Política

Maia

El jueves 18 de marzo amanecimos con la noticia de la aparición con vida de la pequeña Maia Yael Beloso, la niña de 7 años que había sido secuestrada de por un hombre conocido de su madre el lunes anterior.

Maia y su madre Stella viven en situación de calle en el barrio de Villa Lugano. Su secuestrador, Carlos Alberto Savanz, juntaba cartones junto a Stella y había establecido una relación de cierta confianza con ella y su hija, por lo que se llevó a la niña con la excusa de acompañarla a buscar su bicicleta. Pasadas las horas sin noticias, la mujer hizo la denuncia por la desaparición de Maia en la comisaría del barrio. Después de tres días de incertidumbre, destrato hacia la familia, y una expectativa pesimista sobre la resolución del caso, Maia fue encontrada viva y aparentemente sana en Luján junto a Savanz, que quedó inmediatamente detenido.

El secuestro de Maia dio lugar a una discusión urgente: las condiciones inhumanas de existencia de miles de personas en la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país. Maia y su mamá pasaban sus noches en un rancho hecho de tela y alguna madera rota, al sur del territorio más rico de la Argentina.

Y, penosamente, su situación no es original. El Censo Popular sobre Personas en Situación de Calle de abril del 2019 arrojó cifras estremecedoras, aunque ya hoy, desactualizadas. Según el estudio, 7251 personas se encontraban viviendo entonces en la calle, 871 de éstas son niñes. El 52% de les encuestades declaró estar en esa situación por primera vez en su vida.

Tras un año de pandemia, con el congelamiento económico al que obligó la cuarentena, y con cuatro años de un gobierno que gestionó para la concentración de la riqueza de un modo que a cualquier ficción le quedaría exagerado, es esperable que esas cifras hayan aumentado considerablemente.

Y como tampoco es novedoso, las víctimas de estos casos de horrores eslabonados son expuestas en pos de intereses que generalmente son contrarios a los suyos.

MAIA, LA VULNERABLE

A los sectores vulnerados les decimos vulnerables, o sea, pasibles de ser vulnerados. Como una expresión inconsciente (o silenciosamente adoptada por convención) de que el pobre debe estar sujete a vulneraciones por el hecho de serlo. Una esencia, o una responsabilidad de le pobrx y no de quien le empobrece. Tenemos la meritocracia inmersa en el lenguaje, entre otros ámbitos performativos.

De Maia no nos preocupa una posible exposición al virus que cerró las puertas del mundo. Porque Maia no tiene puerta. No tiene siquiera el privilegio de la preocupación unánime. Le falta todo lo que damos por sentado quienes le tememos a una amenaza mortal.

Cuando la madre de Maia fue a la comisaría, le dijeron primero que tenían que pasar 24 horas para que le tomen la denuncia por desaparición. Estamos hablando de una niña de 7 años, en fin, protocolos. Pero también insultaron, por analfabeta. Los policías que la recibieron, además de negarle la denuncia dos veces, le dijeron que era una analfabeta. Un Estado que traza categorías: quienes pueden tener techo y servicios básicos y quienes no, quienes pueden tener seguridad y contención en la infancia y quienes no, quienes pueden pretender hijes sanes, libres y que no sean secuestrades, y quienes no. Ser una adulta privada de las herramientas más básicas para la vida en sociedad es motivo de insulto y sospecha. Incluso la madre de Stella tuvo que salir en los medios a declarar que su hija «se droga, sí, pero a la nena la tenía como una reina». Otra vez, mujer pobre y adicta no puede pretender que una hija no sea secuestrada por un tipo que tiene una denuncia anterior por abuso sexual a una niña.

Hay ciudadanes y hay pobres. No tienen los mismos derechos reales ni simbólicos.

Casos de resonancia como el de Maia o el de Ramona Medina al principio de la cuarentena, que murió por COVID denunciando la falta de agua en la villa 31 en un contexto en el que la sobrevida dependía de la higiene, nos explotan en la cara. La utilización circense e inescrupulosa de la miseria para disputar internas o candidaturas, también.

En la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país, es inconcebible que siga habiendo personas que viven en la calle. Esta urgencia no admite demoras ni explicaciones, verdaderas, por cierto, de que es complejo revertir la situación. No se puede hablar de una reconstrucción de la Argentina mientras siga habiendo infancias que nacen y crecen en la humedad y la desolación. No puede haber un 60% de les niñes por debajo de la línea de la pobreza mientras les poquísimes millonaries de siempre siguen ensanchando sus cuentas. Esto es una obviedad, sí, pero no por eso menos cierto. Y por algo también los reclamos de base son tales.

Apareció Maia, ahora queremos que viva una vida.

Corina Vera
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Comunicóloga

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