Política

El juguete rabioso

Un pueblito aquí, otro más allá…

El sol cae vertical. Algo del polvo que levantan las gallinas en su inútil búsqueda de comida se eleva al aire dibujando una voluta. Algunos arbustos de hojas pequeñas y puntiagudas tiemblan como agitados por un temor atávico. La siesta es inevitable: cuarenta y tres grados a la sombra. Cuando el sol comienza a caer algunas gentes se sientan al frente de su casa a merendar unos mates. Mientras espero que saque el pan con grasa del horno, la señora de la despensa habla amigablemente con una vecina; además de panadera, desliza ser empleada municipal. Lo que entiendo: parece ser que los diez casos de Covid positivos declarados en el pueblo no son tales, el intendente los fraguó para cobrar del gobierno provincial los fondos que destina para la manutención de la gente que contrae la enfermedad. Hay olor a grasa, a pan; ruido a mate.

La casa está casi terminada, hay una pared que sigue sin revocar. “Hace dos años que busco albañil para terminar los revoques y no consigo. Voy a tener que hacer venir uno de la ciudad”. Resulta que el hombre que hizo el grueso de la obra ya no trabaja en la construcción: ahora es empleado municipal. “Tiene un sueldo de 14 mil pesos, pero acá la gente está acostumbrada a vivir con poco”, concluye la vecina de mi vieja. Releo algunos números que tengo guardados y a los que suelo volver de vez en cuando: Catamarca tiene 107 empleados públicos por cada mil habitantes (más del doble de la media nacional), en los últimos veinte años, mientras la población aumentó un 14%, el empleo público lo hizo en un 78%. Del total de la población de la provincia, alrededor de un 15% está empleado en la actividad privada, entre registrados y no registrados, y un 55% es población jubilada, pensionada y que recibe algún tipo de asistencia estatal. Hay datos que no dicen casi nada, otros sobre los que pueden reconstruirse un universo y su historia.

Por la mañana la vista es bien límpida. Ya a media mañana es muy posible que las nubes ganen las cimas de los cerros. Son las 8 y todavía puede leerse escrito con piedra sobre una ladera, a media altura: “EL AGUA NO SE VENDE”.

A mediados de los 90 la megaminería llegó a Catamarca con promesas de progreso y empleo: barrios nuevos, hospitales, caminos, puestos de trabajo calificado, etc., etc.…Veintiséis años después, Bajo de la Lumbrera, una de las minas más importantes de oro y cobre a nivel mundial, es un recuerdo lejano en la mayoría de los habitantes de la provincia. Con regalías efectivas de menos de 3% de lo obtenido, nada cambió en un territorio que se sumerge año tras año en lo que pareciera ser un destino inevitable: el Estado como único motor de la actividad económica de la región.

Miel Pura Aquí”

Voy a la ciudad a hacer unas compras. Una vecina me encomienda que le compre miel en la ruta. Me dice: “Fíjese cuando vuelva, donde está el cartel”. La ruta está cargada. Un cartel pequeño de color negro, escrito con tiza, dice: “Miel pura aquí”. Sucede que es un tramo cuya velocidad permitida es de 100 kilómetros por hora. Paso de largo. El camino sin banquinas me impide girar en “U”. Recorro el trayecto de regreso un poco frustrado. A la vez pienso que si hubiera un cartel que diga “Miel pura a 200 metros” hubiese podido comprar sin problemas. Cuando llego voy a lo de la señora y le digo que no pude comprarle la miel. Le explico el inconveniente. Me mira con cierta perplejidad. Le comento mi propuesta superadora. Creo que no le satisfizo. Me resigno. “Está bien mijo, ya le voy a encargar a alguno de los muchachos que va para la ciudad”.

Por la tarde, merendando, mi mamá me cuenta del muchacho de las paltas y de la señora de Londres: dos productores que se reencontró hace poco vendiendo sus cosas en la ciudad; meses sin poder llegar a la capital con sus productos para poder venderlos. Me pregunto, cómo puede ser posible que en una provincia en la que el Estado está tan presente en todo, no lo esté a la hora de apalancar, asesorar y facilitar las iniciativas cuentapropistas, que las hay y muchas. Me autocensuro por mi porteñocentrismo: llegás con tu mirada del mundo, con tu sentido común, ves “lo que no funciona”, proponés soluciones sin que nadie te las pida. Mientras escribo estas palabras pasa un señor silbando por la calle: ahí va el hombre que abre y cierra la llave del agua. “Espero que el tanque haya llegado a llenarse”, me dice.

Paráfrasis

Porque si hago eso destruiré la vida del hombre más noble que he conocido.

Si hago eso, me condeno para siempre.

Y estaré solo, y seré como Judas Iscariote”

El hombre, la mujer, en soledad son apolíticos. Con tanta agua corrida bajo el puente, el zoon politikon aristotélico parece ser una conjetura desafortunada, aun demasiado platónica; la persona no es esencialmente política. La política requiere de pluralidad, de al menos dos personas. La política está por fuera: habita el territorio de las relaciones; la política es un plexo de relaciones construido y sostenido, y llegado el caso, desde allí imbrica a los cuerpos. Cualquier contrato y/o legislación tiene como requisito previo, a la política en acción. La política como modo de ser del lenguaje. Los seres humanos inventaron la política para no matarse, para dejar de ser el lobo solitario, el depredador temeroso; también para poder amar.

También está ese otro modo de la política más restringida, esa otra cara del poliedro que corporiza el universo de lo político. Desde esta perspectiva, la política es una trama de relaciones con un sentido que le es propio y con un objeto final. Y si bien es cierto que es válido afirmar “funcionarios que no funcionan”, no es válido suponer que esa disfunción no es a la vez la usina de relaciones políticas que sí funcionan. Y la distinción no es cualitativa, es ética.

Cuando las relaciones políticas se degradan, la sociedad se empobrece. El punto cero del desarrollo de un país y una comunidad es el fomento de relaciones políticas virtuosas. Si esto no se promueve, la política abandona su lugar de instrumento para la transformación y es convertida en juguete. Flaco favor nos hacemos cuando jugamos con la política: hay un recorrido sinuoso pero continuo entre una cultura política que genera la condiciones para emancipar pueblos, abrir fábricas, construir lealtades, fomentar comunidad y una cultura política de la cautividad, la dependencia empobrecedora, la traición y la soledad.

Mariano Pugliarello
Sobre el autor
Herrero. Diletante. En vías de desarrollo.

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