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Matanza’s Blues

Apuntes para una cosmogonía del Plata

Una historia cuenta, que allá por el mil quinientos y algo, Pedro de Mendoza se asentó junto a sus tropas en un sector de la cuenca del río homónimo. El objetivo, detener a la avanzada de la armada portuguesa. Versa también, que al tiempo de estar asentados y ociosos comenzó a escasear la comida y por ende a cundir la hambruna; ya habían dado cuenta de todos los animales trasladados para ser convertidos en alimento. Y que si bien reconocieron las bondades de la pampa interminable en la que estaban plantados, en lugar de trabajar la tierra, prefirieron excursionar y robar lo necesario para su manutención a las comunidades originarias, que si bien distantes, estaban al alcance. Querandíes, Mbeguas y Caryhet se opusieron fuerte y tenazmente a los reiterados intentos de arrebatar sus animales y granos. Los enfrentamientos dejaron como corolario un gran número de muertos. Los Pampas, como los llamaban los conquistadores españoles, pagaron con abundante sangre su feroz resistencia, aunque su persistencia resultó en la expulsión de los invasores.

Luego de la retirada, algunos generales españoles, desconocedores en el momento de la contienda de la simbólica guerrera pagana, contaron que sobre los pampas avistaron en todo momento águilas en vuelo, que si hubieran sabido que era señal de buen augurio para aquellos hubiesen optado por abandonar la empresa y ahorrar vidas cristianas.

Si bien, restan registros escritos, hay consenso entre juglares y académicos en que esta serie de enfrentamientos sangrientos y su consecuente resultado dio nombre a lo que a partir de ese momento se conoció como el pago de Las Matanzas.

La misteriosa muerte de Don Mateo Leal de Ayala

Llamado desde Buenos Aires a ocupar cargos de gran jerarquía, el militar español abandonó la ciudad del Potosí y emprendió viaje al sur; corría el año de 1610. Nombrado Alguacil de la Real Hacienda no dudó en comprar una estancia y otras tierras que en suma ocupaban una extensión de 500 varas en lo que ya se conocía popularmente como Las Matanzas.

Luego de la infortunada empresa de los hombres de Mendoza, sólo quedaron en estos territorios caballos abandonados. Con el tiempo y gracias a las bondades nutricias del lugar, esos pocos animales dejados a su suerte se transformaron en miles: en poco más de cuarenta años la población de equinos salvajes alcanzó la friolera de 80 mil ejemplares. Esta situación, sumada a la presencia de ganado vacuno, ofreció al recién llegado y a su flamante esposa, Magdalena de Aguilar, un escenario promisorio para ellos y su descendencia.

Tres años después de su llegada a la ciudad y luego de la inoportuna muerte por envenenamiento de su antecesor Diego Marín de Negrón fue nombrado al cargo interino de Gobernador de Buenos Aires y del Paraguay. Habían nacido ya sus cinco hijos.

Fue por el año de 1627 que de un día para el otro no se lo vio más. Acostumbrado a adentrarse en su hacienda a lomo de caballo, hay quienes especularon con algún encuentro con ladrones de ganado, otros afirmaban que ya siendo un hombre mayor se había desorientado y perdido el rumbo en la zona del Morón o el Catán y que habían dado cuenta de su vida los pampas. Años después sus hijas e hijos fueron desprendiéndose de las tierras que habían comprado sus padres y hubo la intención de ponerle a la región de Las Matanzas lindante con la ciudad: lo de Ayala. Esta idea quedó inconclusa y sobre ya a mediados del siglo XVIII la región mencionada era conocida como “las tierras de Flores”, aludiendo a su actual propietario. La ciudad era aún pequeña y los pagos de La Matanza se consolidaban como un territorio productor de granos, frutas y hortalizas, desde lo que hoy se conoce como el barrio porteño de Flores y todavía más allá del Catán o el Pino (tierra de Querandíes), dónde dicen que lo vieron por ultima vez a Don Mateo Leal de Ayala perderse en el horizonte a lomo de un caballo que no se le reconoció como el suyo.

Los trabajos y los días

En 1880 y a partir de la federalización de la ciudad de Buenos Aires, como resultado de los enfrentamientos entre el gobierno nacional y el de la provincia de Buenos Aires, quedó definida la fisonomía actual del partido. Ya con anterioridad la región llamada Partido de San José de Flores, que estaba conformada por los actuales barrios de Flores, Liniers, Mataderos y Lugano había ganado autonomía respecto de lo que fuera el pago de La Matanza, ahora constituido como partido. En 1856 había quedado definido el pueblo de San Justo como cabecera del partido.

En los siguientes años, regiones del partido como Marcos Paz, General Las Heras y Merlo fueron perdiendo su estatus matancero para conformar el Partido de Marcos Paz. Mas allá de esta reorganización política, hasta entrado el siglo XX, lo que alguna vez fuera tierra de Pampas y caballos salvajes no había modificado sustancialmente su fisonomía ni su economía, que seguía siendo exclusivamente rural. A partir de la década del ‘30, hubo si un proceso de industrialización que no ceso su dinámica. Pueblos como San Justo y Ramos Mejía fueron receptores de la radicación constante de empresas industriales. Las 160 del censo industrial de 1935 se habían multiplicado por tres ya en 1947 y en 1954 el partido vibraba bajo la actividad cotidiana de más de 1600 establecimientos fabriles. Esta tendencia al alza sufrió un quiebre definitivo a partir del proceso de desindustrialización iniciado con el golpe de Estado de 1976.

Hefesto de Olimpo, el paracaidista de Ramos Mejía y Daniel de Catán

Cuenta el mito que hubo un dios que al nacer fue repudiado por su fealdad . Arrojado por su madre desde el monte de Olimpo, encontró en las profundidades del mar materia y amor fraternal para dar forma a su oficio y convertirse en el mejor forjador de metales de todos los tiempos. Al trascender su fama fue acogido por quien antes lo había rechazado y honrado con las mas preciosas herramientas para que desarrollara su arte entre diosas, dioses y libaciones. Por cosas del albur, nuevamente fue arrojado cayendo todo un día hasta dar contra suelo firme. Sus piernas quedaron despedazadas, pero sus fuertes brazos le permitieron forjar un par de muletas de oro puro, y poder así seguir desarrollando su arte.

Sucede siempre en algún despacho bien iluminado. Requiere de mucha publicidad y de operaciones de prensa. No es novedad. La argucia es siempre la misma: el municipio de La Matanza es inviable económicamente y hay que dividirlo en nuevos municipios mas chicos y gobernables. La tupacamarización de un territorio identitariamente parido hace casi 500 años es el fantaseo de todo aquel representante popular de coyuntura que encuentra ahí el mecanismo para elaborar su frustración por no poder hacer pie periódicamente en la arena electoral. Llaman despectivamente “bastión del peronismo” a un municipio que tiene asomada su cabeza en lo que en los años ‘50 fue uno de los principales cordones industriales del país y que tiene sus piernas enraizadas en la misma pampa húmeda.

Daniel tiene 27 años. Armó el taller en el fondo de su casa. Entre eucaliptos y paraísos lleva adelante su oficio cotidianamente. Si bien el piso es de tierra logra nivelar la mesa de trabajo gracias a un sistema de regulación que diseñó y fijó a cada pata del mueble. Se formó como soldador mirando soldar y ayudándolo al viejo, un laburante metalúrgico que se quedó sin trabajo a mediados de los ‘90. Cualquiera que lo haya visto soldar aprueba su pericia como soldador: cordones continuos, poca escoria que además se despega entera. Trabaja fundamentalmente para el barrio. Heredero de un oficio industrial lo ejerce con el orgullo de todo artesano y creador. Recicla materiales. Recorre el barrio buscando desechos que transforma en nuevos insumos e instrumentos. Usa bien las redes sociales; trabajo no le falta.

La cuestión búlgara

Una ontología sigue recorriendo el territorio matancero y se resiste a perecer, es la del trabajador y la trabajadora industrial. Está en las historias de vida que construyen identidad, en las herramientas que se trasvasan de generación en generación dispuestas a seguir siendo manipuladas, en su arquitectura y sus naves industriales, en sus colegios y su universidad nacional. Las cuitas matanceras, son las mismas que recorren todo el territorio nacional hace más de cuarenta años, no hay una excepcionalidad que requiera malabares quirúrgicos. En cualquier caso, el problema de La Matanza está fundamentalmente en como se la sigue mirando, valorando y adjetivando. Hilando fino: La Matanza es un problema para los otros. Parafraseando a Tzvetan: el problema del descubrimiento que el yo hace de un otro, cuando lejos de establecer lazos para la convivencia busca arbitrar mecanismos para la conquista.

Mariano Pugliarello
Sobre el autor
Herrero. Diletante. En vías de desarrollo.

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