se advierte en materia energética, y la influencia británica en el componente de la deuda también es importante.

Abordar el problema de la depredación de la fauna marítima en nuestra plataforma continental tendrá que ser parte del relato del deseo, condenar internacionalmente las licencias de pescas ilegales por parte del imperio británico tendrá que ser agenda de Estado.

Salir del pacto Foradori/Duncan deberá ser un párrafo de la trama emancipatoria. La soberanía de nuestro territorio debe iluminar nuestra próxima independencia y debe ser la punta de lanza para pensar un nuevo tipo de nacionalidad. Será necesario identificar que nuestra zona económica exclusiva posee 3.146.345 km2, en definitiva, mucho más que la pampa húmeda, que tenemos un plataforma continental de 1.784.000 km2 donde se extraen ilegalmente un millón de toneladas de recursos pesqueros, lo cual representa US$ 2.000 millones anuales y US$ 14.000 millones anuales si lográramos industrializar esa materia prima.

La síntesis entre la realidad y el deseo.

Las urgencias expresadas en el último año de gestión también deben estar acompañadas de la necesidad por recuperar una agenda propositiva donde lo más importante sea parafraseando a Perón: Gobernar es generar trabajo, y esto será una forma también de promover la soberanía y pensar de manera federal el país. Sortear las urgencias implica también pensar más allá de la necesidad de cubrir demandas básicas insuficientes, reflexionar en torno a una agenda productiva que involucre no solo a las áreas de Desarrollo, sino también a las carteras de Producción y Trabajo. El desarrollo de un proyecto federal, más allá de las urgencias de la atrofia estructural del área metropolitana. debe ser tema de discusión, pensar más allá de la conurbanización de la realidad argentina nos invitará a reflexionar sobre nuestra potencialidad territorial y de recursos. Pensar por arriba de la urgencia y sin desatender a ésta, formaría parte del deseo y de las expectativas de cualquier Proyecto Nacional.

Emmanuel Bonforti
Sobre el autor
Sociólogo, profesor universitario

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