Economía

Las vaquitas son ajenas

En 1711 se escribió “Un plan para humillar a España”, en Gran Bretaña. Su elocuencia es suficientemente gráfica: “Yo propongo enviar ocho buques de guerra, con suficientes grandes transportes y suficientes hombres que estén en condiciones de atacar, o más bien tomar, Buenos Aires, situada sobre el Río de la Plata. La fertilidad de este feliz país excede lo creíble. Son las llanuras más grandes del mundo y están tan cubiertas de ganado que sólo pueden creerlo aquellos que lo ven con sus propios ojos. Esta corta descripción demuestra suficientemente la generosidad tanto de su clima como de su suelo y puedo fácilmente persuadir que esto, en relación con el comercio de Gran Bretaña, es de la mayor importancia que hay bajo el cielo”. Este documento corresponde a la obra de Julio González (2010) titulada “La Involución Hispanoamericana”, cuya lectura es fuertemente recomendada.

A comienzos del Siglo XIX, como compensación por el apoyo militar a España para defenderse de las invasiones Napoléonicas, Gran Bretaña consiguió cesiones del régimen español sobre el libre comercio en la América Española. Mediante famosos episodios históricos que tomaron lugar durante los años 1806, 1807, 1809 y 1810 se fueron formando las bases para el empréstito de 1824 con la Baring Brothers de Londres por parte de Bernardino Rivadavia y el Tratado de Eterna Amistad, Libre Comercio y Libre Navegabilidad firmado en 1825. El contrabando manejado por los anglosajones no tendría tregua y la entrega de tierras luego del genocidio denominado “Conquista del desierto” dejó propietarios serviles al poder imperialista y colonialista. Los británicos tenían claro que someter financieramente a través del endeudamiento, así como conservar en servil obediencia a ciertos grupos privilegiados, se convertiría en una estrategia efectiva para mantener bajo su control el manejo de nuestras riquezas.

El Arriero”, una canción folklórica bellísima, compuesta por Atahualpa Yupanqui, también versionada en rock por Divididos en una interpretación que exhibe la magia y la potencia de Ricardo Mollo, sentencia de la siguiente manera las inequidades, cuando versa: “Las penas y las vaquitas, se van por la misma senda. Las penas son de nosotros, las vaquitas, son ajenas”. Los herederos de las conquistas bañadas en sangre provista por el asesinato de poblaciones autóctonas se incorporaron al mercado mundial como socios dependientes del imperialismo inglés, satisfaciendo sus crecientes demandas de carne, cereales, cuero y materias primas generadas por los suelos más productivos del mundo.

Bajo esta lógica se financió la expedición militar y se repartieron las tierras arrancadas a los indígenas. A través de la Ley N° 979 sancionada en 1878 se establecía que: “El Poder ejecutivo queda autorizado para levantar sobre la base de todas las tierras públicas mencionadas una suscripción pública para los gastos que demande la ejecución de la ley. A medida que avance la línea de frontera se harán mensurar las tierras y levantar planos, dividiéndose en lotes de 10.000 hectáreas, con designación de sus pastos y aguadas y demás calidades…”. De esta forma, la conquista del desierto sirvió a la oligarquía para fortalecerse en cuanto latifundistas y especuladores, incorporando a su haber increíbles extensiones de tierra, garantizando la dominación política del sector hegemónico de la clase dominante conformado por el reducido grupo de los grandes terratenientes. Se fueron conjugando sistema político y modelo económico para que un puñado de familias ligadas estrechamente al imperialismo inglés amasaran sus fortunas, dejando fuera del proyecto a los sectores medios, los trabajadores, sin olvidar el asesinato e invisibilización de las comunidades indígenas.

La foto actual, en el año 2021, muestra que Argentina produce alimento para cerca de 400 millones de personas, exportando aproximadamente el 80% de su producción primaria, pero 10 millones de argentinos residentes necesitan alimentarse en comedores o recibiendo bolsones de comida en sus casas. Desde el 2015 la producción de carne vacuna se incrementó cerca del 20%, mientras que el consumo interno se contrajo cerca del 20%, quedando a la vista que unos pocos se quedan con la comida y la plata de todos los argentinos, en cuyo territorio habitan más vacas (60 millones) que personas. Sucede que se cuadruplicaron las exportaciones, que son ganancia para unos pocos.

El devenir de los acontecimientos expone un mecanismo de veloz concentración económica que se inició exactamente en la semana siguiente a que Macri ganó las elecciones presidenciales, producto de la quita de retenciones y la devaluación, que duplicó de inmediato el precio de la comida para los argentinos. Antes de ese momento, un salario mínimo o una jubilación mínima podían comprar una canasta básica y media. Al terminar el gobierno de Macri, ese poder adquisitivo se redujo a la tercera parte, alcanzando a tan sólo media canasta básica. En términos de kilos de carne vacuna, un salario mínimo compraba 65 kg durante el gobierno de Cristina Fernández y ahora tan sólo 35. La consecuencia es que la población argentina quedó en su nivel mínimo histórico de consumo de carne, medido en kilos promedio por habitante, que bajó desde los 60 kilos en 2015 hasta los 45 de hoy.

Sin dudas que los efectos de la pandemia fueron terribles para todas las sociedades y para todos los países, pero hubo ciertos grupos privilegiados que se vieron favorecidos. Aquí en Argentina, mientras el PBI del 2020 se redujo un 10%, más o menos en sintonía con lo ocurrido globalmente, las empresas de alimentos aumentaron sus ganancias un 50%, dentro de lo que se duplicó el precio de la comida para los habitantes de un país que produce comida. Las corporaciones del complejo agropecuario incrementaron la producción de maquinaria agrícola un 100%, al doble; aumentó la compra de tractores y cosechadoras un 70%, implementos 110%, sembradoras 140%, lo que demuestra que el aumento de pobreza es inequívocamente generado por el incremento de la concentración de riqueza.

Tampoco debemos olvidar que antes del gobierno de Mauricio Macri, la FAO, que es la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, había declarado a la Argentina como un país con Hambre Cero, al padecer inseguridad alimentaria menos del 5% de su población. Hacia el 2015 eran poco menos de 2 millones de personas. Pero precisamente por lo desarrollado en este escrito la tasa actual de inseguridad alimentaria supera el 10%, consistiendo en el sufrimiento de más de 5 millones de seres humanos que habitan nuestra tan rica tierra.

Las ganancias del complejo agroexportador se duplicaron o hasta triplicaron en algunos productos, al tiempo que los niveles de evasión, elusión y contrabando se han incrementado a escalas de ilegalidad inadmisible e imperdonable. A consecuencia del enorme fraude al Estado por los impuestos evadidos, se condiciona el presupuesto que debería asignarse a industrialización, desarrollo y mejoras distributivas.

Es impostergable que el Estado les sustraiga a las corporaciones privadas el libre manejo portuario sobre nuestros ríos interiores y nuestro Mar Argentino. Por un lado, para evitar los fraudes que implican un agujero financiero, y por otro, porque el caudal de mercaderías de contrabando, significan una desprotección para nuestra propia industria que se ve fuertemente perjudicada por el ingreso ilegal de productos desde el exterior. Si bien es cierto que se trata de un problema mundial en el que las empresas agroexportadoras evaden más de 600.000 millones de dólares en el mundo, en Argentina se trata de más de 20.000 millones de dólares que nos corresponden a todos los argentinos.

Adam Smith lo anticipó en su obra de 1776 “Investigación sobre la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de las Naciones” al advertir que los peajes no pueden convertirse, bajo ningún concepto, en propiedad de personas privadas. Eso debe ser manejado por el Estado para reinvertir en las necesidades de la población y no para financiar el ilimitado e infinito enriquecimiento de corporaciones financieras trasnacionales aliadas entre sí a las cuales no les interesa otro propósito que la conservación del poder a costa de aumentar el sufrimiento de los pueblos.

En el mismo orden de cosas en el 2011 se sancionó una Ley de Extranjerización de Tierras, consagrada durante el gobierno de Cristina Fernández, que ponía límite a la compra de tierras por parte de capitales extranjeros, buscando resguardar un recurso estratégico y el Patrimonio Nacional, limitando la concentración y la extranjerización. Lamentablemente el gobierno de Mauricio Macri anuló esta ley por decreto. Urgentemente debe anularse el decreto de Macri en un país que tiene el 6% de su territorio nacional en manos extranjeras a nombre de empresas radicadas en paraísos fiscales. Asimismo, deberemos recuperar los puertos que entregó a manos privadas el gobierno de Menem y cuyas concesiones están próximas a vencer.

Es inconcebible que los argentinos y argentinas, que tuvimos la suerte de nacer en este tan rico y bello país, no podamos disfrutarlo por permitir el constante saqueo de pequeñas corporaciones aliadas con los imperialismos colonialistas. Siendo el 8vo país más grande del mundo, 28º en producción y 30º en población, pero poseyendo una envidiable ventaja relativa y comparativa en recursos estratégicos, deberemos organizarnos para conseguir aprovecharlo de una manera más justa, equitativa, inclusiva y soberana. Además, destacando que somos privilegiados en algunos de los rubros que más quiere todo el mundo: alimento, turismo, cultura, recursos naturales y recursos humanos. Tenemos todo para revertir las condiciones de inequidad e injusticia a la que fuimos sometidos por el proyecto político oligárquico en alianza con los imperialismos de cada tiempo.

Julián Denaro
Author Details
Economista (UBA), Columnista Económico en Televisión y Radio, Profesor en Universidades Nacionales (UBA y UNLAM), Doctorando en Ciencias Económicas en UNLAM y terminando la Licenciatura en Psicología en la UBA. Autor de seis libros.

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