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Los abusos de Cristian Aldana: una lectura desde el concepto de trauma freudiano

Solicitud denegada

El caso de Cristian Aldana, acusado por abuso y corrupción de menores, fue el primero en ser juzgado en el ámbito del rock y, él, el primer rockero entre los señalados por abusos sexuales en recibir una condena efectiva. El testimonio de 83 testigos que denunciaron los abusos perpetrados por parte del músico dieron lugar a que, luego de un año de iniciado el proceso judicial, el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 25, determinara una condena de 22 años de prisión.

Si bien Aldana está detenido desde el 2016, la pena todavía no está firme, y en razón del tiempo transcurrido desde su detención, Guillermo Oscar Gobbi, defensor oficial del ex líder de El otro yo, ha solicitado el beneficio excarcelatorio con prisión domiciliaria. Este ha sido rechazado por todas las instancias en las que ha sido solicitado hasta alcanzar el máximo tribunal. Asimismo, la Corte Suprema de Justicia, invocando al artículo 280 del Código Procesal Civil y Comercial, rechazó sin argumentos los recursos extraordinarios alegando que los planteos que justifican el pedido son insustanciales o impertinentes.

Este último revés judicial para Aldana revivió algunas discusiones, jurídicas y teóricas, acerca de este caso. ¿Por qué es grave? Desde una mirada psicoanalítica, nos interesa volver sobre una cuestión fundamental para el discurso feminista, ¿cómo un hecho puede volverse realmente grave veinte años después de haberlo vivido?

El caso de Aldana

Cristian Aldana, vocalista y líder de El otro yo, era idolatrado por miles de jóvenes. Su imagen naif era tomada como modelo por muchxs de sus seguidores. Ellxs encarnaban la inocencia y la fragilidad abajo del escenario, mientras que “Aldana utilizaba un mecanismo para abusar de sus seguidoras que consistía en una selección especial de sus víctimas basadas en su vulnerabilidad e inexperiencia sexual, entre otros artilugios”.

El poder no es una categoría abstracta, sino algo que se ejerce y se hace tangible en las interacciones en las que se pone en juego. Esto se da principalmente en relaciones asimétricas, dando como resultado recortes de la realidad que determinan los vínculos. Históricamente dominio del hombre, la escena del rock ha sido refugio de determinados modelos de masculinidades hegemónicas: hombre potente, talentoso, público, exitoso, que pareciera esconder alguna clase de secreto casi mágico que lo eleva por encima del resto. La groupie, la acompañante, objetivizada por su belleza y su pasividad, terminó ocupando un lugar “natural” dentro del rock y, finalmente, un rol de poder frente a otras mujeres que anhelan lo mismo: saborear las mieles místicas del ídolo; cierto status frente a sus pares, aspirantes a ese lugar alcanzado.

Dentro de esta lógica, el lugar del artista era la escena pública y el frontstage, mientras que a las groupies les era destinado el trasbambalinas y el backstage. Por esto mismo, que las fans de Aldana fueran jóvenes, en su mayoría menores de edad, articuló una escena en la que el dominio total de la situación estaba en manos del cantante.

El silencio fue la marca que ancló el dolor por muchos años. Sin embargo, aquello que velaba ese no-querer-saber, halló su punto límite ante lo disruptivo de la vivencia transmitida en otras voces. De una experiencia dolorosa a otra, las víctimas fueron haciendo del miedo a volver a pasar por esos recuerdos dolorosos, un enjambre de brazos, que se unieron en un abrazo de apoyo y sororidad. 83 testimonios conformaron el juicio, donde las víctimas de Aldana pudieron dar cuenta de los daños emocionales y psíquicos que permanecen aún en ellas.

Una lectura sobre el silencio

Si bien un hecho no puede ser recuperado en su totalidad a fin de ser juzgado por la justicia según las condiciones que esta persigue, la palabra de la víctima y sus marcas psíquicas son muestras del dolor y del daño al que se las ha sometido.

Por esto mismo, es justo afirmar que los abusos en el rock no son un fenómeno actual. Sin embargo, el 2016 se caracterizó por un estallido de denuncias a diversos miembros de la “escena nacional”. Si bien estos hechos son actuales, su contenido remite a sucesos ocurridos varios años antes, cuando las denunciantes eran menores de edad, y a pesar que las denuncias han sido elevadas a la justicia, la voz de lxs ciudadanxs que tocan de oído y no tardan en expresarse. En este sentido, juzgan y sancionan la distancia temporal entre el hecho efectivo y la denuncia. Esto nos permite hacernos la pregunta ¿de qué se trata esta demora que ha sido cuestionada? Y, aún así ¿No sería más pertinente correr el foco desde el por qué ahora, a por qué NO ahora?

Es posible distinguir en estos casos dos contextos disímiles, por un lado, el momento en que estos abusos fueron perpetrados y, por otro, el marco en el que rebrotan estas experiencias traumáticas, que permite a las mujeres expresar sus vivencias. Esto nos permite suponer que, en el contexto actual, desde el #NiUnaMenos (2015), se generaron condiciones de posibilidad para que las mujeres revisen experiencias sexuales pasadas, identifiquen un displacer latente y denuncien hechos de violencia y abuso sexual.

Asimismo, es posible traer aquí aquello que Freud desarrolla en su teoría del trauma en dos tiempos. Su concepción de lo traumático puede contribuir a echar luz sobre el secreto que han portado las denunciantes de Aldana por tantos años y entender por qué han callado.

Freud establece que el trauma ocurre en dos tiempos: como primer tiempo aquél en el que sucede una experiencia que marca al sujeto, dejando en este una huella. El momento del abuso podría señalarse, junto al silencio, como velo protector. Dado que aquí aún no hay exteriorizaciones de trauma alguno, puede pensarse como momento de inscripción de una marca muda, que ha de reprimirse, y tras esto un estadio de salud aparente. El psicoanálisis nos permite observar que existen cosas que en el momento no se logran nombrar. Vislumbrar un hecho como abuso sexual supone mucho más que registrar el sello displacentero de una vivencia. La imagen de lo repudiable queda plasmada en las violaciones representadas en el cine: en la oscuridad de la noche, en algún callejón, escenas estereotipadas, donde el victimario es un psicópata escondido, aguardando a su víctima. A esto se suma un contexto sociohistórico que naturalizó estas prácticas, siendo estos relatos destinados a permanecer como asunto del orden privado del sujeto, motivo por el cual muchas veces no pudieron ser identificados como abusos.

Aquello que aquí subyace y participa en los modos de subjetivación y vínculos entre hombres y mujeres es la idea de que el hombre es sujeto del deseo sexual, y la mujer no. En palabras de Segato: “el hombre desea, la mujer se rinde”.

Asimismo, Freud determina un segundo tiempo del trauma, donde un hecho contingente funciona como disparador de la neurosis, estableciendo un nexo inevitablemente con la huella dejada en un primer tiempo. De esta manera la marca muda del pasado cobra fuerza y se exterioriza como recuerdo junto a un desprendimiento de angustia más intenso, que a su turno la vivencia correspondiente.

Por tanto, no es el hecho en sí mismo lo que deviene traumático, sino que lo contingente permite la expresión forzosa del trauma que lleva a poder revisar las vivencias pasadas y caratularlas como abusos.

Así, en el año 2016, una joven graba un video casero que sube a las redes. Mailén denuncia, junto a otra chica, haber sido abusadas sexualmente por el vocalista de la banda La ola que quería ser chau. Días más tarde, este novedoso hecho cobró fuerza revolucionaria: una cadena infinita de denuncias a diversas bandas, acusadas de igual manera por hechos de violencia y abuso. Cristian Aldana es el siguiente señalado y denunciado, y no por una sino por más de diez chicas. Nos preguntamos: ¿cómo puede ser posible que estos hechos sean nominados y comprendidos como abuso muchos años más tarde? ¿Cómo es que sus víctimas lograron sostener tantos años el dolor al que fueron sometidas?

Una relectura del pasado es posibilitada por el eco de las voces y los testimonios que empiezan a circular, permitiendo a quienes transitaron algo similar revisar sus propias vivencias. Las mujeres volvían sobre sus recuerdos, sobre sus primera experiencias sexuales y se enfrentaban a cierto malestar ¿Por qué se habían sentido incómodas tantas veces y sin embargo nada de esto se había podido exteriorizar? ¿Sería justo pensar en la lógica de vínculos heterosexuales aquella en la que el deseo masculino se encuentra por encima del suyo? Es parte de la escucha de muchos testimonios similares lo que permite desmitificar que la experiencia particular era en efecto aislada, y por el contrario se trataba de un hecho más bien compartido y reiterado.

Más allá de esto, el “efecto retardado” que producen todas estas denuncias, empieza a hacer pie en una sociedad que se ve interpelada por los lugares que sostiene sistemáticamente. Romper con lo establecido no es gratuito. Con esa disrupción surgen cuestionamientos especulativos, señalando a las víctimas, defendiéndose de cuestionar las violencias puestas en juego. Se dan situaciones revictimizantes para las denunciantes e incluso de violencia institucional, motivo por el que muchas personas finalmente no desean exponer su palabra.

Freud nos acerca la posibilidad de entender las vivencias traumáticas en dos momentos muy alejados entre el suceso en sí mismo y su posibilidad de expresión. Sin embargo, los tiempos de la justicia no son los mismos que los de los sujetos. Esta brecha es la que el Estado no sutura, y la que el apoyo feminista y sororo propone saldar. Las redes, el apoyo, el poder denunciar ante la justicia esta clase de hechos, implican una transformación subjetiva que da lugar inevitablemente a la posibilidad de tomar la palabra. Y de esta manera, poder ubicar que el problema de la violencia sexual es político y no moral, como intenta sostener el orden patriarcal, siendo por tanto necesario disentir abiertamente con el pacto machista, quitar el velo que por tantos años sostuvo sobre las prácticas de abuso y violencia sobre nuestrxs cuerpos que ahora han decidido hacerse oír.

 

Author Details
Licenciada en psicología UBA, psicoanalista y docente, especialista en niñez y discapacidad.

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