Política

Infobae y esas ganas recurrentes de que te vayas del país

Bien entrada la mañana comienza una reunión por zoom, se prenden las cámaras, se saludan simpáticamente toda gente de sonrisa de pasta dental y alguien que pareciera ser el jefe comienza a hablar y dice algo así como: “Yo lo que quiero es una nota con una línea editorial clara, gente que se fue de este país de mierda lleno de argentinos corruptos y ahora cuenta cómo es vivir en un mundo civilizado. Así, sencillito. Una historia liviana, linda, que cuente una vida de progreso”.

Por lo menos una o dos veces por semana aparece una nota de un/a argentino/a que se fue de viaje y dice no querer volver nunca más.

Hay un potente catalizador que le da fuerza a todas estas notas. Una idea primigenia que nos moviliza a la lectura. La fantasía universal del viaje, el deseo de salir de la zona de confort, conocer y vivir nuevas experiencias. Su carácter universal lo convierte en un recurso tan sencillo como efectivo, en este caso utilizado con fines políticos para la antipolítica. El storytelling que Pixar utiliza tan efectivamente en todas sus películas para retratar historias emotivas que funcionan a cualquier escala, Infobae lo utiliza para escarbar sobre un imaginario que obviamente ya existe, y desde hace larga data, de “No hay con que darle, los argentinos somos una mierda”. Las notas cuentan historias diferentes, y no tanto, pero la línea siempre es la misma, si podes no vuelvas más a este país de chorros. Al final, el mejor argentino es el que emigra.

Hoy le tocó a una nota de una piba de Ciudad Evita, y qué mejor lugar para representar la barbarie, que ahora está viviendo en Suecia y dice algo así como: “Acá es todo maravilloso, es cierto los impuestos son muy altos pagan hasta el 50 % pero los ves en el sistema de salud” (es decir no te los chorean). Hace falta hacer click en la flechita para atrás del explorador y volver a la página principal del portal y ver que en el mismo diario patalean caprichosamente por la reglamentación del mísero monto del impuesto a la riqueza. Algún desprevenido podría pensar que se trata de una contradicción de la línea editorial, pero nada más lejos de eso.

Las discusiones estructurales de la Argentina, los impuestos, las privatizaciones, las jubilaciones, etc., se repiten como una farsa década tras década. Es como si no nos diéramos cuenta que la rueda tiene un palo atravesado y no está girando, y seguimos y seguimos en el mismo ring sosteniendo las mismas discusiones estériles. La estrategia del discurso de cierta derecha para no avanzar en estas discusiones es disfrazar las cuestiones de fondo con ropajes de forma. Como si dijeran para qué queres que te de mi guita si te la vas a gastar en paco. Un patronalismo (de patrón de estancia) vulgar. Porque además es “su guita”. Ellos se sienten dueños de la Argentina y cuando gobiernan actúan en consecuencia. Venden, compran deuda, fugan, vuelven a comprar deuda y vuelven a fugar, y así repetidamente. Nosotros en cambio, pareciera que a veces estamos pidiendo permiso como si estuviéramos gobernando algo que nos prestaron. “El problema en la Argentina es que la guita de los impuestos no se ve” se queja un liberal. Pero nunca lo escuché decir que el problema de la argentina es que la guita de las deudas externas (que supieron conseguir) nunca se vio.

Mientras tanto, cuando volvemos a plantear debates sobre cuestiones estructurales nos vuelven a llevar al ring de lodo, que es tan viejo como la escarapela, civilización o barbarie. La derecha invalida estos debates porque no nos reconoce como iguales. Disfraza el racismo de origen como si se tratara de cuestiones de forma “La soberbia de Cristina”, “La cartera de Cristina” “El dedo levantado de Alberto”, recursos repetidos en la historia del gorilismo argentino pero no por eso menos efectivos, que en verdad no son más que expresiones que ponen de manifiesto una y otra vez el mismo binomio. Y este es el palo en la rueda.

Cuando hace casi doscientos años Echeverria escribía cómo un joven bien apuesto entraba al trote en su silla inglesa al matadero del barrio de Barracas, describe a la barbarie. En un movimiento inverso, una piba sale de Ciudad Evita y se va a vivir a Suecia y también nos describe la barbarie: “Podés darte el gusto de comprarte el celular más caro y sabés que nadie te lo va a tocar. Trabajo con la bicicleta, la dejo en Estocolmo hasta el otro día y me vuelvo en metro a casa, porque vivo lejos. Pero cuando vuelvo a buscarla, ¡la bicicleta está donde yo la dejé! Eso sería impensado en Buenos Aires, ¿no?” El mismo binomio doscientos años después contado de manera inversa. Es un relato que nos atraviesa

Si estuviéramos en el mundo de la película de Jim Carrey, esa que no puede mentir, e imaginamos nuevamente la reunión de redacción podríamos pensar que el jefe diría algo así: “Quiero una nota para seguir alimentando la antipolítica. Quiero que pongamos otro caldito más para dar vida a la rebeldía fascista de las nuevas juventudes”. Alguien quizás podría acusarme de antipolítica cuando digo que hay un problema de origen que impide que nos escuchemos ¿pero no es acaso la política el arte de lo posible? ¿Por qué buscar entonces lo imposible intentando conseguir un consenso con un sector que nunca nos reconoció como iguales? Quizás la única forma de salir de esta rueda de hamsters es reconociendo que la hora del “pero Joaquín” se terminó para empezar a disputar el sentido de quiénes somos los verdaderos dueños de este país.

Mariano Pipkin
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Sociólogo

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