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Cuando una intervención estatal a tiempo cambia la historia para siempre

DEPORTE E IGUALDAD DE GÉNERO, EL CASO ESTADOUNIDENSE

En 2019, en el mundial de fútbol femenino, la selección de los Estados Unidos se consagraba campeona por segunda vez consecutiva, obteniendo su cuarta copa en ocho participaciones. Su capitana, Megan Rapinoe, que acababa de tener un enfrentamiento mediático con el presidente Trump y cuyos posicionamientos políticos de alto perfil le otorgaron más notoriedad mediática que su extraordinaria calidad deportiva, obtuvo ese año el balón de oro y el premio a la mejor jugadora del mundo, convirtiéndose definitivamente en ícono y símbolo de la lucha de las mujeres deportistas por la igualdad. Los hombres, por su parte, alcanzaron su mejor clasificación del siglo en 2002 (octavo puesto).

El equipo nacional de básquet femenino de ese país ganó con amplitud once de las últimas doce competencias destacadas (mundiales y juegos olímpicos), mientras que el masculino alcanzó siete títulos en el mismo período.

En los medalleros de atletismo de los Juegos Olímpicos del siglo XXI se observa una predominancia de las mujeres norteamericanas por sobre los hombres.

¿Por qué el deporte femenino es claramente más potente que el masculino, en términos generales, en el país que es la meca del desarrollo deportivo?

En el año 1972, al calor de las luchas por el reconocimiento de derechos para las minorías y como secuela de la mítica “Civil Rights Act” de 1964, el presidente Nixon sancionó el Título IX de las enmiendas de educación en el que se señalaba que “ninguna persona en los Estados Unidos será excluida de participar, negada de beneficios, ni sometida a discriminación debido al sexo (…) en ningún programa o actividad que reciba ayuda económica del gobierno federal”, lo que en los hechos implicó que todas las escuelas y universidades deberían desarrollar programas de deporte femenino en todas aquellas áreas en las que tuvieran varones compitiendo. Para decirlo claro, si un colegio apuesta al básquet, deberá ofrecer similares oportunidades a varones y mujeres, con una inversión equivalente y el mismo acceso a recursos, instalaciones e infraestructura.

Para ese entonces una de cada 27 niñas estadounidenses participaba en algún deporte en el colegio. En la actualidad esa cifra es de una de cada tres. A nivel universitario se estima que en los últimos 50 años las oportunidades de participación en deporte competitivo han aumentado un 456% para las mujeres y un 31% para los hombres. En la actualidad un 98,8% de las universidades tienen equipo de básquet femenino y un 92% participan en la competencia de fútbol femenino.

Sin embargo, a la hora de profesionalizarse y hacer del deporte un medio de vida, las mujeres estadounidenses se encuentran con similares problemas a los que existen en el resto del mundo. Mercados reducidos, mínimos ingresos por derechos de televisación, escaso interés de sponsors y menor venta de entradas, convierten en la actualidad al deporte femenino en una disciplina muchísimo menos redituable en términos económicos que el masculino.

El ingreso mínimo de una jugadora de básquet de la WNBA (quizás el deporte de equipo con mejores condiciones económicas para las mujeres) está por debajo del sueldo promedio para un trabajador no deportista estadounidense. La elegida número 1 en el draft anual de esa liga (es decir la mujer considerada mayor promesa del básquet mundial para ese año) cobrará un salario anual de $68.000 dólares, mientras que su colega varón embolsará más de 8 millones de la misma moneda. Se dice que el contrato de Lebron James alcanza para pagarle a la nómina completa de los doce equipos de la liga de mujeres.

En la lista de los 60 atletas mejor pagos del mundo publicada anualmente por la revista Forbes, sólo hay dos mujeres, ambas tenistas, ocupando los puestos 29 y 33 (Naomi Osaka y Serena Williams).

El exitoso modelo de deporte colegial y universitario femenino, que garantiza equidad de oportunidades competitivas en la etapa formativa, redunda en un nivel de elite mundial para casi todas las disciplinas que abarca en el nivel amateur, pero tiene todavía una serie de cuentas pendientes en términos de oportunidades económicas, que las mujeres siguen tratando de saldar con su lucha cotidiana. El camino se avizora largo y complejo.

ARGENTINA, EL MODELO DE LA NO INTERVENCIÓN

En Argentina el esquema de desarrollo y competencia deportiva de base tiene más diferencias que similitudes con el modelo norteamericano. No existe un sistema de competencia colegial ni universitaria estable y las pocas instituciones educativas que desarrollaron equipos de alta competencia no participan en ligas universitarias, sino que se mezclan con clubes o franquicias privadas.

El desarrollo formativo de base se encuentra más vinculado a los clubes, verdadero y casi único pilar del endeble deporte argentino, que a algún tipo de estructura estatal de captación y desarrollo de talentos. Estas instituciones, si bien reciben diferentes tipos de apoyo estatal, no están sometidas a ninguna regulación ni guía en cuanto a requisitos de igualdad de género ni amplitud en la oferta de deportes ofrecidos desarrollados. Existe un absoluto laissez faire” que redunda en un grosero predominio del fútbol masculino. Vemos un escenario en el que un niño (y ni que hablar una niña) que quiere practicar otro deporte se encuentra con múltiples dificultades desde la más temprana etapa formativa, pasando por todas las etapas que culminan –si la persona tiene un talento y una voluntad sobrehumana- en la alta competencia. La incipiente profesionalización del fútbol femenino en Argentina, junto con el interesante proceso que comienza a darse con el básquet a partir del nacimiento de la Liga Nacional femenina, son dos mojones fundamentales, toda vez que como ya contamos acá, si el deportista no recibe dinero y otros recursos es imposible que exista un progreso general de un deporte.

Este desarrollo debe darse tanto “de arriba hacia abajo” (formación de ligas profesionales, televisación, creación de figuras representativas), como “de abajo hacia arriba” (competencias estables en el nivel formativo, igualdad de oportunidades y equidad de género en la inversión desde temprana edad y fundamentalmente un esquema que vincule fuertemente la formación deportiva con las instituciones educativas de todos los niveles). Ya hablamos acá de la importancia de los Juegos Evita, un auténtico oasis en el desierto del deporte juvenil argentino y sin dudas un paso en la dirección correcta.

Para ello es, no sólo fundamental sino absolutamente necesaria, una intervención estatal que no se limite a emparchar lo que existe sin cuestionar el statu quo. Se necesita un Estado que se anime a repensar el desarrollo deportivo a nivel integral, con una legislación audaz y nueva. Que obligue a las instituciones educativas a desarrollar programas deportivos de media y alta competencia, que fomente en serio los torneos intercolegiales de todas las disciplinas, que amplifique la oferta de deportes para niños y especialmente para niñas. Que garantice la equidad de género en todos los niveles. Un Estado atento a la captación y desarrollo de talentos, preparado para un enfoque integral del deporte no sólo como herramienta recreativa de inclusión social, sino como proyecto integral de desarrollo humano, competitivo y profesional.

La experiencia de los Estados Unidos, país en el que la derecha local nos quiere hacer creer que la intervención estatal no existe, nos muestra que una decisión política y su implementación responsable cambió radicalmente la historia del deporte femenino, desde las oportunidades reales que tiene una niña de seis años para jugar al fútbol en el equipo de la escuela, hasta Megan Rapinoe, mejor jugadora del mundo, militante, ícono cultural, rebelde y patrocinada por NIKE.

Manuel Vilariño
Sobre el autor
Árbitro internacional de boxeo, Secretario de la Asociación Guantes Solidarios

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