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¿Los hombres son de marte y las mujeres de venus? Sexismo en la divulgación científica

Diferentes planetas, diferentes especies

En 1992 se publica uno de los libros más famosos sobre la diferencia sexual: Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus del psicólogo norteamericano John Gray. En la introducción, el autor señala que el libro: “Revela de qué manera hombres y mujeres difieren en todas las áreas de su vida. Los hombres y las mujeres no solo se comunican en forma diferente, sino que piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman, necesitan y valoran en forma diferente. Parecen casi como de planetas diferentes” (Gray, 2003: 26). Su objetivo no es solo probar que estas diferencias existen sino que, el hecho de desconocerlas, perjudica las relaciones amorosas entre varones y mujeres. Lo que sostiene Gray es que los conflictos de pareja se dan, fundamentalmente, porque los varones y las mujeres no se dan cuenta de que no son iguales. Los varones quieren que las mujeres piensen como ellos y las mujeres quieren que los varones sientan como ellas y es entonces cuando surgen los problemas –y aclaro que esta diferencia sexual entre pensar y sentir surge de Gray mismo. Se trata de un libro que se presenta como divulgación científica pero también como un manual de autoayuda.

La idea de que hay una diferencia radical entre mujeres y varones no pasó de moda. Hace muy poco, en el 2012, el Director del Whitehead Institute y profesor de biología de MIT, David Page, dio una charla TED (2013) en la que cuestionó la idea de que existe un único genoma humano.1 Según este biólogo no habría uno sino dos: un genoma masculino y uno femenino.

Actualmente, se considera que uno de los grandes descubrimientos de la ciencia moderna es que, genéticamente hablando, los seres humanos somos casi idénticos. Es decir que más allá de la clase, la raza o la nación, todas las personas somos aproximadamente un 99.9% iguales genéticamente. Lo que dice Page es que esto es verdad pero solo para individuos del mismo género. Si comparamos el genoma de un varón y el de una mujer la igualdad cae al 98,5%. Esto significa, según el biólogo, que habría más diferencia genética entre un varón y una mujer que entre un ser humano y un chimpancé.

Si Gray afirmaba que varones y mujeres provienen de planetas diferentes, ahora parece que casi son de especies diferentes. Lo interesante es que tanto el psicólogo como el biólogo sostienen que lo que dicen no es una mera opinión sino el resultado de análisis científicos. Sobre esto quisiera explayarme en esta nota: sobre cómo la divulgación científica usa las ciencias naturales para mostrar que existe una diferencia radical entre los varones y las mujeres. Lo que quisiera sugerir es que este uso de las ciencias es problemático no solo porque reproduce estereotipos e ideas sexistas sino también porque constituye un mal uso de la ciencia, un uso sesgado, arbitrario y reduccionista. De hecho, podríamos decir que no se trata de divulgación científica sino, como afirma Sergio Morales (2019), de divulgación anticientífica.

¿Todavía vivimos en las cavernas?

Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus vendió más de 15 millones de copias solo en EEUU. Desde entonces, otros libros de divulgación quisieron sumarse al éxito de John Gray, intentando encontrar aquellas diferencias que separan a varones y mujeres. En Estados Unidos, desde entonces, se publicaron libros con títulos como Los hombres son como waffles, las mujeres como spaghettis (2001), de Pam y Bill Farrell; Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no saben leer mapas (1998), de Barbara y Allan Pease; Por qué los hombres quieren sexo y las mujeres necesitan amor, (2009), también del matrimonio Pease; Por qué a los hombres les gustan las líneas rectas y a las mujeres los lunares (2014), de Gloria Moss.

Pero no tenemos que ir tan lejos para encontrar referencias de este tipo de materiales. Aquí, en nuestro país, tenemos una versión local de este interés por usar datos científicos para mostrar la diferencia esencial entre varones y mujeres. Me refiero al libro Ellas: cerebro, corazón y psicología de la mujer escrito por el famoso doctor mediático Daniel López Rosetti y publicado en 2016. Este libro parte de una idea que repite numerosas veces: los varones y las mujeres somos diferentes y complementarios. Jamás dice que seamos mejores o peores; somos diferentes y complementarios. Pero esto no lo hace menos sexista, no nos dejemos engañar. El objetivo del libro es que los varones puedan entender a las mujeres. Es un libro sobre Ellas pero está escrito para Ellos.

Para explicar cómo son las mujeres, el doctor apela a dos modelos científicos: las neurociencias y la teoría de la evolución. Las neurociencias, supuestamente, le permiten explicar cómo son nuestros cerebros –y para el doctor hay dos cerebros: el masculino y femenino (Lucía Ciccia se ocupa de la crítica al dimorfismo cerebral en la que, aquí, no ahondaré). La teoría de la evolución, supuestamente, le ayuda a entender por qué hay dos cerebros. La idea de fondo, que no la inventó López Rosetti sino que la retoma de la llamada psicología evolucionista, es que nuestros rasgos psicológicos y nuestros comportamientos son el resultado de nuestra historia evolutiva. Es una proyección -bastante cuestionable- de la teoría de Darwin a la psicología humana. Lo que sostiene la psicología evolucionista es que, dado que pasamos la mayor parte de nuestra vida como homo sapiens viviendo como cazadores y recolectores, nuestro cuerpo y nuestra mente fueron moldeados para ese tipo de vida. Somos seres del siglo XXI, es verdad, pero, como dice López Rosetti, “metafóricamente hablando, siguen existiendo las cavernas” (2017: 23).

Ahora, ¿qué pasaba en las cavernas? El libro se inicia con una imagen de la vida prehistórica que podría ser la de un matrimonio heterosexual moderno: una pareja duerme y, de pronto, su bebé recién nacido comienza a llorar: “Él permanece en un sueño profundo. El llanto se hace notar y ocupa toda la habitación, Ella se incorpora lentamente y mira a su cría. Descubre su necesidad leyendo la expresión de su rostro. Hambre, concluye.” (López Rosetti, 2017: 21). Ella le da el pecho y ambos vuelven a dormir. Él no se enteró de nada. Al día siguiente, “Él se despierta, mientras mira con satisfacción a Ella y a su cría. Se incorpora satisfecho y sale de la caverna junto a los otros machos.” (22). Empieza su trabajo: cazar, traer alimento, proveer. Ella se quedará en la caverna, cuidando a la cría y esperando a la presa y a su macho.

Tras finalizar este relato fantasioso, el doctor concluye:

Nuestro pasado ancestral nos marca a fuego. Es cierto, los tiempos han cambiado. La sociedad y la cultura moderna modificaron los roles. Pero aun así, metafóricamente hablando, siguen existiendo las cavernas […] Ellas son madres, amamantan, crían, son cuidadoras, son protectoras, perceptivas, intuitivas, tienen facilidad para la comunicación verbal, no verbal y emocional” (López Rosetti, 2017:23-24)

De acuerdo con López Rosetti, las diferencias psicológicas entre varones y mujeres están programadas en nuestro cerebro y esa programación nace en la prehistoria. Para poder sobrevivir y reproducirse, los varones y mujeres paleolíticos tuvieron que asumir roles diferenciados. El macho, que era más fuerte, salió a cazar y trajo el alimento y la hembra, que era la que daba a luz y amamantaba, se quedó en la caverna con las crías y con las otras hembras. Esto hizo que ambos desarrollaran aptitudes diferentes. El macho desarrolló habilidades vinculadas a la competencia, la agresión, la visión frontal, la ubicación en el espacio y el poder focalizarse en una sola acción a la vez. La hembra, por su parte, desarrolló habilidades más vinculadas a la comunicación, el cuidado, la empatía, las emociones y el multitasking, es decir, poder hacer muchas cosas al mismo tiempo. Es por eso que hoy en día los varones saben leer mapas, son más agresivos y competitivos y no pueden hacer el café sin que se les quemen las tostadas. Las mujeres, en cambio, son mejores para cuidar, para entender qué les pasa a otras personas, para leer expresiones faciales, para comunicarse y expresar emociones. Así, cuando una pareja heterosexual se pierde con el auto, ambos reaccionan de diferentes maneras: el varón quiere buscar el camino por sí mismo y la mujer, pedir direcciones a las personas locales.

Para la psicología evolucionista, además de una división social de roles, hay una diferencia en la sexualidad: los varones son promiscuos y piensan más en el sexo y las mujeres son más selectivas. Esto se explica, de nuevo, a partir del deseo de dejar descendencia, el caballito de batalla evolucionista.

Crítica feminista a la fantasía cavernícola

Me imagino que a esta altura se estarán preguntando: ¿de dónde saca esta imagen de la vida en las cavernas Lopez Rosetti? El doctor pinta un paisaje tan realista de la vida prehistórica que una creería que tiene una máquina del tiempo. Pero no la tiene. Lo que tiene son pocas referencias, poco interés por reconstruir divergencias peleontológicas y muchísima imaginación. Por suerte, hay teóricas feministas y filósofos de la ciencia que se tomaron el trabajo de criticar cómo se usa, o abusa, la teoría de la evolución para pensar las relaciones de género (como Cordelia Fine, Marlene Zuk y John Dupré). A continuación, voy a apoyarme en algunas de estas críticas para marcar cuatro nudos problemáticos de perspectivas como las de Ellas.

Un primer punto, que es señalado por la bióloga feminista Marlene Zuk en su libro Paleofantasy (2013), es que la evolución no se detuvo en la Edad de Piedra. Si bien creemos que la evolución es un proceso lento, que se extiende a lo largo de miles de millones de años, es falso afirmar que haya un único ritmo evolutivo. Como seres humanos, tenemos genes muy viejos pero también genes más recientes. Algunos de nuestros genes ancestrales los compartimos con gusanos, gallinas o bacterias, mientras que otros surgieron mucho más recientemente. Zuk ofrece un ejemplo de cambio genético reciente. En los últimos años, se volvió predominante para algunas poblaciones humanas que los adultos puedan digerir lactosa. Esto es rarísimo en el resto de los mamíferos: cuando el cachorro deja la teta, no vuelve a tomar leche y mucho menos leche de otra especie como hacemos los humanos con las vacas. Para que esta rareza sea posible, tuvo que darse un cambio genético que nos permitió digerir lactosa de adultos. Se cree que este cambio está vinculado al desarrollo de la agricultura y la ganadería (algo que es bastante reciente, hace unos 10.000 años, cuando dejamos la vida en las cavernas). Si hubo cambios genéticos después de la Edad de Piedra, es falso afirmar que toda la verdad de nuestros genes radica en la prehistoria.

Una segunda crítica que podemos hacer es al privilegio que le da Lopez Rosetti a la evolución genética por sobre otros modelos evolutivos, como la evolución cultural. Incluso si aceptáramos que el genoma humano no ha cambiado mucho desde la Edad de Piedra, los genes son sólo un factor de nuestro desarrollo. Otro elemento central es la cultura, el modo en que aprendemos, desprendemos, repetimos y subvertimos normas y costumbres adquiridas en sociedad. El filósofo de la ciencia John Dupré llama mitología genética a esta tendencia a minimizar los aportes culturales a favor de una explicación biológica de la conducta humana. Lo que sostiene con agudeza Dupré es que lo único que podemos inferir del hecho de que compartimos un 98.4 % de nuestros genes con los chimpancés es que ni nosotros ni los chimpancés somos idénticos a nuestros genomas. Es necesario buscar algo más para explicar cómo somos y ese algo lo hallamos en la cultura, la historia, las relaciones sociales y la política. Esto no implica negar la corporalidad. Como afirma la bióloga feminista, Ann Fausto-Sterling, ni los genes ni el entorno tienen el poder de determinar nada, solo el conjunto tiene tal poder.

Un tercer problema es que es casi imposible saber con seguridad cómo vivíamos en las cavernas. No tenemos máquinas del tiempo; lo que tenemos son fósiles y si hay algo que no se fosiliza son los comportamientos. Además, los fósiles que tenemos no hablan por sí solos, hay que interpretarlos y existen numerosas discusiones antropológicas sobre cómo interpretarlos. El libro de López Rosetti no da cuenta de esas discusiones. Siguiendo a Zuk, podríamos decir que lo que arma el doctor es una paleofantasía, es decir, una construcción ficcional de la vida paleolítica a partir de evidencia limitada. El autor crea una imagen fantasiosa de la vida en la caverna que a lo que se parece es a una familia nuclear de la década del 50. Solo para dar un ejemplo de su falta de interés por las divergencias, no reconoce que el valor alimenticio de la caza es objeto de debate. Algunos científicos, a diferencia de lo que él plantea, creen que la mayor parte de la nutrición prehistórica provenía no de la caza -que podía salir bien o mal- sino de los frutos y raíces que juntaban las hembras. Esto las aleja de la imagen de amas de casa encerradas en la caverna esperando a que el macho traiga una presa.

El último problema que quisiera mencionar tiene que ver con las consecuencias políticas de un libro como Ellas. Tomemos como ejemplo esta idea de que las mujeres son mejores para el multitasking. Lo que dice López Rosetti es que las mujeres suelen abusar de esta tendencia y, hoy en día, se suman demasiadas tareas además de las que solían hacer prehistóricamente: salen a trabajar, participan en política, estudian, etc. Esto lleva a que estén sobrecargadas y que tengan más chances de sufrir enfermedades cardíacas. Por eso el doctor aconseja bajar las expectativas, relajarnos, hacer menos cosas o dejarlas para cuando estén jubiladas.

Ahora, ¿no resulta sorprendente que, en un libro dirigido a Ellos, no haya una reflexión sobre el papel de los varones en la sobrecarga de las mujeres? El punto no es que las mujeres, ahora, hacen más cosas que antes sino que, por lo menos en las familias heterosexuales, los varones no suelen hacerse cargo de la labor doméstica y de cuidado de igual forma que las mujeres. ¿No sería mejor, entonces, hacer un llamado a que los varones asuman más tareas domésticas?

El punto es que, para poder hacer ese cambio de foco, hay que abandonar la idea de complementariedad que el doctor entrona. Si partimos de una teoría que cree que los varones son menos aptos para entender, cuidar y criar infantes, pedir más igualdad en el hogar parece un despropósito. Lo que necesitamos es una teoría que no justifique la desigualdad presente recurriendo a supuestas diferencias ancestrales.

Volver al futuro

Morales -en su análisis de otras dos autoras que buscan fundamentos supuestamente científicos de la diferencia sexual, la neurocientífica Debra Soh y la filósofa Roxana Kreimer- sostiene que la divulgación científica no debería tomar partido salvo que la evidencia a favor sea abrumadora, como por ejemplo para desacreditar al activismo anti-vacuna. Cuando la literatura experta sobre un tema todavía está surcada por debates y divergencias, “se espera una exposición más honesta de las cosas o, al menos, el señalamiento de que constituye un debate abierto” (Morales, 2019). Es por eso que el autor afirma que Soh y Kreimer lo que hacen es, más bien, divulgación anticientífica.

La diferencia sexual es uno de esos asuntos espinosos que todavía genera discusiones acaloradas. No hay consenso sobre qué implica (¿en qué somos diferentes?) ni mucho menos sobre su origen (¿social? ¿construido? ¿ambos?). El libro que analizamos no da cuenta de la multiplicidad de lecturas e interpretaciones sobre la diferencia sexual que atraviesan no solo a las ciencias sociales y las humanidades sino, incluso, a las ciencias naturales.

Para cerrar esta nota me gustaría volver a preguntar: ¿de dónde saca López Rosetti su imagen del mundo de las cavernas? No se trata de un viaje al pasado, no es una descripción objetiva de lo que sucedía en aquel entonces. Se trata de un ejercicio de imaginación que, desde el presente, ve en el pasado lo que quiere ver. Y lo que quiere ver son diferencias, esencias y roles fijos.

Con esto no quiero decir que no haya diferencias entre varones y mujeres –un tema que, aquí, dejo en suspenso– pero sí cuestionar dos puntos: 1) que para explicarlas haya que recurrir a la Edad de Piedra; y 2) que estas diferencias sean tan fijas como el doctor cree. Si algo nos enseña el feminismo es que ni el género ni la sexualidad son invariables. También es algo que nos enseña Darwin: la evolución no produce esencias, produce cambios.

El feminismo -y las ciencias naturales que se oponen a la mitología genética- también nos indica que nuestra forma de ser, de pensar y de sentir no nace sólo de la biología. Observar los genes, observar el cerebro, observar la evolución puede ser útil pero no nos va a dar la respuesta última a la pregunta sobre cómo somos y por qué somos como somos. Mucho menos nos la va a dar si los análisis que ofrecemos son sesgados, reduccionistas o autocomplacientes. Frente a la ciencia dudosa de la psicología evolucionista, nuestra respuesta debe ser la desconfianza feminista y la búsqueda de mejor ciencia.

Referencias

Gray, John (2003). Men Are from Mars, Women Are from Venus: A Practical Guide for Improving Communication and Getting What You Want in Your Relationships. Nueva York: Harper Paperbacks.

López Rosetti, Daniel (2017). Ellas. Cerebro, corazón y psicología de la mujer. Buenos Aires: Planeta.

Morales, Sergio (2019). “Debra Soh y Roxana Kreimer: ¿Dos ejemplos de divulgación anticientífica?” Ciencia del Sur. Disponible en: https://cienciasdelsur.com/2019/11/11/soh-kreimer-ejemplos-divulgacion-anticientifica/

Zuk, Marlene (2013). Paleofantasy: What Evolution Really Tells Us about Diet, Sex, and How We Live. Londres y Nueva York, W. W. Norton Company.

1 “Why sex really matters”. Disponible en: ttps://www.youtube.com/watch?v=nQcgD5DpVlQ&t=305s&ab_channel=TEDxTalks

Author Details
(UBA/UNAJ/CONICET) mariela.solana@gmail.com

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