CulturaEconomía

Los trabajos

Panes y peces

Despedida de los Ángeles

Y cuando vivas

te llevarás mi ángel

me iré en tu cuerpo”

El 31 de mayo de 1976 Miguel Ángel Bustos caminó con su hijo Emiliano las cuadras que separaban su departamento del Parque Chacabuco. Arrancar jugando a la pelota con su nene el día en que cumplía cuatro años parecía un buen plan. Esa misma noche fue secuestrado y llevado de su casa por un grupo de tareas y veinte días después fue fusilado junto a otras ocho personas en un descampado del Partido de Avellaneda.

Lo que caracterizó al ciclo de endeudamiento externo inaugurado por la dictadura militar de Videla, Massera y Agosti fue que el endeudamiento del sector público fue acompañado por un fuerte proceso de endeudamiento del sector privado. Entre 1976 y 1983 el endeudamiento privado rozó los 17 mil millones de dólares. Casi el 50% de este monto corresponde a la deuda tomada por los 38 principales grupos económicos de la Argentina. Al ciclo de valorización financiera inaugurado por la gestión económica de Martínez de Hoz le siguieron un conjunto de dispositivos diseñados por la conducción del BCRA (Banco Central de la República Argentina) que en los hechos actuaron como un subsidio al endeudamiento externo en dólares. Esta dinámica incluso llegó a que grupos extranjeros con filiales en el país, como es el caso de algunos bancos privados de origen estadounidense, desarrollaran mecanismos de auto préstamos. La espiral de este endeudamiento, además de provocar una fuerte caída de las reservas del banco central de nuestro país, fue financiada con el endeudamiento del sector público, incluidas las empresas estatales. En octubre del 1982 la comunicación “A” 251 del BCRA, conducido al momento por Domingo Felipe Cavallo, culminó este proceso inédito de transferencia de riquezas estatizando la deuda externa privada.

Cuatro años antes de su desaparición y en una tarde templada de noviembre, Miguel Ángel subió al tren en barrancas de Belgrano con destino a Vicente López. Hacía unos días que Perón había vuelto al país después de diecisiete años de exilio. Ya en Gaspar Campos se cruzó entre otros con un emocionado Paco Urondo aún conmovido por haber visto al General asomado y saludando desde una de las ventanas de su residencia. Cuenta Alberto Szpunberg que se lo encontró avanzando con una frazada al hombro en dirección al terreno baldío que había frente a la residencia y con intenciones de tirarse a dormir.

-Acá está el pueblo, Alberto, algo tiene que pasar. Yo no me voy -le dijo.

Una sombra ya pronto serás

Desde el tren me gustaba ver el atardecer en la llanura.

Ahora…el paisaje me resulta indiferente”

El tren a Posadas anda a paso de hombre. Viaje tortuoso, aunque con el encanto de la novedad. Salí de la estación Chacarita con el encargo de cruzar la frontera y comprar azúcar, café, aceite y algunos otros comestibles que en Buenos Aires por estos días no se conseguían. Llevo algunos cigarrillos sueltos que le compré a un compañero de trabajo, que los compra en caja de a cien y estaba abastecido. Son horribles, pero es lo que hay. Lo último que pude fumar fue algún rearmado a partir de los puchos que recolecté entre las vías del subte A en la estación Miserere. Llevo para hacer las compras un poco más de cien mil Australes. Si pudiera viajar en el tiempo cuatro años atrás con esta guita con la que voy a Brasil a comprar unos veinte kilos de alimentos me hubiera servido para comprar cinco departamentos de dos ambientes en cualquier barrio más o menos lindo de Buenos Aires.

En junio de 1985 el plan Austral había llegado, luego de un fuerte ajuste de precios y tarifas, con la promesa de hacer olvidar a los argentinos de una vez y para siempre el flagelo de la inflación. Con tasas de inflación que rondaban el 50% mensual, la dinámica de la actividad económica tenía la incertidumbre de no saber a qué precio se iban a pagar las cosas mañana. Con el lanzamiento de la nueva moneda y el congelamiento de precios y salarios se pretendía anclar las expectativas inflacionarias y poder así construir un horizonte de certidumbre de mediano plazo. Comenzó así un ciclo de estabilidad caracterizado por un tipo de cambio alto, altas tasas de interés reales que favorecieron el ingreso de capitales y un congelamiento del gasto público.

Uruguayana era mucho más que una pequeña ciudad fronteriza, era también, el supermercado para una porción importante de población del este correntino. Estabilidad de precios, abastecimiento de productos y un tipo de cambio aún favorable hacían del lugar un destino obligado para los alicaídos asalariados argentinos. No sólo venta de alimentos, sino también grandes tiendas de electrodomésticos configuraban una suerte de shopping a cielo abierto atestado de visitantes.

El contraste con la realidad económica argentina era llamativo. Por esos días la Cooperativa El Hogar Obrero, que era en ese momento la cadena de supermercados más importante del país, mostraba en casi todos sus locales una modestia bizantina. Un año después, la que fuera en su momento la sexta empresa más grande de nuestro país, cerraría sus puertas definitivamente luego de casi cien años de actividad. La experiencia radical en el gobierno terminaría con el adelantamiento de la entrega del mando del sillón de Rivadavia en medio de un proceso hiperinflacionario inédito y saqueos de supermercados en las barriadas más empobrecidas del país. Más allá de las incapacidades propias de la gestión, el gobierno de Alfonsín asumió su “destino griego”. Independientemente de la motorización de investigaciones de la deuda externa contraída por la dictadura, ni bien asumido continuó con el esquema ya iniciado de estatización de la deuda externa privada. Los seis años de gobierno radical estuvieron caracterizados por las restricciones propias de un estado soberano fuertemente endeudado con el exterior en el contexto de una economía cuya matriz productiva estaba primarizada y era totalmente dependiente de las divisas generadas por la exportación de carnes y granos.

Trabajos y días

Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres”

Por estos días comenzaron a rebelarse los resultados de un trabajo de investigación periodística del Consorcio internacional de periodistas de investigación. Obtenidos a partir de la filtración de casi doce millones de documentos revelan diferentes dispositivos y mecanismos de evasión fiscal y lavado de dinero. Esta investigación, valiosa, está claro, aporta soporte físico a lo ya sabido: los procesos de acumulación de capital de los sectores concentrados de la economía necesitan de una ingeniería para evitar el control de los estados nacionales. Este diseño funciona al amparo de estados satélites cuya estructura es funcional al refugio de la riqueza no declarada de las grandes fortunas mundiales. Los mecanismos de control de los países resultan insuficientes y están a la zaga de estos movimientos.

Por estos días también, la Auditoría General de la Nación, presidida por el radical Jesús Rodríguez, aprobó un informe denominado Revisión Tarifaria Integral en el que consta que la administración macrista benefició, entre el 2016 y el 2018, a las compañías eléctricas EDESUR y EDENOR (concesionarias de gran parte de la distribución eléctrica en nuestra nación) con la aprobación de sobre costos operativos. En el período mencionado, el ente regulador de la energía (ENRE) aprobó sobre costos operativos del 54% para EDENOR y del 61% para EDESUR. Recordemos que el en trienio 2016-2018 los aumentos tarifarios alcanzaron el 2300%.

También se constaron perjuicios para los usuarios por modificaciones en la fórmula diseñada para compensarlos ante cortes de suministro, e incumplimientos en los planes de inversiones comprometidos.

Jesús Rodríguez fue también el último ministro de economía del gobierno de Raúl Alfonsín. Asumió en un contexto en el que la gestión de la que formaba parte había perdido el manejo de todos los resortes de la cosa pública. Entregaría su cargo en unos días al ministro de la gestión entrante dejando una inflación del 5000% anual. Jesús, reemplazaba a un veterano, Juan Carlos Pugliese, que dejaba el cargo luego de una reunión con empresarios y legaba a la posteridad una frase conmovedora: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”.

Prometeo es quizás el primer benefactor que tuvo el género humano. Engañando al poder de los dioses de diversas maneras, se las arreglaba para ir proveyendo de instrumentos, saberes y sustento material a los frágiles humanos en su dura y cotidiana subsistencia. El fuego, la carne, la ciencia fueron algunos de sus inestimables regalos. En el Olimpo, donde no disimulaban la repulsión que dispensaban a los frágiles bípedos, impusieron al generoso titán y sus beneficiarios los peores castigos: al primero, vivir su inmortalidad encadenado a una montaña mientras un águila le devoraba todos los días el hígado; a los segundos, Pandora, su caja, y todos los males humanos.

El tren de vuelta tardó 18 horas, dos horas más que el viaje de ida. “No se puede hacer más lento”, decía René Lavand mientras desafiaba a los televidentes y cautivaba a su público con magistrales trucos de magia realizados con barajas. Treinta kilos de azúcar, otros tantos de café se destacaban de entre mis compras. Visto a la distancia, hay que admitirlo, ir a comprar alimentos a Brasil quizá no fue lo más inteligente. A la vez era una suerte de respuesta voluntariosa y tal vez optimista a la angustia que atravesaba nuestra existencia cotidiana de trabajadoras y trabajadores argentinos por esos días. Un cierre de ciclo político que tuvo como uno de sus últimos y desesperados intentos algo que caracterizaría al gobierno siguiente: las privatizaciones de empresas estatales como una de las respuestas al pliego de condiciones elaborado por los acreedores externos, con lo que las corporaciones beneficiadas por los diferentes mecanismos de acumulación financiera inaugurados por la dictadura entrarían con Menem en un nuevo ciclo de acumulación gracias a la enajenación del patrimonio estatal.

Casi como una cabriola del mito prometeico el “hígado” de la patria se recrea periódicamente, recupera su forma y robustez para ser desgarrado y engullido siempre por la misma ave rapaz. “No se puede hacer más lento”, dice René mientras muestra los naipes dejando atónito a su público luego de haber ralentizado por enésima vez el truco. “O quizá sí”, desafía, y vuelve a empezar.

Mariano Pugliarello
Sobre el autor
Herrero. Diletante. En vías de desarrollo.

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