Cultura

Contar la Historia

Quien se interese por la lectura de la Historia Argentina podría identificar que a pesar de la exacerbación mediática de la “grieta” en nuestro país como en tantos otros los posicionamientos ideológicos determinaron enfrentamientos entre posiciones, caudillos, ideas de país, proyectos políticos; y esto proviene desde la mismísima Revolución de Mayo.

Dentro de esas posiciones existen líneas que se reconocen y que se alimentan a lo largo de la historia. Dentro del peronismo está la famosa “San Martin, Rosas, Perón” la cual fue puesta en discusión incansablemente por el revisionismo histórico que daría disputa a la historia liberal inaugurada por Bartolomé Mitre. Es durante 1930 que estas tensiones comienzan a tomar color en la pluma de los hermanos Irazusta, Scalabrini Ortiz, José María Rosa, Manuel Gálvez, y antes por Adolfo Saldías y Ernesto Quesada. La nueva corriente de pensamiento tendrá su continuidad durante el peronismo y alcanzará nuestros días con autores ya clásicos como Jorge Abelardo Ramos, Arturo Jauretche, Rodolfo Puiggrós, Fermín Chávez, Norberto Galasso.

La producción histórica en nuestro país gira en torno al debate de determinados momentos y sucesos. Así la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia, la Batalla de Caseros, el derrocamiento de Yrigoyen, los bombardeos a Plaza de Mayo son hitos que dividen las aguas en la escritura y en la vivencia popular.

Si se traza un paralelismo entre las expresiones de Urquiza y Lonardi se reconoce efectivamente que los libertadores se identificaban positivamente con la derrota de Rosas y se auto referenciaban como los nuevos salvadores que tomarían el papel de liberar a la República. Tanto Urquiza como Lonardi al tomar el poder quedarán inscriptos en la historia al pronunciar la célebre frase: “Ni vencedores ni vencidos”.

El bombardeo a Plaza de Mayo y sus consecuentes sucesos que terminarán derrocando a Perón revivirán la discusión en torno a los sucesos de mayo y el gobierno de Juan Manuel de Rosas, acentuando la división entre la civilización y la barbarie, entre la libertad y la tiranía, la relación entre la incomprensión de las masas y la toma del poder de los caudillos.

Arturo Jauretche tomaba apunte de ello y expresaba en la Revista “Qué”, a tan solo 3 años del golpe a Perón:

Así bastó que nos demostrasen que esto era el nuevo Caseros, para que mis paisanos se dieran cuenta, una vez por todas, de lo que fue el otro. Y una dosis un poco masiva de cipayismo para que mis paisanos se anoticiaran definitivamente de lo que significaron las tropas brasileñas desfilando a la vanguardia -más visibles, pero menos ruidosas que las espoletas- del otro ejército libertador.

La comparación es clara y notoria y si además se suma su frase de inicio a la nota, todo toma más color: “Qué grande sos – Don Juan Manuel – Sos el primer Restaurador…”.

Como se advierte, la visión de la historiografía revisionista pasaba a ser la conformación de una visión alternativa a la nueva doctrina que venía a romper con el peronismo y específicamente a generar una cercanía con los sectores excluidos de la representación política en época de dictadura y proscripción.

Hasta el propio Perón daría cuenta del lugar asignado por propios y contrarios:

Por primera vez, con los federales, cristaliza algo fuerte: ya no es la línea masónica, sino la nacional que corresponde a la línea hispánica, porque siempre hubo una resistencia contra Inglaterra. En ella militaron Rosas, Yrigoyen y yo.

La producción intelectual se puso al hombro la tarea de brindar a su público los lineamientos de discusión en torno al abordaje histórico. Ardua tarea que no se limitó a los libros, sino que trascendió al ámbito cultural y periodístico. Observando las publicaciones de época se advierte una distancia considerada en relación a la actualidad sobre los temas de historia y su vinculación con la política. Durante el siglo XX la producción de revistas estará destinada al público masivo y a la producción de compilaciones semanales y mensuales.

3 de febrero

Además del partido en zona oeste, donde quedó marcado el lugar de la contienda entre la Confederación Argentina y el “Ejercito Grande”, la inscripción de la fecha también tiene su lugar en la Ciudad de Buenos Aires en el “Parque 3 de febrero”, más conocido como Bosques de Palermo. Ampliando la cuestión del simbolismo en la historia (de “los vencedores ni vencidos”) era en ese lugar donde particularmente se ubicaba la estancia de Rosas. Fue hasta 1899 que siguió en pie hasta que un rival histórico de los caudillos federales ganó su lugar con un monumento: Domingo Faustino Sarmiento.

La batalla fue, hasta la fecha, la de mayor número de combatientes en suelo argentino. Contra Rosas se aliaron los unitarios exiliados en Montevideo, con Uruguay, Brasil, Entre Ríos y Corrientes. Como exponía Jauretche por las calles de Buenos Aires desfilaron las tropas extranjeras. Urquiza había negociado con el Imperio del Brasil y había incluso hipotecado terrenos de propiedad pública a cambio de financiamiento poniendo a disposición el pago por parte de la Confederación en el caso de derrotar a Rosas.

La victoria de Urquiza tiene sus consecuencias directas al instante. Como cuenta José María Rosa:

La noticia de la caída de Rosas significó un alza en los bonos del empréstito, que de 20 saltaron a 70 en la bolsa de Londres. Se suponía que el gobierno próximo lo pagaría con creces, como sucedió.

A partir de ese momento comienzan a consolidarse dos cuestiones en el país. La confluencia del liberalismo en el poder, que pondría su piedra angular en la redacción de la Constitución de 1853, y la dependencia semicolonial del comercio con Gran Bretaña. Luego de la Batalla de Pavón la centralidad de Buenos Aires dominaría al resto de la República constituida, y comenzaría con el gobierno de Mitre (1862-1868) la entrega nacional.

Hacer la Historia

Corre la segunda temporada de “House of Cards”. En un salón de la Casa Blanca Frank Underwood le dice al presidente: Los presidentes que se obsesionan con la historia se obsesionan con su papel en ella en lugar de forjarla”.

Cristina Fernández parece escaparle a la máxima del personaje de Netflix en los dos sentidos. Por una parte, es innegable que el lapso 2003-2015 ha forjado un lugar en la Historia, forma parte de nuestra discusión presente y será sin dudas parte del análisis en el futuro. Por otra parte, si se repasa el período de gobierno, los discursos, la disposición de fechas conmemorativas (Güemes, Día de la Soberanía Nacional), la irrupción en la pantalla televisiva de contenidos históricos (Paka Paka), lo simbólico (billetes de Evita, Malvinas), la creación y puesta en valor de museos (Casa Rosada, Malvinas), monumentos (Jauretche, Vuelta de Obligado, Mugica, Eva Perón), los actos envueltos en contenidos históricos (la restitución del sable corvo al Museo Histórico Nacional, Bicentenario); se puede concluir que la Historia conformaba dentro de la gestión de gobierno uno de los pilares indiscutidos.

Su gobierno prestó tamaña importancia al papel de la disciplina, a su narrativa y, si se repasan los discursos, muchos de ellos se envuelven en la épica discursiva que la ha caracterizado. Si se observa el acto de inauguración, por caso, del monumento a Rosas en Vuelta de Obligado, se notará esta cuestión. El fuego, el ingreso y el discurso es casi como una escena de “Games of Thrones”, serie de su gusto. Pero no solo es ello. En el discurso la entonces presidenta toma una cuestión muy en boga en la historiografía actual. Las mujeres. En pleno discurso le indica al intendente de San Pedro que ninguna mujer que había participado en la batalla tenía una calle o un monumento. Y le expone una lista de posibles candidatas al homenaje. Le estaba escribiendo la Historia.

Transcurrieron los años del Macrismo y la disciplina pasó a ser uno de los puntos a atacar. Del discurso de Marcos Peña con su argumento sobre los “seres vivos en la moneda, para dejar atrás la muerte”; hasta los actos puestos en discusión por la ciudadanía, aquel del 2 de Abril que consistió en una ofrenda floral y que duró sólo diez minutos en Plaza San Martín. O los yerros (¿intencionales?) de la “angustia de tomar la decisión, querido Rey, de separarse de España”, al error en la fecha de la Revolución de Mayo en el palco oficial; todo en el marco del desprestigio del contenido histórico en la gestión y el vaciamiento de contenido que caracterizó al gobierno saliente.

Llega la hora de Alberto Fernández y toca el año donde prácticamente podemos decir que la Historia se para por un momento. El mundo atraviesa una crisis epidemiológica que tiene como primera decisión del confinamiento posponer, por parte de los organismos de DDHH, la marcha del 24 de marzo. Incluso hasta eso. El año transcurre y también las fechas conmemorativas y la agenda pasa únicamente por la gestión de la pandemia.

Inicia el año 2021 y en las redes de Canal Encuentro suben como contenido un video de la Batalla de Caseros. El relato en off, cargado siempre de la emotividad, cuenta un poco el contexto. Sin hacer una crítica específica del contenido, ya que como se sabe el tiempo audiovisual es tirano y no permite una profundización de los hechos, es al menos llamativo el desarrollo de la postura que arroja el corto. En resumen: “El levantamiento del Héroe Urquiza ante el poder de Rosas, que no admite insubordinaciones ni reclamos”, suena un tanto raro. Hacia la mitad del material parecen salvar un poco las papas, pero no aclaran. Ahí comentan que no es solo Urquiza, sino que intervienen ejércitos extranjeros. Culminan con un seco: “Tras 17 años de gobierno, Rosas es derrotado”.

Algunos comentarios debajo del tuit hacen un tanto la justicia de la ortodoxia peronista. Les reclaman el rigor histórico propio de quien se reconoce dentro de la famosa línea histórica que nombrábamos antes, el “San Martin-Rosas-Perón”. Línea como vimos, asumida por el propio Perón.

Queda tiempo por transcurrir y no faltarán las fechas patrias en donde la Historia le pase lista al gobierno de Alberto Fernández. Entre tanto, pareciera que faltan ajustar algunos tornillos de la estructura. Es quizás una anécdota dentro de un montón de cuestiones que ocurren a diario en la gestión. No obstante, lo simbólico siempre tiene su lugar y es imperioso tener un control sobre el contenido institucional que se expone. Teniendo en cuenta siempre la necesidad de evitar errores mayores y caer en el ridículo como aquella no-frase de Borges sacada de Wikipedia que adornó el CCK y llenó las redes: “Nadie es la Patria, pero todos lo somos”. Para muchos peronistas, Rosas fue la patria.

Nicolás Boaglio
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Historiador en construcción. Filosofía bilardista.

Comments (1)

  1. Avatar
    Cristina Lospennato

    Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
    que, alto en el alba de una plaza desierta,
    rige un corcel de bronce por el tiempo,
    ni los otros que miran desde el mármol,
    ni los que prodigaron su bélica ceniza
    por los campos de América
    o dejaron un verso o una hazaña
    o la memoria de una vida cabal
    en el justo ejercicio de los días.
    Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

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