Editorial

Cómo estamos

La pandemia sigue generando efectos. Además de que no está superada en términos sanitarios, la promesa de la vacuna no logró superarla en términos políticos. Sigue siendo la gran ordenadora de la política argentina. El gobierno pareciera apostar fuerte al operativo de vacunación que, vale decirlo, está en niveles altísimos. Argentina es el país que más vacunó en Sudamérica y rankea en el top 20 mundial. Realmente no es poco. Vacunamos como el primer mundo desde el sur del mundo. Uno de esos argentinismos para sentirse orgullosos. El Diego, las Madres y Abuelas, los satélites al espacio y ahora las vacunas. Se infla el pecho. Algo que garpa en la clase media. Casi sin habérselo propuesto, el gobierno le dio al sector de la sociedad que regula la temperatura política en el país, uno de esos latiguillos que la hacen sentirse orgullosa: vacunar más que cualquier otro país vecino. Para gobernar hay que leer esa letra chica que habla de levantar el ego de algunos sectores. Condición necesaria para contar con el buen humor de la difícil sociedad argentina.

¿Cuál es el conflicto hoy? En términos sociales, 60% de niños y niñas pobres. En términos económicos, la manta corta de “el campo” que no resigna exportaciones. En términos políticos, la apertura de las escuelas. ¿Qué hacer?, preguntaría nuestro amigo soviético. La agenda oficial aparece hoy como dispersa entre la campaña de verano, los contagios y la reactivación de la economía. El único que pareciera ir siempre hacia el mismo lugar es Guzmán. El mantra de la tranquilidad macroeconómica ahora es repetido ante empresarios de distintos espacios. Pero más allá del gobierno, ¿qué pasa en la sociedad?

Hoy se evidencian dos agendas. La superestructural gubernamental, que responde a mostrar un gobierno activo. Y la de la calle, que día a día ve como aumentan los precios de ítems básicos como el asado. La agenda de la sociedad hoy pasa por el precio de los alimentos; ni siquiera por el dato que mencionábamos más arriba de 60% de pibes pobres. Alberto en sus primeros discursos hablaba que nos tenía que dar vergüenza en términos éticos tener gente que no pueda comer. Lejos quedamos. La sociedad argentina no es egoísta per se. Pero todos necesitamos estímulos que nos muestren cómo podemos ayudar. Mientras tanto, la carne está cada vez más cara. La promesa de volver a comer asado los domingos se va esfumando.

Del otro lado del charco tampoco es todo flores. El con Cristina sola no alcanza, sin Cristina no se puede, mutó en con Mauricio no alcanza, sin Mauricio no se puede. El primero que lo tiene claro es Larreta. La cuenta es sencilla: si en el 2019 con todos unidos perdimos en primera vuelta por 8 puntos, necesitamos algo más. Vuelve una vez más nuestro soviético preferido: ¿qué hacer? La ciudad para el Pro es la madre de todas las batallas. Ahí definen su liderazgo y continuidad.

Mientras tanto, en la calle circula esto de que Alberto es todo lo que puede ser. Este conformismo para abajo de hace lo que puede, puede ser rendidor en términos electorales sobre todo si se tiene en cuenta de dónde se viene y la pandemia que atravesó el mundo. Pero puede tener gusto a poco si volvemos al objetivo inicial de que a nadie le puede faltar un plato de comida en la mesa. Algo bien modesto que por estas latitudes se vuelve casi revolucionario.

Un amigo me decía algo tan sencillo que me impactó: los gobiernos deben medirse por si le mejoraron la vida a la gente. Tan simple como eso. Uno hace política, la rosca, las disputas, etc., para llegar a un lugar en donde puede mejorarle la vida a la gente. La política no tiene otro fin. Su aparición tiene que ver con que es la única herramienta que permite a las sociedades organizarse para garantizar su bienestar. ¿Y entonces?

Mejorarle la vida a la gente. De eso se trata. Y ahí, la gente, algo entiende. No queremos caer en eso de que el pueblo nunca se equivoca. Sino afirmar que va buscando su camino en pos de su bienestar. Y va probando. Como hacemos cada uno de nosotros y nosotras. ¿Quién tiene la vaca atada? Vamos probando qué nos hace mejor.

La victoria de Alberto Fernández hace ya un poco más de un año tiene algo que ver con esto. No se estaba bien con Macri entonces se cambia. Tan sencillo como eso. Reconocer esto implica que, si no se está bien con Alberto, se va a cambiar. El peronismo no está predestinado a gobernar. Tiene que gobernar bien. La unidad es un factor clave para el oficialismo, pero descansar exclusivamente en ello es un problema. Porque la Argentina necesita un peronismo para la sociedad. Es decir, hablarle a la sociedad. Hoy en día pareciera que el peronismo se habla a sí mismo. Dirime sus internas en el seno del aparato estatal. Hablarle a la sociedad implica tomar temas que quizás no sean de la política. ¿Qué sucede cuando el peronismo no le habla a la sociedad? Le hablan otros. Y cuando hablan otros primero hay que desandar el discurso del otro y luego establecer el propio. Muy trabajoso.

Hablarle a la sociedad es importante no solo para el peronismo sino también para cualquier fuerza política. Cuando el Macrismo les habla solo a aquellos que están convencidos también tiene un problema. No saltan sus fronteras. Macri ha sabido, al igual que Cristina, fidelizar su base social. Pero al momento no ha podido, a diferencia de Cristina, trascender esa base y acumular por fuera.

Cristina en primer lugar, y Macri en segundo lugar, siguen siendo las figuras ordenadoras de la política argentina. El peronismo corre con ventaja en esto de reinventarse y poner la oreja en el asfalto. Este año se medirán una vez más. Veremos entonces cuánto consideró la exigente sociedad argentina la situación sanitaria y qué opina de un nuevo gobierno peronista. Restan todavía unos meses/años por delante.

Comment here