Política

Siete tesis políticas de Rodolfo Walsh

Rodolfo convirtió la realidad en su obra maestra” (Mario Benedetti)

Hablaremos en este artículo de Rodolfo Walsh. Intentaremos hacerlo desde un lugar diferente al habitual, alejado de los lugares comunes que suelen abundar, afortunadamente, en torno al mes de la memoria. Desde ya, recomendamos al lector “Operación Masacre” y la “Carta abierta de un escritor a la junta militar”, dos textos formidables. Pero nos centraremos aquí en el Walsh menos citado. Indagaremos en Walsh como cuadro político. Como alguien con una gran capacidad para leer la realidad, conceptualizarla y dejarnos para la posteridad algunas tesis útiles para pensar los procesos históricos.

Vamos a utilizar para tal fin los “Papeles de Walsh”, un conjunto de documentos redactados entre fines de 1976 e inicios de 1977 que tienen la finalidad de discutir la línea política que imperaba en la conducción de Montoneros. Walsh criticará, entre otras cosas, el “triunfalismo”, el “militarismo” y el “ideologismo” de su organización en pleno avance de la dictadura militar. Si bien los documentos responden a las necesidades de la coyuntura podemos encontrar en ellos algunas lecciones útiles que resumiremos en siete tesis que, a través de la pluma quirúrgica y punzante de su autor, nos pueden ayudar a comprender mejor la política y la historia de nuestro país.

Dos aclaraciones. La primera: Walsh era un tipo orgánico. Los documentos son de discusión interna y tienen ese tono. No son críticas abiertas, de cara a la sociedad. No son las quejas de un desencantado que se pone por fuera a cuestionar, con dedo acusador, todo lo que ocurre. No. Tienen la finalidad de mejorar la práctica, desde adentro. Segunda aclaración: el contexto era muy difícil. El personal, con la muerte de su hija y de su amigo de la vida Francisco “Paco” Urondo (ambos de filiación montonera); el de su organización, que contaba para fines del 76 con más de 2.000 muertos; y el del país, con un avance inescrupuloso de la dictadura militar. Ambas cuestiones, a nuestro juicio, exaltan aún más la hidalguía de nuestro personaje.

Pero vayamos, sin más, a Rodolfo, sus papeles y las siete tesis extraídas de allí. Comencemos:

1. Supremacía del tiempo. “Si corregimos nuestros errores volveremos a convertirnos en una alternativa de poder. Por lo tanto, son falsas todas las visiones alarmistas sobre si tenemos tiempo o no. Tenemos todo el tiempo necesario, si lo sabemos usar.”

Para Rodolfo la historia no termina mañana. Cuestión que aunque parezca infantil suele repetirse bastante en política. Debemos pensar el tiempo acorde para desarrollar las acciones. Hay tiempos de ofensiva, tiempos de defensiva, avances, repliegues. En cierto pasaje de los documentos cita la correspondencia Perón-Cooke (que también recomendamos al lector). No es casual. Este Rodolfo, a sus 50 años, afirma a Perón y contradice a Guevara. Para Guevara “cuando una revolución es verdadera o se vence o se muere”. Para Perón es “el tiempo o la sangre”.

2. El movimiento genera a la vanguardia.En nuestro país es el Movimiento el que genera la Vanguardia, y no a la inversa, como en los ejemplos clásicos del marxismo. Por eso, si la vanguardia niega al movimiento, desconoce su propia historia y asienta las bases para cualquier desviación. Esa es la nota distintiva de la lucha de la liberación en nuestro país, que debemos tener siempre presente.”

Si Montoneros fue una organización popular a inicios de los 70 se debe a que supo leer las sensibilidades del movimiento peronista. La simpatía por la muerte de Aramburu (el que derrocó a Perón, el que fusiló obreros, el que ultrajó el cadáver de Evita, el que fue el cerebro de los 18 años de proscripción) generó en el pueblo peronista un grado de adhesión sin precedentes para con jóvenes que se habían cansado de respetar las formas del régimen. En eso hay un emparentamiento insoslayable. Pero Walsh observaba que ya en el 76 la organización negaba tanto al movimiento como al pueblo mismo que lo sustentaba. Se alejaba lentamente de la praxis que los había llevado a la popularidad. Un error imperdonable.

3. La representatividad como punto de partida. (…) “la literatura china o vietnamita no nos sirve, porque tiende a confundir nuestra lucha social con una guerra colonial, en la que la organización en Movimiento, Frente, Partido y Ejército tiene sentido porque se presupone la unidad del pueblo detrás de su conducción y contra el invasor extranjero. Nosotros en cambio tenemos que empezar por ganar la representación de nuestro pueblo a partir de los elementos con que contamos.”

En estas expresiones Walsh demuestra estar un paso adelante. Estamos en la época de oro de Marx, Lenin, Engels, Mao, Debray, Guevara, para el pensamiento de la juventud y las organizaciones armadas. Él propone un pensamiento situado a partir de la realidad nacional y no un internacionalismo que se exporta como una receta dogmática a cualquier geografía (volveremos sobre esto). Antes que cualquier acción armada es menester ganar la representación del pueblo. Antes que cualquier revolución grandilocuente desde los discursos hay que empatizar con la realidad de los sectores populares. Sin sujeto no hay revolución. “Para hacer política, hay que empezar por pensar en términos políticos, y expresados con sencillez y claridad”. Culmina.

4. Evitar el triunfalismo. “A pesar de los golpes recibidos y de las rectificaciones del documento, seguimos triunfales. Decidimos el fracaso total de los planes del enemigo y seguimos subestimándolo. Esto es muy grave (…)”. “Todo lo hacemos y lo pensamos a lo grande. Nuestra lucha es una guerra. Nuestra propaganda tiene que llegar a cuatro millones. Aunque criticamos el militarismo, todo el documento parece la receta para que un Ejército rompa el cerco de otro y luego lo derrote. Hay que ser más modesto. Nosotros tenemos que resistir junto con el pueblo a la dictadura. Necesitamos mucha propaganda. Tenemos que irnos organizando en la lucha sin delirios de grandeza y pensando en plazos largos. (…)”.

Rodolfo demuestra a lo largo de sus escritos que no puede haber praxis política sin una correcta caracterización de la etapa ni una lectura profunda de las correlaciones de fuerza, analizando tanto las fuerzas propias como las del enemigo. Sin partir de ese piso de realidad en lo que se cae es en el triunfalismo. En el “vamos a ganar porque la historia está de nuestro lado” sin importar cómo y qué se haga. Sin importar los errores. Casi un misticismo de la victoria. Ese triunfalismo que costó caro. Miles de vidas. Hay que ser más modesto, dice. Apelar a la humildad. Sin delirios de grandeza. Pelear contra la desmedida ambición de poder que no tiene correlato con las posibilidades reales.

5. Pelear contra el aislamiento de la fuerza. “(…) Por supuesto que hay lucha de clases; siempre la hubo y la seguirá habiendo. Pero uno de los grandes éxitos del enemigo fue estar en guerra con nosotros y no con el conjunto del pueblo. Y esto en buena medida por errores nuestros, que nos auto aislamos con el ideologismo y nuestra falta de propuestas políticas para la gente real.” “(…) Ellos (los militares) se autoaislan, pero nosotros también, y en ese trueque ganan ellos, porque nosotros teníamos con qué impedirlo y ellos no. Es un cambio de peón por alfil; ellos ya estaban aislados y consiguieron aislarnos a nosotros, planteando una lucha de aparatos, que nosotros no podemos bancar.”

Una fuerza política en disputa por el poder no debe jamás aislarse del conjunto de la sociedad. Walsh le critica a Montoneros encarar una guerra de aparatos militares, en las cuales tenía todas las de perder y reconoce la virtud del enemigo al aislarlos del resto del pueblo. La estrategia de los militares fue elegir el espacio de la disputa. Llevar todo al campo de la guerra. Todo al terreno militar. Walsh ve en esa operación una de las causas fundamentales de la derrota.

Luego lanza, “las masas no son un espacio seguro para nosotros. Lo perdimos por nuestro error”. Este grado de autocrítica (repito, desde dentro, sin abandonar la trinchera) es inusual en cualquier cuadro político. ¿Cómo una fuerza popular no se iba a refugiar en “las masas”? Bueno, por errores propios y la virtud de los de enfrente, quedaron aislados. Debían reconstruir esa confianza antes de replegarse. Tenía toda la razón. Buena parte de la sociedad delató. Buena parte de la sociedad colaboró con los militares. Y no puede explicarse esto solamente por el terror.

6. Ningún pueblo se repliega en el vacío. Se repliega sobre lo conocido. “Cabe suponer que las masas están condenadas al uso del sentido común. Forzadas a replegarse ante la irrupción militar, se están replegando hacia el peronismo que nosotros dimos por agotado (…) En suma, las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo pero conocido, hacia relaciones que dominan, hacia prácticas comunes, en definitiva hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicología, o sea los componentes de su identidad social y política. Suponer, como a veces hacemos, que las masas pueden replegarse hacia el montonerismo, es negar la esencia del repliegue, que consiste en desplazarse de posiciones más expuestas hacia posiciones menos expuestas; y es merecer el calificativo de idealismo que a veces nos aplican hombres del pueblo.”

Los pueblos en los momentos difíciles tienden a replegarse sobre lo conocido. En este caso lo conocido era el peronismo que la conducción montonera (y buena parte del arco político) daban por agotado. Con el diario del lunes la definición de Walsh parece obvia. Pero recordemos que Perón había muerto en 1974 y que Isabel había sido depuesta por el golpe. Pensar el agotamiento del peronismo no era una locura. Walsh tiene el mérito de observar que el peronismo seguía latente en la sociedad. Ahí había que replegarse. Y desde ahí disputar una identidad emancipatoria dentro del gigante. No apostar a la identidad montonera y la utopía socialista en medio del avance del genocidio militar. Todo su planteo es coherente y va de la mano. Tiene que ver con preservar la fuerza y no volar hacia planteos imposibles en tiempos de retroceso. “(…) en la práctica sucede que nuestra teoría ha galopado kilómetros delante de la realidad. Cuando eso ocurre, la vanguardia corre el riesgo de convertirse en patrulla perdida.” Lejos de “tomar el cielo por asalto”, en 1977 Walsh propone, racionalmente, retirada en el aspecto estratégico y resistencia en el aspecto táctico, con un “ofrecimiento de paz” que atraiga a los partidos políticos, la iglesia, las capas medias y obreras, partiendo del diagnóstico de una derrota militar.

7. Combatir el “déficit de Historicidad”. “Hay dos fallas del pensamiento de izquierda en las que recae, a mi juicio, el pensamiento montonero cuando analiza su problema central, que es la toma del poder. Una, privilegia las lecciones de la historia en que la clase obrera toma el poder y desdeña aquellas otras en que el poder es tomado por la aristocracia, por la burguesía. Ni Marx ni Lenin procedieron así. Ambos dieron a la toma del poder por otras clases un carácter ejemplar. La segunda falla deriva de la primera, y remite al punto de partida, a saber, la historicidad de nuestro pensamiento. Puesto que las lecciones de historia en que la clase obrera toma el poder se dan solamente a partir de 1917 y solamente en otros países, ese es el nivel cero donde empieza nuestro análisis. Un oficial montonero conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se adueñan de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821.”

Walsh habla de un “déficit de historicidad” que es indispensable corregir para pensar en la toma del poder. Este déficit tiene dos fallas: analizar solo los ejemplos históricos de toma del poder que realizó la clase obrera (no así la aristocracia o la burguesía) y, ligado a esto, comenzar el análisis como si la historia hubiera comenzado en 1917 en Rusia, en 1949 en China o en 1959 en Cuba. Walsh se opone a este reduccionismo. Nos invita al análisis de lo nacional. Nos invita a pensar las dificultades de San Martín frente al puerto de Buenos Aires, el ascenso de Rosas al poder o la división del federalismo y el poder de fuego unitario en Caseros. La chicana final sobre la formación montonera (y de toda una generación política) es de una densidad poética admirable. Se conoce el San Petesburgo de 1917 y no el Buenos Aires de 1821. Remata: “Perón desconocía a Marx y Lenin, pero conocía muy bien a Irigoyen, Roca y Rosas, cada uno de los cuales estudió a fondo a sus predecesores.” Lección final para cualquiera que aspire a liderar la política argentina.

Con esto cerramos esta pequeña ventana al pensamiento político de Walsh. Semanas después de publicado el último documento nuestro personaje es borrado físicamente de la historia por el brazo ejecutor que tuvieron los dueños de todas las cosas. Vendría la implantación por la fuerza de un mundo diferente. Menos justo, casi sin sueños. Un mundo al que, sin embargo, cada tanto le brotan desde abajo de la tierra las palabras de los vencidos que se niegan a extinguirse. Son palabras que no aceptan la resignación y que tienen la prosa exacta de tipos como Rodolfo.

Jonatan Acevedo
Sobre el autor
Historiador – Universidad Nacional de Luján

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