Editorial

El año que estuvimos en peligro

Se va el 2020 y con él se va la pandemia. No porque ya no sea un tema, sino porque el 2020 será hoy y para siempre el-año-de-la-pandemia. El año de las cuarentenas, los muertos por millón, los contagiados y las caídas del PBI. El año que conocimos de primera mano lo que puede el Estado. Eso que se lee en algunos claustros pero que, globalización mediante, parecía ya un cuento lejano. El Estado como decisor de la última de las decisiones que alguien quisiera tomar: “Vos no te movés”. El cuco de las libertades individuales se redujo, durante al menos dos meses, a una gran política estatal comunitaria. El virus circula, entonces no te muevas. Más bien, no podés moverte. El límite de todos los límites en la circulación comunitaria. No sólo de personas, sino también de mercancías. Frenamos todo, porque el virus está en todo y en todas las cosas.

Un balance entonces del primer año de gobierno es un balance de la gestión de la pandemia. Es la que tocó. El propio Alberto Fernández habla de eso en uno de sus últimos spots: “Aunque no lo elegimos, es el tiempo que nos tocó”, reza la pieza audiovisual. “Sabemos que (…) no pudimos hacer todo lo que esperábamos”. De entrada, uno podría preguntar qué esperaban. Nos quedamos con eso de que es el tiempo que nos tocó. Hay aquí una idea maquiavélica de “Virtud y Fortuna”: qué tanto uno puede hacer ante lo que le depara el azar. ¿Qué hacemos con un virus que cayó del cielo?

Decimos que es un balance de la pandemia sin dudas porque en términos de gestión, primó la emergencia. En lo sanitario, en lo económico y en lo social. No entraremos aquí en los pormenores porque ya hay muchas notas en este portal que lo abordan. La pregunta que hacemos es si el balance de gestión, además de lo relativo a la pandemia y la emergencia, no puede también centrarse en el modo de articulación de lo político.

¿Qué queremos decir con esto? Que podemos analizar el año que pasó, no solamente desde sus resultados de gestión en términos cuantitativos, sino que resulta interesante hacerlo desde cómo fue tomando el camino que tomó. Cómo fue ejerciendo su autoridad. Cómo fue su resolución ante determinadas situaciones.

Caprichosamente, porque siempre la elección es caprichosa, vamos a ver algunas medidas concretas en donde se puso en juego esto que venimos comentando, el modo en que el gobierno nacional articula y resuelve la política. O más fácil, qué decisiones tomó en determinado momento y cómo se llegó a eso.

La cuarentena total

Como dijimos, la decisión de todas las decisiones para un Estado nacional. Pensemos que hablamos de literalmente prohibir la circulación. Quedó a las claras lo que el Estado puede en función de un bien mayor, en este caso la salud. El gobierno de Alberto Fernández no titubeó. Impuso una cuarentena estricta en todo el país cuando apenas se empezaba a hablar del virus en la Argentina. Reunió el consenso de amplios sectores de la sociedad, y de prácticamente todo el arco político. El ejemplo de Europa estaba muy a flor de piel. Para no ser Europa, hagamos esto, rezaba el discurso oficial. Durante aproximadamente dos meses todo fue armonía. El país estaba en una guerra silenciosa contra el virus. Alberto, porque acá mucho tienen que ver sus características singulares, logró hacer coincidir la agenda de las personas con la agenda del Gobierno. Por un breve período de tiempo, lo que queríamos era lo que el Gobierno hacía.

Esto le dio el suficiente capital político como para sentar en la mesa de la renegociación de la deuda a todos los gobernadores, propios y ajenos. Fue el momento más alto de Alberto Fernández como presidente, y del gobierno como coalición política. ¿Por qué? Gran parte por audacia. Tomar esa decisión en marzo, requería cierta audacia. Otro poco porque había consenso social. El gobierno supo interpretar eso y tomó una decisión difícil, muy difícil, con el fin de cuidar la vida de todos y todas.

Lo que se vio aquí, entonces, fue un gobierno de corte decisionista. Que consensúa, porque todos lo vimos a Horacio Rodríguez Larreta sentado ahí al ladito, pero que toma decisiones y avanza. Era una suerte de superación de la grieta. Podemos disentir, pero en temas importantes vamos por acá.

Lo contrario de la grieta, como bien dice Pablo Touzon, no es el consenso, sino la transformación. Esto quiere decir que la grieta queda en segundo plano en tanto y en cuanto la agenda es superadora. En este caso, la agenda sanitaria pudo englobar a todos y todas. Esto hoy parece de perogrullo, pero si vemos por ejemplo Brasil, la realidad fue bien distinta. El poder central enfrentado con gobernadores locales por el manejo de la pandemia. Lo que enaltece la actuación del gobierno nacional y gobiernos locales.

Asomaba por los albores de marzo una propuesta política que se proponía salir de esa suerte de “empate hegemónico”, y que nos disculpe Portantiero, para traccionar a la Argentina hacia algún lugar. Incluso pandemia mediante. Parecía que la pandemia venía a ser esa excusa que nos permitía poner las cosas en su lugar.

Vicentín

Ríos de tinta se escribieron. Si era una suerte de reforma agraria new age, o un acomodo capitalista, o un IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) del siglo XXI. No nos interesa tanto para nuestro análisis lo que podía o no implicar para la economía argentina. Sino más bien el modo de presentación y resolución del conflicto, que desnuda una forma de tratar y articular lo político. Con el diario de diciembre, podríamos decir que ya en Vicentín encontramos algo de la conclusión final que esbozaremos aquí sobre este asunto. Hay mucho de posibilismo en el recorrido. Pero no nos adelantemos.

La estatización de un sector de Vicentín se presenta sin estridencia, sin relato. Un gobierno de temas más que de retóricas. No hay en este hecho ninguna trascendencia de ningún tipo, sino simplemente un arreglo a fines estatales. Esto le sirve más al Estado, y por ende a la sociedad, y punto.

Pareciera que la tesis con la que se discute es mucho más con la del último gobierno de Cristina Kirchner. Un gobierno que se sobre-relató, es decir, se contó mucho a sí mismo. Todo era épico, todo era histórico. Y por más que genuinamente lo fuera, muchas de sus últimas medidas no lograron penetrar en la ciudadanía. Porque no se trata solamente de tener razón. Bien se puede tener razón en soledad. Pareciera, entonces, que hubo cierto “aprendizaje”. Vicentín se presenta como algo más. Una medida más y punto, a otra cosa. Se trata de no hacer de esta medida un conflicto central del gobierno. Correcto. Pero ¿qué pasa?

Resistencia mediática y social, revés judicial, marcha atrás. Lobby político. De propios y ajenos. ¿Y entonces? Entonces vamos a ver qué va pasando, cuál es el clima, y en función de eso decidimos. O al menos eso pareciera uno leer de lo que vino después. Una serie de marchas y contramarchas en función de los distintos humores. Porque también lo que se demuestra es que el problema no es sólo la retórica, sino precisamente qué es lo que hay ahí atrás.

¿Alguno conoce medianamente lo que terminó pasando con Vicentín? El que dice que sí, miente. Entró en una nebulosa de coyunturas. Aquí podemos identificar el primer mojón de algo que va a caracterizar al gobierno el resto del año. Medir un tema y actuar en función de sus repercusiones. Un método de la posibilidad, en lugar de uno del hacer. Se presenta una política, cualquier acción de gobierno, se evalúa que sucede, y en función de eso se decide. También la cuarentena entró en esta fase. Se quebró de tal modo, que las conferencias de prensa habilitaban lo que ya de hecho estaba sucediendo. Entramos en el gobierno de la posibilidad. Vicentín desnudó el poder de fuego y también hasta dónde estaba dispuesto a llegar el gobierno con una medida. El asunto del posibilismo lo veremos bien claro en el punto que viene.

Gracias Diego

No es para nada descabellado que donde más se vea todo esto que venimos diciendo, sea precisamente en un hecho que no tiene que ver a priori estrictamente con la política. Y decimos a priori porque Maradona es, fue y será el ídolo popular más grande que ha dado este suelo. No queremos entrar directamente en el Diego porque aún estamos dolidos. Sólo tangencialmente. ¿Qué pasó en el velorio? Pasó el posibilismo. El gobierno quería velarlo en un lugar público, para que la gente pueda acceder, y además por ser una personalidad de la Nación. Pero a la vez quiso conformar a la familia, entonces el velorio tuvo horarios de cierre.

Todos y todas, y cuando digo esto lo digo literalmente, sabíamos que ese horario no iba a funcionar. Pero ¿qué pasó? Nos arriesgamos a decir que la organización del velorio de Diego Armando Maradona es una metáfora de cómo articula lo político el gobierno nacional. Diego siempre dándonos la respuesta. Lo vimos muy claro aquí. Hubo una intención por contentar a toda la gente que quería darle el último adiós, de allí el velorio en la Casa Rosada, nada más ni nada menos; pero también hubo una intención de contentar a la familia que expresó claramente un horario de finalización. No vamos a tomar partido aquí por alguna de las opciones. Lo que sí vamos a decir, es que la política implica contentar a algunos y no a otros. Intentar contentar a todo el mundo tiene consecuencias: no dejar contento a nadie.

Lo más grave de todo esto es que pareciera que hay un error conceptual. Se asocia la salida de la grieta a un consensualismo al infinito. En donde todos siempre tenemos que buscar el acuerdo. Lo que provoca dos efectos llamativos. Por un lado, difícilmente se produzca ese acuerdo, ya que todos los actores buscan la satisfacción de su interés. Pero sucede algo aún más grave: el Poder Ejecutivo, el ámbito por excelencia de la decisión pública, termina no decidiendo nada. Se convierte simplemente en un mero actor que propone y ve cómo sus políticas salen como salen, en el mejor de los casos, y/o naufragan, en el peor de los casos.

¿Y entonces?

La metáfora del velorio de Maradona pinta claramente el cuadro del que hablamos. El posibilismo tiene la virtud de resolver cuestiones sin generar demasiado conflicto. Pero tiene un defecto que es el de resolver dentro de lo que es posible y aceptable. Podríamos decir que resuelve dentro de la grieta. Salir de la grieta no es discutir en sus propios términos, sino como decía el gran Don Draper en la serie Mad Men: “Si no te gusta lo que dicen, cambia la conversación”. La sensación es que el gobierno intentó al principio cambiar la conversación, cuando le dio el piné por la pandemia, y luego ya no pudo, o desistió o se lo fagocitó la realidad argentina que es realmente voraz.

Pero en definitiva practicó un posibilismo que le permitió subsistir e incluso le dio chances electorales para el año que viene.

No está ni bien ni mal. No somos quien para juzgar en términos morales. Simplemente creemos, como dijimos en alguna otra nota, que administrar las cosas tiene su límite. El límite que imponen los que están fuera de lo dado. Los que no pueden esperar. Para ampliar lo que existe, pareciera que se necesita algo de audacia e inventiva.

Se terminó el año 2020 y soñar no cuesta nada. La pregunta que nos hacemos desde aquí es si alcanza el posibilismo para construir la Argentina un poco más igual que deseamos. Humildemente y ya que estamos, soñemos un poco más.

¡Salud!

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